Hoy me ha dicho el entrenador que mi hijo seguirá en tercera. Me ha sentado como una patada en el estómago. Yo, que tenía tanta confianza en el club, que he disfrutado tanto con los goles de mi hijo, que tantos esfuerzos he hecho todo el año para llegar puntual a los partidos y a todos y cada uno de los entrenamientos.

 

¡Esto es una cuchillada por la espalda!

 

El entrenador se ha sentado conmigo para explicarme la situación. Me comenta que el niño tiene calidad pero no tienen más sitios en el equipo de segunda. Van a intentar que el niño entrene un día con el de segunda para que no pierda ritmo. Se merece más pero no tienen posibilidades de colocarlo más arriba.

 

–Seguro que va a disfrutar como este año.

 

La sangre me bulle y me doy cuenta de que estoy a punto de estallar. Y exploto. Estoy completamente descontrolado, me levanto sin más y le digo al entrenador que me llevo al niño. Lo considero completamente injusto y todo lo que llevaba dentro surge de repente, sin darme cuenta y me pongo a gritar como un histérico.

 

–Ya me imaginaba que esto iba a pasar. Mientras tanto los enchufados de turno suben a segunda y mi hijo, como siempre, al cubo de la basura. Si le tienes tirria a mi hijo, ahora ya lo tengo claro, pero que sepas que “lo quieren” en varios clubes para jugar en primera. Lo que pasa es que no sabes ver el potencial que tiene mi hijo, nunca lo has comprendido. Me voy, ya me puedes dar inmediatamente la baja que me marcho…

 

El entrenador, un chico joven, está completamente asustado y no sabe como reaccionar ante tanta agresividad de un padre que nunca había dado problemas en el club. No sabe qué decirme y se disculpa desmintiendo lo que yo le estaba achacando.

 

Me encolerizo aún más porque no me responde mal, ni me falta al respeto como yo sí estaba haciendo. Me molesta que él sepa guardar la compostura cuando yo no lo estoy consiguiendo. Refuerzo mis amenazas y me muestro más encolerizado intentando afectarle con mis dardos cargados de un doloroso veneno, pero definitivamente me doy por vencido y me marcho.

 

Han pasado unas horas y la sangre vuelve a circular con normalidad. Un poco más calmado, me doy cuenta del espectáculo tan bochornoso que he montado, pero ya no hay vuelta atrás. Hablo con mi hijo y le comunico que nos vamos del club.
El chaval me mira con incredulidad porque lleva tres años jugando en este equipo y no se imagina haciéndolo en otro diferente. Él está bien donde está y no le da tanta importancia a la categoría que va a jugar. Le hace ilusión jugar en un equipo mejor pero ya se imaginaba que no iba a ser posible. Lo tenía asumido y ya está.

 

–Papá, pero es que yo no me quiero ir–dice mi hijo un poco extrañado.

 

Yo le explico la situación y le aclaro que él se merece mucho más.

 

–Iremos a hacer las pruebas a otros equipos.

 

Me entero ese mismo día que un compañero del equipo se va a hacer las pruebas a un club que está en una ciudad cercana (a 1 hora de trayecto) y le pido que me ayude a conseguirle una prueba para el mío.

 

El día señalado, mientras voy a la prueba con mi hijo, le voy dando recomendaciones de lo fantástico que es el cambio de equipo, de lo grande que es el club al que va a ir, del salto de calidad que significa, del esfuerzo que vamos a tener que hacer…

 

Sin embargo, mi hijo no está del todo convencido aunque me dice a todo que sí porque me ve completamente convencido de lo que quiero hacer.

 

Sigo conduciendo en el coche porque el trayecto es largo y me permite pensar un poco en lo que está pasando. Me doy cuenta, como adulto que soy, que la distancia es muy grande y empiezo a imaginarme lo que va a significar ir hasta allí todo el año, tres veces a la semana más el partido.

 

La prueba es un completo éxito, sin embargo, los entrenadores deciden aceptarlo en la misma categoría que me proponían en mi antiguo club. Les pongo condiciones: que pueda doblar partidos. Lo aceptan y nos vamos.

 

Ahora todo es ya por propio orgullo. Sigo hasta el final porque mi ego no me permite volver para atrás. He de seguir lo que he empezado porque no quiero darle la razón al entrenador con el que me he enfadado.

 

Como todavía siguen los entrenamientos en mi antiguo club, llevo a mi hijo a entrenar con toda normalidad mientras le sigo dando vueltas a todo lo que me está pasando. ¿Me habré vuelto loco con todo esto?

 

Un padre del equipo, con el que tengo mucha confianza, se me acerca de repente y me dice de forma comprensiva que los que estoy haciendo es una locura y que no abandone un lugar donde mi hijo está aprendiendo mucho y es feliz.

 

De repente se desvanecen todas las idioteces que me habían hecho actuar sin coherencia y me doy cuenta de que estaba haciendo el tonto con todo esto. Que por culpa de mi orgullo y mi presunción estaba dañando a mi hijo gravemente y me pareció todo una estupidez.

 

Necesitaba este empujón para animarte a cambiar de opinión y reconocer que te has equivocado y eso es lo que siempre hacen los amigos por ti. Cuando estás a punto de meter la pata, acuden y zas, todo cambia de golpe. Es como si me hubiera quitado un peso muy grande de encima.

 

Me dirigí inmediatamente al entrenador de mi hijo, le pedí disculpas, le reconocí que me había vuelto loco y que no existía mejor lugar para mi hijo que éste, con lo que la aventura terminó felizmente para mi y para mi hijo.

 

Espero que pueda servirte a ti, si alguna vez te ocurre algo parecido.