Paseaba por el campo, acompañado de un jugador de 13 años, mientras charlábamos de muchas cosas, hasta que de pronto se quedó mirándome y me transmitió esta confidencia:

–Yo quiero llegar a ser futbolista profesional. —Sus ojos transmitían una gran profundidad, como si estuviera visualizando esa trayectoria hasta su meta.

Me quedé de piedra al escucharle porque sus palabras eran muy decididas y me hizo pensar en los muchos chicos que están empeñados en esa idea.

Aunque nos dedicamos a la formación de todo tipo de jugadores, hemos de reconocer que en el deporte hay escalones, divisiones, niveles. Un error podría ser trabajar únicamente con jugadores que simplemente disfrutan practicando su deporte, pero que no tienen más pretensiones. Los jugadores con talento también necesitan de nuestra ayuda.

Son muchos los jugadores que buscan algo más que simple diversión y realmente demuestran unas buenas aptitudes para practicar en serio este deporte. No cabe duda de que debemos estar preparados para ayudarles con eficacia. Esta es la razón por la que quiero mostrar cuál puede ser nuestra actitud ante los grandes retos de estos futbolistas.

Una de las ideas claves que hay que inculcar al deportista es la ambición a la hora de marcarse sus objetivos deportivos. Es una de las principales virtudes que debemos transmitir: conseguir que vean con claridad que pueden llegar a alcanzar objetivos altos. Quizá más elevados de lo que ellos piensan, porque cuando uno ve que puede conseguir objetivos más altos, hace todo lo posible por alcanzarlos.

“Todos los grandes campeones son campeones en su interior antes de que les cuelguen la medalla”.

Siempre defenderemos que un jugador apagado, sin garra, sin actitud no puede llegar a ser un buen deportista, aunque posea una gran técnica, aunque destaque enormemente en el terreno de juego por su calidad y sus goles. Es así. Ya hemos insistido mucho en esta idea, pero nunca lo suficiente porque es algo importante.

Voy a poner dos ejemplos reales. Cuando el entrenador de hockey hielo, en la película Milagro, decide reclutar una selección de jugadores para las Olimpiadas, elimina a aquellos jugadores talentosos que no tienen una buena actitud y disciplina. Escoge, sin embargo, a aquellos más humildes que son capaces de trabajar en equipo, asumir esfuerzos y metas altas.

En la película Express, el entrenador de fútbol americano de la universidad ha perdido a su mejor hombre porque fue fichado por el fútbol profesional y, cuando se pone a buscar un sustituto, elimina al mejor candidato por ser un vago. Así de claro. Es imposible conseguir metas altas, si no eres capaz de realizar grandes esfuerzos.

Os animo a ver la película Somos campeones, donde se relata la historia de la selección sub 17 de México. El seleccionador planteó a sus jugadores una meta alta: ser campeones del mundo. Tanto el equipo técnico como los jugadores daban por muy bueno simplemente clasificarse; sin embargo, les hizo ver a todos que su objetivo debía ser llegar a la final y ganar. He de aclarar que México nunca había ganado un campeonato del mundo ni parecía en esos momentos que tal cosa fuera posible frente a selecciones tan buenas como la de Holanda o la de Brasil.

Su trabajo consistió en convencerles de que eso era posible. Esa mentalidad es la que les ayudó, en todo momento, a prepararse muy bien y a superar todos las dificultades que aparecieron en el camino.

¡Cómo cambian las cosas cuando, claramente y con detalle, le haces ver al jugador que puede alcanzar sus sueños más intrépidos! De pronto, surge en él una fuerza interior que le ayuda a luchar por conseguirlos. Es algo que tiene dentro y que hemos de ayudarle a sacar a flote.

Pero existe un peligro frente al cual el entrenador puede ser decisivo. Puede ocurrir que ese jugador no se vea capaz de lo que le proponemos. Hemos de fomentar que sea lo más objetivo y honesto posible, para que no perciba que sus posibilidades son peores de lo que realmente son. Eso sería pesimismo y el deportista debe huir de esta peligrosa actitud.

El “no valgo”, o el “no puedo” son palabras que no debemos permitir que salgan de su boca jamás, porque frenan su posible progresión. Es importante permanecer a su lado para ayudarle en esos momentos complicados donde no se ve la luz, y que frenan su marcha hacia objetivos ambiciosos. El papel del entrenador es mucho más profundo de lo que parece a primera vista.

Desde el inicio, hemos de fomentar en el jugador de fútbol el optimismo. Es importante que vea siempre el lado positivo de las cosas y que pueda cambiar el rumbo ante las contrariedades que van surgiendo. Esas derrotas que le llevan al pesimismo, en el fondo, son todo lo contrario: son el punto de arranque para seguir esforzándose.

Así ocurrió en la película de los jóvenes mexicanos. Cuando ya estaban clasificados, perdieron contra Turquía y aquella euforia se frenó y empezaron a surgir las dudas: “Es imposible seguir; nos hemos clasificado pero, habiendo perdido este partido queda claro que no estamos preparados”. Una reunión del entrenador con el equipo fue suficiente para darle la vuelta, analizar las causas de la derrota y recuperar el optimismo perdido.

Todo es útil para seguir aprendiendo. Esto le permite seguir luchando y seguir mejorando. Por ejemplo, si ha perdido, la reacción debe ser que la próxima vez ganará. Si ha fallado un penalti, lo que debe hacer es ir a practicarlo una y otra vez en el campo, para que no vuelva a ocurrir. Si le han superado por una paliza tremenda, que piense dónde pueden estar los errores y, con tiempo, que intente subsanarlos.

La actitud que debemos inculcar a nuestros jugadores debe ser siempre darse cuenta de la suerte que tienen, lo bueno que es que les haya pasado esto ahora, porque hay todavía tiempo de rectificar. Esto es optimismo.

Todo entrenador debe marcar a sus pupilos unos objetivos ambiciosos desde el principio. Se trata de mostrarles cómo es la meta, lo que uno puede llegar a conseguir al final del camino. Entonces, esa visión ilumina y da fuerzas para luchar como nunca, con la idea de que es posible alcanzarla.

Estas metas altas no pueden quedar en la mente del entrenador. Es su misión saberlas transmitir al equipo de forma atractiva y creíble.

“Cuando un jugador ve la foto definitiva de lo que es posible, es cuando siente el impulso de ponerse en marcha”.

Estos grandes objetivos deben hacerles crecer. Cuando las personas ven que progresan personalmente dentro del equipo y que sus carreras se ven potenciadas, adquieren un nivel de compromiso que hace posible resultados extraordinarios en un tiempo relativamente corto.

El entrenador debe expresar esas metas altas con palabras cargadas de energía para que, al recitarlas, la energía les empape y penetre en su interior. Es preferible elegir un buen momento para transmitir esas metas, ya que deben generar euforia, motivación, impulso, aceleración, deseo.

El reconocido entrenador del F. C. Barcelona de balonmano, Valerio Ribera, ponía estos ejemplos de metas altas para un entrenador o para un equipo:

Un ejemplo de metas altas para un entrenador:

  • Dirijo el equipo hacia una temporada extraordinaria, con una energía ilimitada.
  • Disparo instantáneamente el rendimiento de mis jugadores, encendiendo su motivación al máximo.
  • Soy un ejemplo de altas aspiraciones.
  • Confío en mis jugadores y ellos confían en mí.
  • Estoy comprometido en dar constantes referencias positivas a los jugadores para ofrecerles autoconfianza.
  • Encaro cada desafío con un nivel de convicción asombroso, para alcanzar mi objetivo final: que mis jugadores rindan al máximo.

Un ejemplo de metas altas para el equipo puede ser:

  • Nuestro equipo es un ejemplo de optimismo, compromiso y humildad.
  • Disfrutamos y nos emocionamos por pertenecer a este equipo.
  • El equipo gana y convence en cada partido con una actitud contagiosa, que permite sobrepasar cada uno de los retos con los que nos enfrentamos.
  • Nuestro compromiso es siempre al cien por cien.
  • Cada día aprendemos y mejoramos más en los entrenamientos y partidos.
  • Somos un equipo que cada día está a un mejor nivel.
  • Nuestra ambición nos transforma y nos proporciona un fuerte impulso que nos ayuda a superar todas las metas, pese a las dificultades.

Ayuda a reorientar las metas

Marcarles a nuestros jugadores unas metas ambiciosas, más allá de ser una excelente herramienta de motivación personal y colectiva, sirve para algo mucho más importante: les ayuda a conocer siempre su itinerario y, gracias a esas metas marcadas con ilusión, podremos reorientar sus acciones hacia donde realmente deben ir. Constantemente hemos de rectificar el rumbo. Son decisiones que hemos de tomar juntos.

Marcarse objetivos ambiciosos es interesante, pero si no se ponen en movimiento, no sirven para nada. Deben producir en ellos una emoción que les lleve a actuar instantáneamente en busca de su consecución.

Son muchos los deportistas que se quedan ahí, en el sueño, en lo que les gustaría llegar a ser. Quieren, pero no son capaces de moverse con esa ilusión y no se ven preparados, o piensan que no tienen condiciones para alcanzar esos objetivos marcados porque exigen un esfuerzo y una energía que piensan que no tienen. Da pena presenciar cómo se van derrumbando.

Ahí está el papel del entrenador, conseguir que nada les frene, ayudarles a superar aquellas dificultades que se van encontrando en el camino. Son ellos los que tienen que saltar la muralla y, con el aliento de su entrenador, podrán conseguirlo.

¡Arrancar!

El primer paso para alcanzar su sueño es que sepan marcarse los objetivos que desean. Cuando hablamos con los jugadores de forma individual, para ayudarles a que se marquen objetivos, se les abre un mundo. Hasta ese momento, muchos de ellos, habían estado trabajando sin objetivos claros. Era vivir un día a día. Sin embargo, cuando se marcan una meta y unos objetivos, es como si se les abriera los ojos y entrara en ellos un chorro de luz que les llena completamente.

Al tratarse de una formación integrada, no hemos de olvidar de marcarles objetivos deportivos y personales, ya que todo suma a la hora de rendir más. A veces, el entrenador se centra exclusivamente en la mejora deportiva y este es un grave error ya que

“la mejora personal repercute en la deportiva, siempre“.

En nuestra práctica, observamos con claridad que los alumnos han entendido perfectamente esta idea, ya que cuando les preguntas por sus objetivos siempre te incluyen algunos aspectos de su personalidad: mejorar la relación con los demás, ser más humilde o menos pesimista, más compromiso en los entrenamientos, pensar en el equipo en lugar de en uno mismo…

El siguiente paso es enseñarles a mantenerse perseverantes y no olvidar que más importante que conseguir los objetivos es moverse hacia ellos. Es de vital importancia que el entrenador tenga muy claro que

“no han de dar tanto valor a los resultados como al esfuerzo que realizan por conseguirlos.”

Sus jugadores deben saber que si no llegan al objetivo marcado, no es una tragedia, ya que lo que ha valido la pena ha sido el camino andado.

En este punto, el profesor o entrenador tiene mucho que ver porque su labor no debe limitarse a ayudarles a marcarse esos objetivos, sino a que se sientan capaces de alcanzarlos a través de la autoestima, la motivación y la evaluación continua de los mismos por ambas partes. Si el entrenador se limita únicamente a marcar objetivos y se olvida de impulsarles para alcanzarlos, posiblemente no consiga absolutamente nada de esos jugadores.

Por tanto, vemos que el entrenador es realmente un motivador, una persona vital que impulsa al jugador hacia su meta mediante la transmisión de una confianza total en él. Y un verdadero formador no puede limitarse a plantear objetivos a sus jugadores sin más, sino que ha de ilusionarles para que se lancen a conseguirlos.

¡¡Sí, es posible!!

Cuando el seleccionador mexicano les comunicó por primera vez a sus jugadores el objetivo de ser campeones del mundo, los chicos se miraron sorprendidos. Alguno, incluso, se reía. Lo veían imposible. Pero la seguridad del seleccionador les llevó a pensar, poco a poco, que eso sí era posible.

Este verano hemos tenido la suerte de poder contar, en los cursos, con un periodista deportivo de primer nivel, quien conoce muy de cerca a los jugadores que actualmente podemos decir que son los ídolos de la juventud, aquellos que todo el mundo sueña en emular.

Cuando les detallaba a nuestros deportistas cómo eran esos jugadores a los 10 o 12 años, llegaba a la conclusión de que eran niños normales, como ellos, y que jamás habían imaginado que llegarían donde han llegado. Es algo que ocurre de repente, sin darte cuenta. Inmediatamente les sugería que no existen objetivos imposibles. Todo es posible… con esfuerzo, con sacrificio, con el apoyo de las personas adecuadas. Esto es lo que les caracterizó a todos ellos: pusieron un gran empeño por alcanzar ese objetivo.

Posiblemente lo que sí existen son plazos arriesgados para alcanzar esos objetivos. Podemos equivocarnos en el cálculo y desanimarnos por no haberlo conseguido, pero lo importante es seguir luchando y marcarse un plazo más realista ya que

“lo vital de los objetivos no es tanto lo que obtenemos cuando los conseguimos, sino la persona en la que nos convertimos mientras intentamos conseguirlos”.

Sin objetivos.

Muchas veces decimos de un equipo que le falta motivación y, simplemente, lo que le falta son objetivos. Cuanto mayor es el objetivo, mayor es la implicación. Si quieres que las personas de tu equipo estén motivadas, plantéales objetivos grandes y claros para que sepan lo que deben hacer. Es culpa tuya si andan perdidos.

Ambición y realismo

Mucha gente comenta que los objetivos deben ser realistas y, sin embargo, lo que deben ser es ser ambiciosos. Quizá entremos en una posible polémica con los pedagogos del momento, ya que defienden que si marcas objetivos muy ambiciosos los deportistas pueden llegar a deprimirse al no poderlos alcanzar.

Lo que es evidente es que el realismo no es contrario a la ambición y que estas dos palabras pueden ir juntas: objetivos realistas y ambiciosos, es decir, que dentro de lo que es posible, nos marcamos como meta lo más alto. Podría darse la situación de querer ser tan realistas que marquemos objetivos poco ambiciosos, y eso tendría como consecuencia que nuestros jugadores no podrían enriquecerse jamás.

Esos objetivos realistas y ambiciosos que debes transmitir a tus jugadores deben tener esas dos características:

  • Tienen que desafiarle a hacer y a ser algo distinto de lo que ya hace.
  • Tienen que hacerle temblar las piernas, una vez planteado el objetivo.

Tenemos delante una tarea delicada y muy atractiva: saber orientar a nuestros jugadores para que siempre opten por lo más ambicioso, dentro de sus posibilidades. De nuevo necesitan de su entrenador para encontrar ese consejo de una persona que les conoce bien y que sabe lo que son capaces de conseguir.

El miedo frena

Si no les marcamos objetivos, es porque no creemos que sirvan para algo, o porque carecen de método para alcanzarlo o porque les aterra fallar.

El miedo es el freno más efectivo para la acción. Hemos de transmitir a los chicos que sentirse vulnerables les va a dar fuerza emocional para cambiar.”

Uno de los factores por los que decidimos que un jugador puede llegar a ser un talento es su actitud. Los miedosos, los que no tienen carácter, los que huyen del esfuerzo, del sacrificio, de la disciplina de entrenamiento, no valen para la práctica del deporte y nunca rendirán al máximo de sus posibilidades.

No vale la pena perder el tiempo con este tipo de personas y es mejor aconsejarles que abandonen o que cambien completamente su actitud. Y esto último raras veces se consigue, porque tiene adquiridos unos vicios que envuelven de forma casi definitiva su personalidad, desde muy pequeños.

Puede ser que, efectivamente, sí les marquemos objetivos pero que no los consigan por falta de un plan. Por eso, una vez marcados, su entrenador debe enseñarles a:

  • Visualizar el trayecto que han de recorrer para alcanzarlo,
  • dividirlo en etapas y
  • marcar los objetivos en cada una de ellas.

Pero hay que moverse constantemente. El plan trazado no sirve si no se actúa, si se no avanza.

Lo primero que hemos de hacer para que alcancen los objetivos es mostrarles los beneficios: ¿qué ocurrirá si no consiguen el objetivo? Deben ser valientes para plantearse esta pregunta.

El optimista dirá que, como mínimo, este esfuerzo por conseguirlo le ha ayudado a mejorar, a progresar aunque no haya hecho lo suficiente para alcanzarlo: “Me falta poco (o mucho) y he de volver a intentarlo o he de revisar mi plan para descubrir dónde han estado los errores”.

El pesimista, sin embargo, dirá que no tiene capacidad suficiente para un objetivo así y que no vale la pena seguir intentándolo. Esto es para personas de otro nivel. Dejar de luchar significa dejar de crecer. Ahí está nuestra labor como profesionales: intentar que sigan creciendo, que dejen el pesimismo, que se den cuenta de que es su gran enemigo.

El segundo paso es enseñarles a descubrir los obstáculos con los que se pueden encontrar. Muchos de los obstáculos acaban con su esfuerzo simplemente porque no los supieron ver a tiempo o no fueron capaces de identificarlos.

En el proceso de formación, muchos de estos obstáculos se los hemos de saber presentar a nuestros jóvenes jugadores, porque ellos no los conocen bien. De ahí el valor de nuestra labor como formadores: explicarles qué obstáculos se van a encontrar y convencerles de que vale la pena poner todo el esfuerzo en superarlos.

El tercer paso consiste en que sean capaces de descubrir qué habilidades les faltan para sobrepasar los obstáculos: en quién tienen que convertirse y qué tienen que cambiar.

Ayúdales a darse cuenta de que los cambios no se producen de la noche a la mañana, deben ser paulatinos. Lo que sí pueden hacer es cambiar la dirección de su vida, lo que se produce en el preciso instante en que deciden sinceramente que van a conseguir aquello que tanto desean. Conseguirlo lleva algo más de tiempo.

Posiblemente, mientras se dirigen al objetivo, descubran la necesidad de cambiar los vehículos que pensaron que les acercarían a él o incluso que hay que cambiar los objetivos intermedios, pero esto forma parte del propio proceso.

Cuando defendemos la necesidad de una formación seria, pensamos en el inmenso bien que podemos ofrecer a todos aquellos jugadores con actitud que desean alcanzar un sueño. Somos conscientes de la gran responsabilidad que tenemos como educadores para ayudarles de forma sincera a alcanzar sus metas. Hemos de olvidarnos de una vez por todas de buscar recompensas personales (victorias deportivas) utilizando el talento innato de esos futbolistas, para dedicarnos de lleno a darles una formación integral como jugadores, que les permita alcanzar su sueño y no el nuestro.