Aunque nos dedicamos a la formación de todo tipo de jugadores, hemos de reconocer que en el deporte hay escalones, divisiones, niveles. Un error podría ser el dedicarnos únicamente a los jugadores que simplemente disfrutan practicando su deporte, pero que no tienen más pretensiones. Los jugadores con talento también necesitan de nuestra ayuda.

Son muchos los jugadores que buscan algo más que simple diversión y realmente demuestran unas buenas aptitudes para practicar este deporte en serio con lo que debemos estar preparados para ayudarles con eficacia.

Una de las ideas claves que hay que inculcar al deportista es la ambición a la hora de marcarse sus objetivos deportivos. Conseguir que vean con claridad que pueden llegar a alcanzar objetivos altos. Quizá más elevados de lo que ellos piensan porque cuando uno ve que puede conseguir objetivos más altos, hace todo lo posible por conseguirlos. 

Todos los grandes campeones son campeones en su interior antes de que les cuelguen la medalla”

Siempre defenderemos que un jugador apagado, sin garra, sin actitud no puede llegar a ser un buen deportista aunque posea una gran técnica, aunque destaque enormemente en el terreno de juego por su calidad y sus goles. Es así.

Pero cuando le haces ver que puede alcanzar, claramente y con detalle, sus sueños más intrépidos, surge en él una fuerza interior que le ayuda a luchar por conseguirlos. Hemos de fomentar que sea lo más objetivo y honesto posible para que no vea sus posibilidades peor de lo que son. Sería pesimismo y el deportista debe huir de esta peligrosa actitud.

El no valgo, o el no puedo son palabras que no debemos permitir que salgan de su boca jamás porque frenan su posible progresión. Es importante permanecer a su lado para ayudarle en esos momentos complicados donde no se ve la luz y que frenan su marcha hacia objetivos ambiciosos. El papel del entrenador es mucho más profundo de lo que parece aparentemente.

Desde el inicio, hemos de fomentar en el jugador de fútbol el optimismo. Que vea siempre el lado positivo de las cosas y cambiarle el rumbo a las contrariedades que van surgiendo. Esas derrotas que le llevan al pesimismo en el fondo son todo lo contrario: el punto de arranque para seguir esforzándose. 

Todo es útil para seguir aprendiendo. Esto le permite seguir luchando y seguir mejorando. Por ejemplo, si ha perdido, la reacción debe ser que la próxima vez ganará. Si ha fallado un penalti, ir a practicarlo una y otra vez  en el entrenamiento para que no vuelva a ocurrir. ¿Le han superado por una paliza tremenda?, que piense dónde pueden estar los errores y, con tiempo, intentar subsanarlos. 

La actitud que debemos inculcar a nuestros jugadores debe ser siempre darse cuenta de la suerte que tienen, que les haya pasado esto ahora, porque hay todavía tiempo de rectificar. Esto es optimismo.

Todo entrenador debe marcar a sus pupilos unos objetivos ambiciosos desde el principio. Es como la visión de lo que uno puede llegar a conseguir al final del camino.

Estas metas altas no pueden quedar en la mente del entrenador. Hay que saberlas transmitir al equipo de forma atractiva y creíble. 

“Cuando un jugador ve la foto definitiva de lo que es posible, es cuando siente el impulso de ponerse en marcha”.

Estos grandes objetivos deben hacerles crecer. Cuando las personas ven que dentro del equipo progresan personalmente y que sus carreras se ven potenciadas, adquieren un nivel de compromiso que hace posible resultados extraordinarios en un tiempo relativamente corto.

El entrenador debe expresar esas metas altas con palabras cargadas de energía para que, al recitarlas, la energía les empape y penetre en su interior. Es preferible elegir un buen momento para escribir esas metas ya que debe producirnos euforia, motivación, impulso, aceleración, deseo.

Un ejemplo de metas altas para un entrenador:

  • Dirijo el equipo hacia una temporada extraordinaria con una energía ilimitada.
  • El estado hiperenchufado es mi estado mínimo.
  • Disparo instantáneamente el rendimiento de mis jugadores encendiendo su motivación al máximo.
  • Soy un ejemplo de altas aspiraciones.
  • Confío en mis jugadores y ellos confían en mí.
  • Estoy comprometido en dar constantemente referencias positivas a la actuación de los jugadores para ofrecerles autoconfianza y poder personal.
  • Encaro cada desafío con una actitud y un nivel de convicción asombroso, para alcanzar mi objetivo final: que mis jugadores rindan al máximo.

Un ejemplo de metas altas para el equipo puede ser:

  • Nuestro equipo rebosa energía positiva, compromiso, humildad y orgullo.
  • Disfrutamos y nos emocionamos por pertenecer a este equipo.
  • El público disfruta viéndonos jugar.
  • El equipo gana y convence en cada partido con una actitud contagiosa que permite sobrepasar cada uno de los retos con los que nos enfrentamos.
  • Nuestro estado emocional es siempre al cien por cien.
  • El equipo va mejorando con entrenamientos y planes de partido perfectos.
  • Somos un equipo de gran nivel. Lo formamos magníficos gladiadores-jugadores-entrenadores que estamos fuertemente comprometidos con el equipo.
  • Todo lo que nos rodea: la institución que representamos, nuestras familias, nos transforma y nos proporciona un fuerte impulso que nos ayuda a superar todas las retos a los que nos enfrentamos.

Ayuda a rectificar su rumbo

Marcarse unas metas ambiciosas, más allá de ser una excelente herramienta de motivación personal y colectiva, sirve para algo mucho más importante: les ayuda a conocer siempre su itinerario y, gracias a esas metas marcadas con ilusión, podremos reorientar sus acciones hacia donde realmente deben ir.

Un ejemplo parecido puede estar en otras facetas de la vida. Si voy a un arquitecto porque quiero hacerme un chalet, lo primero que me preguntará es qué tipo de casa es la que deseo: tamaño, estilo, número de habitaciones, ubicación, etc. 

En ese momento, debes plantearte muchas cosas: número de hijos, capacidad económica, necesidades, etc. Debes ser objetivo y valiente. El arquitecto te confeccionará unos planos que son tus medios para llegar al objetivo final. Posiblemente, con el tiempo, habrá que corregir aspectos que indicaba el plano que es la guía para construir la casa que tu deseas. Las visitas de obra sirven para poder comprobar si la realidad concuerda con lo proyectado y reorientarlo hacia el objetivo final.

Metas altas e identidad

Si las metas altas son la imagen que se marcan de ellos mismos en el futuro, la IDENTIDAD es la imagen presente, actual. Esta puede ser un factor motivador o limitante. Las metas altas indican en quién desean convertirse y la identidad refleja en qué se están convirtiendo. Por eso es importante que estén muy atentos a la imagen que se están formando de ellos mismos.

Con las metas altas no basta

Marcarse objetivos ambiciosos es interesante pero si no se ponen en movimiento, no sirve para nada. Debe producir en ellos una emoción que les lleve a actuar instantáneamente en busca de su consecución.

Lo mismo pasa con los planos del chalet. Están muy bien pero si no te pones a construir la casa, esos planos no sirven para nada. Hay que buscar obreros, comprar el materia necesario, pedir los permisos pertinentes al ayuntamiento, etc.

Son muchos los deportistas que se quedan ahí, en el sueño, en la visión, en lo que les gustaría llegar a ser.  Quieren, pero no son capaces de moverse con esa ilusión y no se ven preparados o piensan que no tienen condiciones para alcanzar esos objetivos marcados porque exige un esfuerzo y una energía que piensan que no tienen. Da pena presenciar cómo se van derrumbando.

Ahí está el papel del entrenador, conseguir que nada les frene, ayudarles a superar aquellas dificultades que se van encontrando en el camino. Son ellos los que tienen que saltar la muralla pero con el aliento de su entrenador, podrán conseguirlo.

¡Nos ponemos en marcha!!

El primer paso para alcanzar su sueño es que sepan marcarse los objetivos que desean. Cuando  hablamos con los jugadores de forma individual para ayudarles a que se marquen unos objetivos, se les abre un mundo. Hasta ahora habían estado trabajando sin objetivos claros. Era vivir un día a día. Sin embargo, cuando ellos se marcan una meta y unos objetivos, es como si se les abriera los ojos y entrara en ellos un chorro de luz que les llena completamente.

Al tratarse de una formación integrada, no hemos de olvidar de marcarles objetivos deportivos y personales ya que todo suma a la hora de rendir más. A veces, el entrenador se centra exclusivamente en la mejora deportiva y este es un grave error ya que la mejora personal repercute en la deportiva, siempre. 

Observamos con claridad que los alumnos han entendido perfectamente esta idea ya que cuando les pides que se marquen objetivos, siempre te incluyen algunos aspectos de su personalidad: mejorar la relación con los demás, ser más humilde o menos pesimista.

El siguiente paso es enseñarles a mantenerse perseverantes y no olvidar que más importante que conseguir los objetivos es moverse hacia ellos. Es de vital importancia que el entrenador tenga muy claro que no han de dar tanto valor a los resultados como al esfuerzo que realizan por conseguirlos. Sus jugadores deben saber que si no llegan al objetivo marcado, no es una tragedia ya que lo que ha valido la pena ha sido el camino andado.

En este punto, el profesor o entrenador tiene mucho que ver porque su labor no debe limitarse a ayudarle a marcarse esos objetivos sino a que se sienta capaz de alcanzarlos a través de la autoestima, la motivación y la evaluación continua de estos objetivos por parte de ambos. Si se limita únicamente a marcar objetivos y se olvida del tema, posiblemente no va a conseguir absolutamente nada de ese jugador.

Por tanto vemos que el entrenador es realmente un motivador, una persona vital que impulsa al jugador a su meta mediante la transmisión de una confianza total en él. Y un verdadero formador no puede limitarse a plantear objetivos a sus jugadores sin más, sino que ha de ilusionarles para que se lancen a conseguirlos.

No existen objetivos imposibles.

Este verano hemos tenido la suerte de poder tener en los cursos a un periodista deportivo de primer nivel que conoce muy de cerca a los jugadores que actualmente podemos decir que son los ídolos de la juventud con los que todo el mundo sueña en emularlos.

Cuando les detallaba cómo eran estos jugadores a los 10-12 años, llegaba a la conclusión de que eran niños normales, como ellos y que jamás habían imaginado que llegarían donde han llegado. Es algo que ocurre de repente, sin darte cuenta. Inmediatamente les sugería que no existen objetivos imposibles. Todo es posible…con esfuerzo, con sacrificio, con el apoyo de las personas adecuadas. Esto es lo que les caracterizó a todos ellos: pusieron un gran empeño por alcanzar ese objetivo.

Posiblemente lo que sí existen son plazos intrépidos para alcanzar esos objetivos. Podemos errar en el cálculo y desanimarnos por no haberlo conseguido pero lo importante es seguir luchando y marcarse un plazo más realista ya que 

lo vital de los objetivos no es tanto lo que obtenemos cuando lo conseguimos sino la persona en la que nos convertimos mientras intentamos conseguirlo”.

Falta de objetivos.

Muchas veces decimos de un equipo que le falta motivación y simplemente lo que le falta son objetivos. Cuanto mayor es el objetivo, mayor es la motivación. Si quieres que las personas de tu equipo estén motivadas, plantéales objetivos grandes y, además, claros para que sepan lo que deben hacer. Es culpa tuya si andan perdidos.

Objetivos ambiciosos y realistas

Mucha gente comenta que los objetivos deben ser realistas y en realidad lo que deben ser son ambiciosos. Quizá entremos en una posible polémica con los pedagogos del momento ya que defienden que si les marcas objetivos muy ambiciosos pueden llegar a deprimirse al no poderlos alcanzar. 

Lo que es evidente es que el realismo no es contrario a la ambición y que pueden ir juntas estas dos palabras: objetivos realistas y ambiciosos, es decir, que dentro de lo que es posible, nos marcamos como meta lo más alto. Podría darse la situación de querer ser tan realista que marquemos objetivos poco ambiciosos y eso tiene como consecuencia que nuestros jugadores no puedan enriquecerse jamás. 

Esos objetivos realistas y ambiciosos que debes transmitir a tus jugadores deben tener esas dos características:

  • tiene que desafiarle a hacer y a ser algo distinto de lo que ya hace.
  • tiene que hacerle temblar las piernas, una vez planteado el objetivo.

Tenemos delante una tarea delicada y muy atractiva de saber orientar a nuestros jugadores para que siempre opten por lo más ambicioso dentro de sus posibilidades. De nuevo necesitan de ti para encontrar ese consejo de una persona que les conoce bien y que sabe lo que son capaces de conseguir.

Cuidado con el miedo

Si no les marcamos objetivos es porque no creemos que sirvan para algo, o carecen de método para alcanzarlo o porque les aterra fallar. 

El miedo es el freno más efectivo para la acción. Hemos de transmitir a los chicos que sentirse vulnerables les va a dar fuerza emocional para cambiar”.

Uno de los factores por los que decidimos  que un jugador puede llegar a ser un talento es su actitud. Los miedosos, los que no tienen carácter, los que huyen del esfuerzo, del sacrificio, de la disciplina de entrenamiento, no valen para la práctica del deporte y nunca rendirán al máximo de sus posibilidades. 

No vale la pena perder el tiempo con este tipo de personas y es mejor aconsejarles que abandonen o que cambien completamente su actitud. Y esto último raras veces se consigue porque tiene adquiridos unos vicios que envuelven de forma casi definitiva su personalidad desde muy pequeños.

Puede ser que efectivamente, sí les marquemos objetivos pero que no los consiga por falta de un plan. Por eso, una vez marcados, su entrenador debe enseñarles a:

  • visualizar el trayecto que ha de recorrer para alcanzarlo,
  • dividirlo en etapas y,
  • marcar los objetivos en cada una de ellas. 

Pero, hay que moverse constantemente. El plan trazado no sirve si no actúa, si no avanza.

Lo primero que hemos de hacer para que lo consiga es mostrarles  los beneficios: ¿qué ocurrirá si no consigue el objetivo? Debe ser valiente para plantearse esta pregunta. El optimista dirá que como mínimo este esfuerzo por conseguirlo me ha ayudado a mejorar, a progresar aunque no haya hecho lo suficiente para alcanzarlo. Me falta poco (o mucho) y he de volver a intentarlo o he de revisar mi plan para descubrir dónde han estado los errores.

El pesimista, sin embargo, dirá que no tiene capacidad suficiente para un objetivo así y que no vale la pena seguir intentándolo. Esto es para personas de otro nivel. Dejar de luchar significa dejar de crecer. Ahí está nuestra labor como profesionales: intentar que sigan creciendo, que dejen el pesimismo, que se den cuenta de que es su gran enemigo.

El segundo paso es enseñarles a prever los obstáculos con los que se pueden encontrar. Muchos de los obstáculos acaban con su esfuerzo simplemente porque no los supieron ver a tiempo o no fueron capaces de identificarlos.

En el proceso de formación, muchos de estos obstáculos se los hemos de saber presentar a nuestros jóvenes jugadores porque ellos no los conocen bien. De ahí el valor de nuestra labor como formadores: explicarles qué obstáculos se van a encontrar y animarles a que vale la pena poner todo el esfuerzo en superarlos.

El tercer paso consiste en que sean capaces de descubrir qué habilidades les faltan para sobrepasar los obstáculos: en quién tienen que convertirse y qué tiene que cambiar en él.

Ayúdales a darse cuenta de que los cambios no se producen de la noche a la mañana, deben ser paulatinos. Lo que sí pueden hacer es cambiar la dirección de su vida que se produce en el preciso instante en que deciden sinceramente que van a conseguir aquello que tanto desean; conseguirlo lleva algo más de tiempo.

Posiblemente, mientras se dirigen al objetivo, descubran la necesidad de cambiar los vehículos que pensaban les acercarían a él o incluso que haya que cambiar los objetivos intermedios pero esto no es más parte del propio proceso.

Cuando  defendemos la necesidad de una formación seria pensamos en el inmenso bien que podemos ofrecer a todos aquellos jugadores con actitud que desean alcanzar un sueño. Somos conscientes de la gran responsabilidad que tenemos como educadores para ayudarles de forma sincera a alcanzarlo y hemos de olvidarnos de una vez por todas de buscar recompensas personales (victorias deportivas) utilizando el talento innato de esos futbolistas y dedicarnos de lleno a su formación integral como jugador que les permita alcanzar su sueño y no el nuestro.