“Aprender es el objetivo, y enseñar es un medio para alcanzar ese fin.” Don Finkel

Cuenta la leyenda que había un entrenador que se vanagloriaba de poder enseñar cualquier cosa que quisiera a cualquier jugador. Y tenía toda la razón… él podía enseñar lo que quisiera, lo complicado era conseguir que la otra persona lo aprendiera.

La labor de un entrenador no es enseñar, sino conseguir que sus jugadores aprendan.

Lo cierto es que en nuestros equipos de fútbol base hay demasiados entrenadores que creen que enseñan, pero hay demasiados jugadores que no aprenden. Y esa es una situación que debe cambiar urgentemente.

Estos días estoy viviendo una experiencia pedagógica que puede servir para  profundizar un poco más en este gran dilema que es enseñar y aprender.

Hemos facilitado las cosas para que cada día acuda un equipo a practicar los lanzamientos de faltas, después de los 90 minutos de entrenamiento, Todos los equipos (es voluntario) tienen la opción de quedarse a lanzar faltas con barrera durante una media hora. Suele quedarse un 90% del equipo.

El objetivo es ambicioso y a largo plazo: que sean capaces de lanzar faltas con una gran eficacia goleadora. Desde el principio insistimos en que no es una competición simplemente o un juego. Pese a que es algo muy diferente a lo que trabajan en un entrenamiento, procuramos no solo enseñarles esta difícil técnica de lanzar faltas con barrera, sino que realmente aprendan a ejecutarlas con la mayor perfección posible.

Por este motivo, les he dado una información detallada y les hablé de potencia y de precisión como los dos factores que iba a tener en cuenta a la hora de puntuarles. Con el tiempo, me he dado cuenta de que hablo demasiado y quizá ya no me escuchan. Por eso he cambiado de táctica. Cada día les hablo menos y observo más. Es la clave. Ha sido un gran descubrimiento. Lo sabía pero quizá hacía tiempo que no lo experimentaba.

Ellos ya saben lo que les voy a decir. Por lo tanto me callo, observo y pregunto después del lanzamiento:

– muy bien, estás mejorando, pero ¿sabes qué te ha faltado?

– he de golpear el balón hacia un lado, no tan al centro (precisión) – me responde el jugador con ganas de mejorar su siguiente tiro.

—¿Y qué tienes que cambiar en tu próximo lanzamiento para conseguirlo? —le pregunto para hacerle pensar.

Mi objetivo es enseñarles a tirar faltas pero me doy cuenta de que no consiste todo en explicarles las cosas con detalle porque veo que ellos no siempre son capaces de ejecutarlo correctamente y que todavía no lo han aprendido. Es, por tanto, muy diferente enseñar y aprender. Enseño para que aprendan pero el camino del aprendizaje es largo y paciente y necesitas observar a tus jugadores para descubrir sus fortalezas y sus puntos más débiles.

Mis instrucciones se han ido reduciendo. Me doy cuenta de que hablo y hablo pero el niño no escucha porque repito algo que ya sabe y que yo, como adulto, como lo considero tan importante, como pienso que no lo sabe todavía, se lo vuelven a repetir.

Me pregunto por qué no me escucha cuando es algo tan importante. ¿No se da cuenta de que lo que le estoy explicando puede mejorarle sustancialmente su golpeo del balón? Entonces hice una prueba. En lugar de explicarles cómo tenían que hacerlo, se lo pregunté y ellos me lo explicaron mucho mejor que yo.

¡Estaba perdiendo el tiempo explicando cosas que ya sabían! aunque todavía no las hacían bien porque habían adquirido un conocimiento teórico, y les faltaba el conocimiento práctico.

¡Cuánto entrenador parlanchín hay por este mundo del fútbol, que se escucha a sí mismo! Su ego no le permite ver el ridículo de sus palabras. Si pudiera leer los pensamientos de sus jugadores, esto es lo que escucharía:

– ¿por qué no te callas ya? Te repites como un loro. Déjanos entrenar. Fíjate en lo que hacemos y te darás cuenta de que lo que explicas ya lo sabemos. Necesitamos que nos escuches, que nos observes, que te des cuenta que cada uno de nosotros somos muy diferentes…

A partir de este gran descubrimiento, he decidido observar más. Voy analizando cómo es el lanzamiento de cada uno de los jugadores: uno pone mal el pie de apoyo, otro ataca el balón con una carrera demasiado frontal, otro golpea el balón con una superficie no adecuada, a otro le falta potencia…Todos los lanzamientos son muy diferentes y cada alumno necesita un consejo distinto.

También pude darme cuenta de que el consejo puedo dárselo o puedo omitirlo y ayudarle a que lo descubra. Depende de la persona, de la situación, de sus necesidades. El mundo de la enseñanza es tan complejo que has de ir con mucho cuidado. Exigir y a la vez, dar.

Los caminos para alcanzar el aprendizaje son múltiples y variados. Esa es una realidad que vemos cada día en nuestros equipos y que debemos tener muy presente a la hora de preparar nuestros entrenamientos. Pero debemos hacerlo con mucho cuidado para no tomar la dirección errónea.

No se trata de enseñar a cada jugador según tu estilo de aprendizaje, sino de conocer y explotar las virtudes y los talentos de nuestros jugadores, y de reforzar sus puntos más débiles.

Llevamos ya tres meses practicando faltas. Mucha paciencia, mucha ilusión. De vez en cuando añado algo nuevo para enriquecer su conocimiento teórico. Sin embargo, observo que lo que mejor les va es el consejo después de analizar las necesidades que cada jugador tiene para mejorar su tiro.

Antes de tirar quizá les comento algo. Después de tirar les doy el feed back positivo para que vean que aquello marcha. Muchas veces les formulo una pregunta y no les doy información:

– has realizado tres lanzamientos y los tres han salido altos, ¿qué te está pasando? Piénsalo y mira a ver si hay que cambiar algo en tu lanzamiento para que mejore.

Antes comenté que la sesión era completamente voluntaria. Hay un 10% de alumnos que no acuden. Posiblemente porque lanzan mal o porque tienen prisa por llegar a casa. Sin embargo, hay dos lanzadores que siempre vienen a pesar de que le dan muy mal al balón. No consiguen levantar la pelota por encima de la barrera.

Los primeros días, cuando me percaté de la situación, me pregunté cómo debía trabajar con un alumno de estas características. La sesión para todos consiste  en que si de cuatro tiros no haces uno correcto, quedas eliminado. El primer día, el protagonista de la anécdota, quedó eliminado. El segundo, a pesar del esfuerzo que realizaba, también quedó fuera. Pero al tercer día, consiguió pasar la barrera y la pelota quedó a medio camino de la portería. La pelota se elevó mágicamente por encima de la barrera pero con tan poca fuerza que se quedó botando a medio camino de la portería. En aquellos momentos, me di cuenta del éxito que significaba para el chico y, sin dudarlo, quedó clasificado para la siguiente ronda donde volvió a conseguirlo. Gol no marcaba todavía pero ya superaba la barrera.

La motivación que este jugador obtuvo con este sencillo hecho fue tan grande que  me hizo pensar en una realidad. ¿Qué objetivos les ponemos a nuestros jugadores? ¿Son alcanzables? ¿Son ambiciosos? Si nuestros jugadores son capaces de ver el objetivo que les ponemos cercano, posible e ilusionante, entonces su respuesta es máxima.

Me impresionó el respeto de sus compañeros que se esforzaban por lanzar la pelota con potencia y precisión y que veían cómo quedaban eliminados a pesar de haber lanzado bastante bien. Sin embargo, aceptaban que ese otro compañero del equipo, pasara de ronda simplemente por haber superado la barrera. Tienen 10 años y, sin embargo, lo entienden perfectamente. Es más, suelen salir palabras de ánimo de sus bocas hacia ese chico que me llenan de orgullo.

Generar un ambiente adecuado de respeto y de trabajo entre los miembros del equipo, facilita enormemente el aprendizaje.

También me sorprendió gratamente ver la cara del niño cuando se dio cuenta de que yo aplicaba otro rasero a sus lanzamientos. No le humilló. Él era plenamente consciente de su dificultad y lo único que valoraba era que yo me alegraba cuando él conseguía levantar la pelota un poco más alto o un poco más lejos, sin más pretensiones.

Para este jugador, conseguir pasar la barrera era un gran logro, sin embargo a otros, ese mismo objetivo puede decepcionarles. ¡Qué difícil es enseñar cuando se trata de detectar esas pequeñas sutilezas! Diferencias importantes que marcan el éxito del aprendizaje.

El propósito de todo entrenador formador es que sus jugadores aprendan y para ello tiene el deber y la obligación de conocer todos los recursos didácticos que están a su alcance. Y de utilizar los más adecuados en cada momento, situación o circunstancia.

Para ello es preciso tener un gran conocimiento de nuestros jugadores y de su contexto. Es imposible aplicar fórmulas mágicas que resuelvan los problemas a los que nos enfrentamos para que nuestros alumnos aprendan.

El sentido común nos debería ayudar a no dejar que los cantos de sirena (en forma de metodologías mágicas y de soluciones innovadoras que anulan todo lo hecho con anterioridad) no impidan ver la realidad… ¡ya sabéis lo que le pasó a Ulises!

Lo único que debería importarnos es conseguir que nuestros futbolistas aprendan… el cómo lo hacen es importante, pero que lo hagan es una necesidad ineludible. Nos guste o no, enseñar solo tiene sentido si se produce aprendizaje… haríamos bien en no olvidarlo nunca.