He pasado casi toda mi vida en el ámbito de la educación. Desde los 14 años yo ya sabía a lo que me quería dedicar. La educación era mi gran pasión. Vengo de una familia numerosa donde mis padres me han enseñado con su ejemplo todo los que yo sé y deseo ser. Y en esa familia el fútbol era una parte importante de nuestras vidas.

Una de las cosas que más me apena de lo que he podido observar en el mundo del fútbol es la cantidad de niños que abandonan este deporte. Sabemos por qué los niños no aprenden: por la falta de interés, las influencias negativas de sus compañeros, el mal ejemplo de los entrenadores o la fuerte presión de sus propios padres.

Pero hay una cosa de la que nunca hablamos y es del valor y la importancia de la sintonía con nuestros jóvenes jugadores. Son muchos los expertos que opinan que todo aprendizaje se basa en una buena relación entrenador – jugador.

Todos los que leemos este artículo reconocemos que alguna vez algún entrenador o alguna persona adulta, durante nuestra juventud, nos ha dejado huella. Durante años me he dedicado a observar a al gente enseñar. He visto cosas impresionantes y otras no tan buenas.

Un entrenador me dijo una vez:

—No me pagan para querer a los niños. Me pagan para enseñarles a jugar al fútbol y conseguir que ganen cada partido. Mi único interés es que los niños consigan victorias.

Tuve que responderle tajantemente:

—Debes saber que los niños no aprenden de entrenadores con los que no sintonizan.

—Esto es una tontería,–me respondió con incredulidad.

– Bueno, creo que vas a tener una temporada complicada con tu equipo…–afirmé de nuevo.

Pero, independientemente del poco interés de esta persona, te planteo ¿qué tipo de relación es la adecuada para conseguir esa sintonía con tus jugadores?

  1. Intenta comprender antes de ser comprendido.

Como entrenador te enfadas porque tus jugadores no ponen en práctica lo que les has enseñado y les has insistido tantas veces y les echas en cara que no lo hacen en los partidos. Sin embargo, te digo algo que no te va a gustar: la culpa no es de tus jugadores. Tú eres el responsable de que los chicos no consigan sus objetivos. Tienes que ponerte a su nivel y escucharles porque no lo haces. No sabes lo que te dicen porque siempre eres tú el que hablas y ellos tienen muchas cosas que decirte pero no te dejas. Sé humilde y reconoce que esto es así. En cuanto empieces a comprender a tus jugadores los partidos saldrán adelante.

  1. Discúlpate.

¿Te has disculpado alguna vez ante un niño? Hazlo y conseguirás impactarle. Una vez les expliqué que iban a jugar contra un equipo muy importante inglés. Que se prepararan bien porque eran jugadores del Arsenal. Llegó el partido y ganamos por goleada. ¿Estos eran los jugadores del Arsenal? Esperábamos un gran equipo.

En realidad era la escuela del Arsenal y no su equipo de cantera. Los chicos estaban muy decepcionados porque no había sido suficientemente claro y les pedí disculpas porque no había dicho toda la verdad. Reconocí mi error y eso les bastó, no solo para perdonarme sino que les removió mi reconocimiento. ¿Puede haber más sintonía en esos momentos? Imposible.

  1. Elévales su autoestima.

A lo largo del tiempo, he podido trabajar con niños de muy bajo nivel deportivo y con otros de máxima calidad. Algunos con un nivel tan bajo que casi me pongo a llorar. Me preguntaba ¿cómo voy a llevar a este grupo de niños tan flojitos? ¿Seré capaz de conseguir una mejora en el tiempo que estén conmigo?  Lo veo muy complicado. Es muy duro ver que les cuesta tanto.

¿Cómo elevo la autoestima de un niño y consigo mejorar su rendimiento en el campo? Un día se me ocurrió una idea. Les dije a todos mis alumnos con voz fuerte y segura y con una mueca increíble en mi cara:

– Habéis sido elegidos para estar en mi equipo porque soy el mejor entrenador y vosotros los mejores jugadores. Estamos aquí para mostrarles a los demás cómo se hace”

– ¿En serio?– dijo uno de los jugadores más limitado.

– ¡En serio! – le contesté gesticulando con mis brazos para hacerlo más convincente.– Tenemos que demostrarles a los demás cómo se juega de verdad al fútbol, que cuando entrenemos noten nuestra presencia aún sin hacer ruido. Basta con mostrarnos orgullosos de lo que somos.

 Y a continuación les animé a que repitieran en voz alta lo siguiente:

– ¡Yo soy alguien! ¡Yo era alguien cuando llegué al equipo y seré mucho mejor cuando finalice la temporada! ¡Soy fuerte y poderoso! Merezco la formación que aquí recibo. Tengo objetivos por cumplir, gente a la que impresionar y victorias por conseguir.

– ¡Sí! – dijeron.

–Si lo repetís muchas veces, esta convicción empezará a ser parte de vosotros.

  1. Sed siempre muy optimistas.

Al final de la semana les entregaba a todos los jugadores un informe con sus puntuaciones según el trabajo realizado en los entrenamientos y en los partidos. A uno de los jugadores le entregué el informe con un +2, mientras le sonreía.

–Mister, ¿esto es un suspenso? – me preguntó

– Sí, le respondí.

– Entonces ¿por qué me pone una carita sonriente?

–Porque estás en una racha buena– le contesté.–Has conseguido dos puntos, no lo hiciste todo mal. ¿Crees que puedes mejorarlo si te digo cómo hacerlo?

–Sí, claro que sí.

Un -8 te arruina la vida. Sin embargo le dije +2 y la respuesta del niño fue que no estaba nada mal. Vamos a darle la vuelta a las situaciones y contagiaremos ese optimismo a nuestros alumnos que lo necesitan para seguir esforzándose.

Siempre les recuerdo a los entrenadores que muchas veces somos poco inteligentes porque durante el partido, ante un error del jugador, en lugar de animarlo y destacar el lado bueno de la acción que intentó realizar, lo machacamos más con nuestras duras correcciones. Parece que seas del equipo contrario porque si lo que deseas es que tu equipo gane, lo ideal es tener a ese jugador animado y tus palabras lo único que hacen es desanimarlo más.

  1. Dedícales tu tiempo.

He visto en toda mi vida entrenadores que han dedicado todo su tiempo y algo más en formar a sus jugadores no solo preocupándose de sus avances deportivos sino de sus necesidades personales.

Les piden las notas del colegio para animarles a conseguir que sean buenos estudiantes. Después del entrenamiento, en lugar de abandonar el campo por la puerta trasera, dedican tiempo para hablar con los padres y entender mejor cómo ayudarles en aquellos problemas de comportamiento o de actitud.

Dedican tiempo para charlar con el grupo y pedirles ayuda para conseguir unidad al equipo; tiempo para charlar con los jugadores de forma individual y marcarles objetivos de todo tipo; tiempo para llamarlos cuando están enfermos; tiempo para pensar en cada uno de ellos. No existe el tiempo para esos entrenadores que se preocupan de verdad por el futuro de esos niños.

He visto crecer a esos niños tan bien atendidos y tan queridos y cuando me los encuentro por la calle o cuando vienen a verme, recuerdan perfectamente a esos entrenadores que se preocuparon tanto por ellos, que les motivaron para alcanzar metas increíbles. Alguno llega a decirme que ese entrenador dejó en él una huella imborrable, que marcó una diferencia en su vida. Le hizo sentir que era alguien cuando en el fondo sabía que no lo era.

Me cuenta emocionado que viene para que pueda comprobar en lo que se ha convertido y eso se lo debe a su entrenador que cuando más lo necesitaba, apareció y le sacó de lo más hondo del precipicio. Y no le importó dedicarme cientos de horas cuando realmente lo necesitaba. Esa gran sintonía con tus alumnos no desaparecerá nunca. Hasta la muerte.

  1. Trátalos a todos bien.

¿Te caen bien todos tus jugadores? Por supuesto que no. Sabes que nunca te va a faltar un niño complicado. Y los jugadores difíciles aparecen por una razón. Te ayudan a ser mejor entrenador. Trabajar con los buenos es fácil y no tiene ningún mérito. Donde se aprende de verdad es con estos que demuestran más dificultades. Tienes que hacer un esfuerzo por que nunca se enteren de que existen esas diferencias. Los entrenadores somos grandes actores que vamos a entrenar aunque no tengamos ganas y seguimos enseñando.

La enseñanza y el aprendizaje deben traer alegrías. ¿Qué tan poderoso sería nuestro mundo si tuviésemos niños sin miedo a asumir riesgos, sin miedo a pensar y a tomar decisiones y que tuviesen como entrenador a un campeón?

Cada niño merece tener a un campeón, un adulto que nunca dejará de creer en ellos, que entienda el poder de la sintonía y que les insista en que llegarán a ser lo mejor que puedan llegar a ser.

¿Es difícil ser entrenador? Te aseguro que sí. Pero no es imposible. Podemos hacerlo. Somos educadores. Nacimos para marcar la diferencia.

Departamento Pedagógico de la Fundación Marcet