humildad

Hoy me toca reunirme con los más pequeños. Tienen 6 y 7 años y pertenecen al equipo de fútbol de una escuela de futbolistas. Durante la semana, he tenido esta misma reunión con otros equipos con edades comprendidas entre los 9 a 13 años. Cada reunión que tengo es un aprendizaje nuevo. He aprendido a dejarles hablar para tocar los temas que les interesa, aunque llevo siempre una idea para transmitir. Normalmente, ellos mismos la sacan en la conversación y no necesito acudir a mi guión personal. 

Con este tipo de charlas consigo conocer a los jugadores un poco más porque ellos me cuentan muchas cosas pero creo que también consigo que ellos se acerquen algo más a mi. Descubren quién soy yo, como pienso. Es un conocimiento mutuo del que todos salimos enriquecidos. Son 15/20 minutos pero constantes durante todo un año, mes a mes. Ellos ni se dan cuenta de lo que aprenden y eso es bueno, muy bueno.

Quiero centrarme en los más pequeños porque para mi es lo más complicado ya que no tienen capacidad de razonamiento y hay que enfocar las cosas de otra forma distinta. Por ejemplo, la reunión fue dentro de una sala para conseguir centrarnos al máximo y evitar todo tipo de distracciones. Era una mesa redonda donde nos podíamos ver y hablar todos sin necesidad de levantar la voz. El ambiente era tranquilo y relajado.

Inicié yo la conversación. Tenía en la cabeza trasmitirles una idea que me preocupaba especialmente. Al ser tan pequeños, muchos padres tienden a hacerles las cosas en lugar de resolverlas ellos mismos y quería probarles y picarles para hacerles ver que, si habían decidido jugar al fútbol en este equipo, tenían que demostrar que ya eran “mayores” y debían cambiar algunas costumbres como, por ejemplo, hacerse solos la bolsa y atarse ellos las botas.

Empecé la charla con una idea muy clara, no tenía que ser una bronca y tenía que encontrar algún motivo positivo para empezar felicitándoles por algo. Sobre la marcha recordé sus entrenamientos y empecé la reunión felicitándoles por lo bien que  entrenaban y que estábamos muy contentos por el esfuerzo que estaban poniendo en los entrenamientos. Los ojos de los niños brillaban llenos de orgullo y noté inmediatamente que tenían los oídos preparados para lanzarles mi reto. Porque se lo quise plantear como un reto. Pensé que era la mejor forma de enfocar mi propuesta.

En un ambiente distendido, uno de los niños me preguntó cuál era el reto que les quería proponer lo que me hizo pensar que estaban preparados para recibirlo. Sus oídos y su mente estaban enfocados a mis palabras y eso lo notaba. Tengo que aclarar que lo normal es que no estén muy receptivos si es algo que no les interesa de verdad.

Inicié el ataque aprovechando la situación. Les comenté que había podido comprobar que muchos todavía no se preparaban ellos solos la mochila con la ropa de fútbol y que lo estaban preparando los padres. Pensaba que ya eran mayores y que era el momento de hacerlo ellos solos. Hubo un breve silencio por su parte y en seguida uno saltó comentando que él la preparaba con ayuda de su madre. Me pareció una situación positiva de la que podíamos partir para seguir mejorando con lo que le felicité y le dije que había sido muy sincero y que al principio me parecía bien que la mamá les ayudara un poco para aprender a hacerlo solos y que les daba 15 días para conseguir hacerlo solos. 

Se miraron sorprendidos y alguno empezó a poner pegas muy interesantes porque eran las mismas que tenían otros. Además, significaba que estaban con la confianza suficiente para argumentar sus pegas porque si no consigues el ambiente adecuado, se quedan callados y empiezas a darte cuenta de que estás dirigiendo la reunión, y no fue así, con lo que lo agradecí de veras. 

Argumentaron que no sabían donde estaban las cosas. Les aclaré que era normal porque hasta ahora no se preocupaban de la preparación de la bolsa pero como ahora eran ellos los que tenían que realizarlo, habrá que descubrir dónde guarda mamá las cosas y así conseguir hacerlo. Les expliqué que no pasaba nada si un día se dejaban algo, lo importante es que tras el fallo, seguro que jamás volverán a equivocarse porque uno lo pasa mal cuando no trae una bota o le falta la toalla. De esta forma les quité un poco el miedo a equivocarse ya que saben que la disciplina en una escuela de futbolistas es importante y que sin el uniforme no dejan entrenar.

Todos parecían estar de acuerdo y afirmaban que lo iban a intentar. Pero había algo en el ambiente que no me convencía. ¿Estaba fallando en mi argumentación? Algo me decía que sí. Estaba siendo demasiado fácil y sin embargo no me quedaba tranquilo. Por suerte reaccioné con agilidad ante esta situación y añadí algo que me sorprendió por la reacción que tuvieron los niños en ese momento. Añadí a todo lo que les había dicho la sorprendente idea de que el que consiga en 15 días hacerse solo la bolsa de deporte tendría un premio. De nuevo se abrieron los ojos de los niños como platos. Esa idea les había encantado y es que a veces no nos damos cuenta de que son niños y que las motivaciones extrínsecas son muy importantes para ellos. Son las que les ayudan a dar el último empujón a las ideas que les proponemos. 

Ahora todo tenía más sentido. Era como un juego para ellos. El juego consistía en hacerse la bolsa solos y ganar un premio. Es un reto, una competición y tiene premio. Eso si que mola a un niño. En ninguna de las reuniones con chicos más mayores se me había ocurrido plantearles este premio pero con estas edades, la cosa cambia. Aprendí más sobre motivación en esta charla que con cientos de libros de pedagogía leídos.

Pero los niños tenían preparado una nueva lección para mi. El que tenía junto a mí, justo al terminar mi propuesta me dijo a mi oido que cuando iban a entrenar. Entendí que me decía que no fuera tan pesado, que ellos no tienen tanto aguante para escucharme durante tanto tiempo (llevábamos 15 minutos) y que lo que les había contado estaba bien pero que tocaba cambiar ya de actividad. Y es que a veces, sin darnos cuenta, somos unos aburridos porque no nos ponemos a su altura y pensamos que son adultos, con sus tiempos, sus intereses y sus planteamientos completamente diferentes.

Entendí que tenía que terminar la charla ya y procuré cerrarla intentando que me recordarán las dos ideas que les había transmitido y me quedé tranquilo cuando fueron capaces de resumirlas. La reunión más complicada de la semana había sido todo un éxito. Salí satisfecho de lo que pueden enseñarte unos niños de 6 años.