Hacer pensar, ilusionar y remover a nuestros jugadores

¿Qué roles destacarías como fundamentales para un entrenador moderno? ¿Te has planteado alguna vez si tu forma de enseñar es adecuada? ¿No estarás un poco anticuado con esos métodos tan poco eficaces? ¿Quieres verdaderamente que tus jugadores aprendan en serio?

Quiero mostrarte tres aspectos —aunque seguro que hay muchos más— que te ayudarán a empujar a que tu equipo se marque retos arriesgados y valientes; a activar a tus jugadores para que no sean meros receptores de instrucciones; a potenciar el talento de tus chicos hasta alcanzar grandes metas.

1. Empujar

«Mis jugadores no pueden acudir al entrenamiento a hacer lo que yo les digo».

Esa actitud a la que se hace referencia la frase anterior, tan frecuente en nuestros deportistas, es un grave error. Van a que su entrenador les apruebe, en lugar de acudir a probar, a experimentar. Menos interés en aprobar y más ganas de ir a los entrenamientos a probar. Hemos de conseguir que acudan a sorprenderse de lo que son capaces de hacer y de quiénes pueden llegar a ser. En definitiva, han de intentar retarse.

En el fútbol base está muy asentada la idea de ir a entrenar «para ver qué me enseña hoy mi entrenador». Fomentamos una actitud pasiva cuando deberíamos fomentar una actitud proactiva. Nuestros jugadores vienen a recibir, cuando en realidad deben acudir a descubrir. No les empujamos a que se lancen. Hemos de romper con esta tendencia porque, si queremos que nuestros jugadores aprendan, han de retarse. Es lógico que no se marquen retos personales y ambiciosos; porque salir de la comodidad del entrenamiento habitual da miedo, produce inseguridad. Necesitan un pequeño empujón de nuestra parte. Esa es nuestra labor.

Guillaume Apollinaire, poeta y filósofo francés escribía:

Acérquense al borde, les dijo.

No podemos,

tenemos miedo, contestaron.

Acérquense al borde, repitió.

No podemos,

nos caeremos, se quejaron.

Acérquense al borde, insistió.

Y se acercaron.

Él los empujó y levantaron el vuelo.

A mis alumnos les debo decir lo mismo: «Yo no te quiero enseñar nada, solo quiero empujarte para que vueles».

Por sobre todo, tenemos que insistirles en que deben lanzarse. Eso es aprender: arriesgarse. Y, cuando se lanzan, puede aparecer un tiburón y destrozarles un brazo o una pierna. En otras palabras, existe un riesgo de equivocarse con consecuencias graves. Pero hay veces que se lanzarán y les aparecerá una sirena. Ese día se sentirán muy bien, como si volaran. No hay que pensar que todo en la vida van a ser sirenas. Ahí nos ha engañado Walt Disney. Hacen falta sirenas, pero hay que ser conscientes de que también surgen muchos tiburones en la vida.

Tras muchas horas de entrenar los lanzamientos de faltas, puedo afirmar que Andy es el que más ha aprendido esta técnica. Llegó la hora del partido y no dudé en pedirle que lanzara la primera falta a nuestro favor. Tenía un porcentaje muy elevado de aciertos con lo que, si lanzaba, era casi seguro que conseguiría el gol.

Pero de nuevo me equivoqué: lanzó y la pelota golpeó en la barrera. Fue un lanzamiento muy malo. Se podría pensar que todavía no ha aprendido a lanzar, pero no es así. Hay que tirarse pensando que no siempre encontrarás sirenas. Esta vez, Andy encontró un tiburón.

Muchas veces, mis jugadores me dicen: «No, no , no. No puedo». Entonces les pido que escriban en la pizarra táctica la palabra “NO”. Es una palabra interesante porque eso significa que tienen «noluntad»; es decir, lo contrario a voluntad. Es el acto de no querer. Por eso les digo:

–No queréis. Cuando queráis, os espero.

Normalmente quedan muy desconcertados, así que continúo la reflexión y les escribo, en esa misma pizarra, una “W” detrás del «NO»: “NOW”, «Hacedlo ahora». Eso es empujar. Cuando tus jugadores tienen miedo o impotencia, suelen quedarse bloqueados. Debemos darles ese empujón porque es el momento de saltar, ya que, cuanto más se alargue el bloqueo, peor.

Mis jugadores llevan lanzando faltas más de media hora y no consiguen su objetivo. Están bloqueados y empiezan a dudar de su calidad como lanzadores. Se oyen los primeros “No puedo lanzar faltas, soy bastante mediocre. Nunca voy a conseguir ser un especialista”. Es el momento de cambiarles el «no» por el “now” hasta conseguir el desbloqueo y demostrarles que sí pueden.

2. Activar

Nunca me ha gustado la antigua expresión “la letra con sangre entra”. Habría que cambiarla y decir que “la letra entra cuando le pones sangre”. Esto es distinto. La calidad de los entrenamientos es una cuestión de actitud de los entrenadores. Muchas veces parece como si nos faltara sangre. Debemos mostrar esa actitud que lleva al jugador a engancharse con su entrenador y a querer aprender. El entrenador tiene que llegar a la cabeza, y al corazón del jugador. Tiene que mover y hacer pensar, tiene que conmover y emocionar y, por último, tiene que remover y provocar.

Los jugadores se aburren porque cuando vienen a entrenar ya saben lo que va a pasar. ¿Cómo podemos consentir esto? Hay entrenadores que me comentan:

—Yo llevo 20 años aquí…

—Tú llevas un año fotocopiado por 19, porque hace 19 años que llevas haciendo lo mismo —les respondo—. Aburres porque no eres capaz de cambiar tu rutina. Te conformas con repetir lo que haces cada año y eso no mueve, no emociona.

3. Remover

Entre nuestros jugadores hay mucho talento, pero somos incapaces de potenciarlo y pulirlo. Les damos las cosas tan hechas que no conseguimos que rindan ni al 50% de sus posibilidades. En lugar de agitar al jugador, lo estamos “empanando”. Hay deportistas buenísimos, pero pueden quedarse aletargados si no les removemos. Hay que agitarlos. Se aprende debatiendo, conversando, escuchando. Hemos de conseguir que sean observadores, capaces de admirar las cosas, de sorprenderse.

Mientras mis jugadores lanzan faltas con barrera, voy observando sus avances. Estoy orgulloso de ellos porque son capaces de superar metas que parecen imposibles de alcanzar. Cuatro lanzamientos por la escuadra, de cinco tiros ejecutados. Rayando la perfección. Cada vez que la pelota se cuela por la escuadra se consigue un gesto técnico de una belleza indescriptible; me emociono y ellos lo notan y también se emocionan. Pero saben que este aprendizaje no tiene límites y que siempre puede seguir mejorándose. Lo único que hago es removerles. Les felicito y les agito para que sigan por ese camino.