Una de las reglas más importantes del fútbol formativo moderno es que las cosas no se imponen, sino que tu trabajo como formador es lograr convencer al jugador. Cuando lo tienes convencido, ya has ganado la partida; porque todo lo que le digas lo hará, no porque se lo digas, sino porque está convencido de que eso que le indicas es lo mejor para él.

Tú puedes decirle muchas veces que dispare con su pierna izquierda, y lo hará porque se lo exiges. Pero si consigues convencerle de lo importante que es eso para su progresión como deportista y de las ventajas que va a tener ese esfuerzo a largo plazo, entonces tendrás la certeza de que todo funcionará, porque el jugador lo va a realizar siempre que pueda y con toda la intensidad del mundo, sin que tú se lo tengas que repetir muchas veces.

Un buen entrenador es un catalizador del aprendizaje. Debe existir en el alumno una confianza total en lo que el entrenador le transmite y, a su vez, el entrenador debe ser competente para transmitir. Es entonces cuando alcanzamos la eficacia. La confianza permite crear el clima que produce la fertilidad en el aprendizaje.

Y esa confianza la crea el buen entrenador con su grupo. Por eso decimos que la clave del éxito en una escuela de futbolistas se basa en la calidad del profesorado, que debe ser capaz de crear ese clima de confianza entre los jugadores, los padres, la directiva y el resto de entrenadores.

Transmisores de optimismo

Los profesores de calidad saben lo importante que es confiar en la capacidad de trabajo de sus alumnos. Eso les permite responder con autoexigencia a los diferentes retos que van apareciendo a lo largo de su aprendizaje, en lugar de acogerse al fatalismo simplón. Los alumnos responden ante esa confianza con esfuerzo y, con el tiempo, van modelando sus capacidades.

Siempre les transmitimos a nuestros alumnos que los grandes deportistas han destacado por una extraordinaria capacidad de trabajo. Algunos objetan que jugadores como Messi nacen con algo innato, pero cuando profundizamos en su vida personal encontramos muchas horas de infancia trabajando con el balón hasta conseguir niveles extraordinarios.

El estímulo del esfuerzo es necesario para todos los alumnos y lo es especialmente para los que tienen más dificultades. Los profesores deben buscar siempre lanzar con claridad este mensaje: “Todos podemos llegar a mejorar como futbolistas y como personas, está en nuestras manos el conseguirlo o no”.

Los alumnos siempre deben encontrar a sus profesores con los brazos abiertos, disponibles para ayudarles en su afán de superación constante. Esa seguridad que encuentran en su entrenador es la base de su crecimiento personal.

En un ambiente de disciplina

Vemos la formación de un niño en analogía con el cultivo de un árbol. Si recibe las atenciones pertinentes de joven, crece bien. Pero si se abandona, se desarrolla según el capricho del viento: “Árbol que crece torcido, jamás su tronco endereza”, dice el refrán.

No somos partidarios de la educación rígida que recibieron nuestros padres y está claro que es bueno educarlos con cierta libertad, pero deben saber que existen normas que se deben cumplir. La experiencia nos dice que la disciplina que encuentran los jugadores es fuente de seguridad, porque saben en todo momento dónde están y cómo deben actuar.

A los padres les encanta detectar en un centro deportivo esa disciplina que expresa seguridad y seriedad. Y los chicos la valoran y aprenden a respetar esas normas con responsabilidad.

La puntualidad, el respeto a los demás, la uniformidad, el esfuerzo, la intensidad, el orden, etc., son normas habituales que los chicos deben afrontar desde el primer momento que pisan la ciudad deportiva. Eso facilita mucho las cosas y crea un ambiente propicio para el aprendizaje.

La estrategia de la confianza

El éxito y la confianza son el verdadero impulsor motivacional. El alumno que confía en su entrenador puede encontrar estimulante esforzarse sin esperar una recompensa inmediata. Cuando esto pasa, se siente orgulloso de su comportamiento, aprende más, fortalece su personalidad y se prepara mejor para la vida real.

Como podemos ver, mientras aprende a jugar al fútbol, consigue conocerse mejor a sí mismo, descubre cómo diseñar nuevas estrategias de éxito ante las dificultades y sabe someterse a la disciplina del esfuerzo.

En definitiva, podemos afirmar con seguridad que no hay métodos malos en manos de un buen entrenador, capaz de crear en sus jugadores un ambiente de estímulo, seguridad y confianza.

Dinero para nada

Hoy en día existe una tendencia que lleva a pensar que invirtiendo más dinero podemos conseguir mejores escuelas de fútbol y esto es una nueva falsedad. Existen escuelas de fútbol con unas instalaciones inmejorables, con un material deportivo de primera clase, con un número increíble de entrenadores, con medios informáticos de última generación, etc., y, sin embargo, la calidad de enseñanza de esas escuelas deja mucho que desear, de ellas no salen buenos jugadores. Es cierto que es necesario el dinero para conseguir una cierta calidad, pero el dinero por sí mismo no la garantiza. Tanto es así, que algunas personas están planteándose que quizá en algunas escuelas se está gastando demasiado.

Pongo de nuevo el caso de un club de primera línea, en la ciudad de Barcelona, que en lugar de plantearse un proyecto de formación en serio con unos medios económicos más que envidiables y unos recursos más que abundantes en cuanto a entrenadores, dedica todos sus esfuerzos a competir y a conseguir ganar cada fin de semana, olvidándose de su principal objetivo, que es la formación.

Cuando necesitan un jugador, lo que hacen es buscarlo entre los 3 millones de niños que se están formando en las escuelas de fútbol y lo sacan de allí con la idea simple de obtener un recambio en su equipo para conseguir más victorias. Además, aprovechan el renombre de su club para atraer a la familia con sus cantos de sirena, siendo imposible retener al jugador en su fenomenal trayectoria formativa. Esos niños acaban estrellándose al final porque empiezan a competir como profesionales antes de serlo y, sin ningún derecho, les anulan su capacidad de seguir aprendiendo. Un auténtico crimen que no podemos aprobar.

Pero, volviendo al tema, un profesor malo continúa siendo malo aunque tenga todos los medios y recursos imaginables. El buen profesor es capaz de obtener el máximo rendimiento de cada alumno, independientemente de los recursos que posea.

Trabajar muy bien con los más pequeños

Nos damos cuenta de que muchos jugadores tienen dificultades porque no se ha trabajado con ellos, desde pequeños, muy bien la técnica y la coordinación. Por este motivo, procuramos siempre poner a los mejores profesores trabajando con los más jóvenes. De esta forma podemos detectar precozmente las dificultades de aprendizaje, en cuanto apuntan, y tratarlas preventivamente de manera personalizada.

Un buen trabajo a partir de los 4 o 5 años permite una progresión mayor en el aprendizaje porque, a estas edades, los niños son tan moldeables que en poco tiempo puedes corregir y pulir al jugador para que sea capaz de llegar a su madurez con una formidable coordinación neuromotora que le permitirá practicar este u otro deporte en unas condiciones óptimas.

Sin embargo, lo que vemos en la mayor parte de las escuelas y equipos de fútbol es que este trabajo tan importante se delega en chicos jóvenes, sin experiencia, que hacen lo que pueden, con muy buena voluntad pero sin los conocimientos necesarios para conseguir unos objetivos estimulantes para el niño. Los jugadores llegan mal preparados a la siguiente etapa y el trabajo, entonces, es más dificultoso para ellos. Realmente, es una pena lo que está ocurriendo, y los padres acaban desesperados porque buenos lo son, pero no ingenuos.

Sabemos que la intervención pedagógica es mucho más eficaz cuando se hace en edades tempranas.

Otro aspecto interesante para tener muy en cuenta en esas edades tempranas es que el niño debe divertirse entrenando. Es un factor que los entrenadores no tienen muy en cuenta, tal como puede observarse en sus entrenamientos, muy parecidos a los que ellos practicaban de jóvenes, pero que son muy poco adecuados para la iniciación deportiva.

Recuerdo un profesor que se estaba formando y que recibió el reto de dirigir a un grupo de niños de 6 y 7 años. La sesión de entrenamiento estaba muy bien preparada y el profesor tenía muy claros, los objetivos que perseguía pero los niños estaban muy aburridos. Es como si les hubieras metido en un aula universitaria. No eran capaces de aprovechar esa clase y se sentaron en sus sillas, aburridos. El profesor acabó, orgulloso de la clase impartida, pero los alumnos no habían aprovechado nada esa brillantez académica.

Una vez aclarado el error, el profesor adaptó la clase a los niños que tenía y utilizó una metodología diferente, mediante juegos en los que se competía, mediante retos cortos y variados y utilizando un vocabulario al alcance de los niños. El entrenamiento cambió por completo, a los niños se les veía ahora metidos en los ejercicios, disfrutando como nunca y aprendiendo…

Todo esto nos lleva a dejar claro que el ambiente de trabajo en los entrenamientos debe ser intenso, fomentando el esfuerzo ante los retos y la resistencia ante los fracasos. No existe otro camino para llegar a la excelencia en la formación. Sin disciplina, sin orden, sin esfuerzo, es imposible progresar y llegar a metas altas.

La importancia de equivocarse

Juan va a lanzar un penalti y está muy nervioso. Lo lanza, lo falla y el equipo pierde el partido. Una situación bastante normal en el juego del fútbol. Proponemos que situaciones como esta se enfoquen siempre de forma positiva, por la simple razón de que el jugador está en un período de formación. Lamentablemente, aquellos entrenadores que lo único que buscan es ganar, solo son capaces de ver un fracaso en ese fallo y así, lo que estamos consiguiendo es una frustración en el niño, que no le permite avanzar.

Debes dar mucha importancia al aprendizaje a través de los errores. El ambiente que transmites debe ser de tanta confianza en el alumno que, lejos de desmotivarlo, le ayudes a mejorar su técnica y su personalidad.

A nuestros alumnos les hacemos ver, en todo momento, que para conseguir lanzar bien los penaltis, hay que fallarlos muchas veces. Cada vez que fallan, deben pensar en la causa del error, para no volver a caer en él y de esta forma mejorar. Ese esfuerzo por buscar el error les hace superarse como futbolistas y como personas.

El alumno siempre puede preguntar a su profesor qué es lo que ha hecho mal al fallar el lanzamiento. Siempre debe existir este ambiente de confianza para hacerlo. Y siempre hay que demostrarle interés, para que el niño descubra por sí mismo, o con ayuda de su entrenador, las causas del error. El error no es nunca deseable, pero no debe ser nunca un motivo de vergüenza sino un motivo de aprendizaje crítico.

Educar la responsabilidad a través del deporte

Debemos estimular continuamente las expectativas individuales de cada jugador para que sean ambiciosos en sus metas, para que crean que todo es posible con esfuerzo y trabajo y para que comprendan que no hay excusas para el fracaso, ni atajos para el éxito.

El tiempo es oro. Un alumno trabaja muchas horas al día con la misma intensidad porque sabe que no puede desaprovechar la oportunidad que tiene para aprender. Se dan ocasiones, como en los cursos intensivos, en que trabajan muchas horas, descansando únicamente para comer al mediodía. Incluso el tiempo de reposo para hacer la digestión se dedica a trabajar de forma teórica los conceptos que luego van a aplicar en el campo.

Los profesores demuestran siempre un compromiso muy alto con los programas de entrenamiento: llegan muy puntuales, cumplen el horario de forma estricta y dedican todo su tiempo a mejorar a los jugadores que se les asigna.

Los alumnos, antes de empezar los cursos, se comprometen a trabajar con la máxima intensidad posible y a cumplir todas las normas que establece la entidad en cuanto a higiene, alimentación, uniformidad y trato con sus compañeros y con el personal de la instalación.

Todo esto hace que los jugadores desarrollen durante sus estancia un gran sentido de responsabilidad, que les queda grabado para toda la vida.

La transmisión de valores a través del deporte

Muchas son las escuelas que proclaman su preocupación por la formación en valores, pero pocos son los que muestran un programa real de aplicación en la vida deportiva de los chicos. Hace falta incorporar un método pedagógico y preparar de forma específica al profesorado para que esto sea una realidad.

Cuentan que Aristóteles enseñaba a sus alumnos las ideas de Platón y, al acabar, entregó una manzana a sus discípulos diciéndoles: ¿de qué sirve una ciencia sin fruto? Para Aristóteles, los frutos de la ética no son los valores sino la conducta virtuosa. Y el mejor modo de enseñarlos es con el ejemplo. Los valores no se enseñan hablando, hay que vivirlos.

Para un niño no hay mejor manual de ética —ni más completo, ni más creíble— que la conducta de su entrenador. Los niños aprenden más por lo que ven que por lo que oyen. El entrenador tiene la obligación de ser un modelo para sus jugadores. Pero, por desgracia, no se ve el ejemplo por ninguna parte.

Por este motivo, cuando realizamos entrevistas para incorporar a nuevos profesores, uno de los aspectos que más valoramos es su personalidad. ¿Es capaz de transmitir esos valores con su ejemplo?

De igual modo, cuando acuden jugadores para incorporarse a los equipos de fútbol, siempre nos damos un tiempo para conocerles más a fondo, ya que nos interesa que jueguen bien al fútbol pero, especialmente, buscamos que posean esa actitud adecuada para el desarrollo de su personalidad. También nos interesa de forma especial conocer a sus padres, ya que son ellos los principales responsables de la educación de sus hijos y hemos de apreciar si ofrecen el modelo adecuado que se persigue.

El tema de la actitud puede darnos para mucho, ya que le corresponde un porcentaje muy alto en el desarrollo del deportista y de la persona en general.

Con todo esto, hemos de concluir que si se quiere hacer las cosas bien en el mundo del fútbol hemos de contar con profesores comprometidos, que serán la clave para conseguir el éxito que radica en la calidad de enseñanza y no en los resultados, aunque estos también llegan con una buena formación.

Cuando conseguimos esa calidad, el ambiente que se respira es tan bueno que somos capaces de conseguir objetivos que jamás podríamos haber soñado.