Compañerismo

La historia de cómo consiguió la marca más importante del atletismo moderno

A mis quince años, empecé a tomarme en serio el deporte. Me decidí por el baloncesto porque estaba muy de moda en mi ciudad, Nueva York. Todos soñábamos por emular a los grandes ídolos de la época como Wilt Chamberlain o Bill Russell.

Pero creo que me equivoqué porque este deporte no se me daba bien. Me costaba adquirir la técnica necesaria para estar entre los mejores. Me di cuenta de que, jugando al baloncesto, no iba a dar ningún paso importante. No era mi deporte y preferí dejarlo por otro en el que podía dar más. Hice algunas pruebas en el atletismo pues era veloz y los entrenadores me animaron a seguir porque veían que tenía madera para esto.

Al principio me incliné por la prueba reina, la de velocidad, ya que era muy rápido. Pero comencé a crecer hasta medir 1 metro y 91 cms, casi dos metros de altura y tan solo 75 kilos. Pronto me aconsejaron los entrenadores que me dedicara a otra especialidad. Tampoco esta era indicada para mi físico. Una nueva contradicción pero yo estaba seguro que tenía talento para el deporte, se trataba de encontrar el más adecuado para mí.

Fui alternando el salto de altura con los saltos de longitud hasta que conseguí una buena marca en longitud: 8,33 metros que además me permitió estar en el equipo olímpico. Todo un sueño para mí. Al ser un país muy grande, con  cientos de millones de habitantes, formar parte del equipo americano era muy difícil. 

Pero no penséis que lo conseguí así, de un día para otro. Tendría que relatarte con detalle todo el sacrificio que significó. Los entrenamientos eran muy duros y el entrenador, muy exigente. Eso sí: ¡creía en mi!

Para mí, participar en unas olimpiadas era como una meta a la que todos los deportistas quieren llegar. Y esto solo lo consiguen los mejores. Debes conseguir una marca buena que te valide para estar en el equipo. No es una opinión del entrenador la que te mete dentro del equipo sino una marca. Para conseguir  ese sueño, tuve que acompañarlo de mucho trabajo.

Justo en las pruebas previas a las Olimpiadas, un año antes, conseguí una buena marca, 8 metros 23 centímetros con viento a favor, que me aseguraron que iba a realizar un buen papel en México. 

Ese año había conseguido ganar 22 de las 23 pruebas que realicé como preparación a las olimpiadas. La verdad es que se me subió un poco el orgullo a la cabeza y me llegó a faltar humildad en alguna ocasión. Llegaba a las pruebas mirando a los rivales por encima del hombro. Por suerte, mi entrenador, cuando lo detectó tuvo una importante reunión conmigo para dejarme las cosas claras:

––Efectivamente, estás consiguiendo grandes victorias,––me dijo muy serio.––Este año pero quiero que sepas que es tu peor enemigo porque no te permite ver tus errores y puedes acabar derrotado al superarte atletas más humildes que tu. Son saltadores que quizá ahora no llegan a tu marca pero que con cada derrota consiguen subir un escalón más mientras que tu te has quedado estancado, mirándote a ti mismo, simplemente porque no tienes a nadie que te pueda vencer. Bob, eso es lo peor que te puede pasar. Espero que pronto lleguen las derrotas porque eso significará que vas a poder aprender más cosas. Cada salto que hagas debes analizarlo para detectar dónde puedes todavía mejorarlo más y no pensar en que lo has hecho perfecto ¿me entiendes? Pues a ser más humilde, Bob.

Sin embargo, aunque en mi país lo había ganado todo, yo no era el favorito para ganar medalla de oro porque tenía grandes rivales como el récord mundial actual (8,35 m.) el soviético Igor Ter-Ovanesyan, el campeón en Tokio 64, el británico Lyn Davies o el campeón en Roma 60,  mi compatriota, consejero y amigo, Ralph Boston. 

Me veía preparado para conseguir el oro aunque como he contado ya, había atletas muy buenos incluso en mi propio equipo como se puede apreciar. Sin embargo, mis marcas me daban alguna opción ya que estaba a dos centímetros del récord mundial. Con un poco de suerte lo podía conseguir, sin despreciar a mis rivales. 

Antes quiero aclarar lo del viento a favor porque es importante para saber más a fondo en qué consiste la prueba. En el momento que haces el salto, los jueces miden la velocidad del viento porque puede influir notablemente en el resultado final. Han definido que hasta 2 kms/hora a favor, el salto se dará como válido pero si tú haces un gran salto con 3 kms/hora de viento a favor, ese salto no es válido y no se registra como marca mundial o olímpica. 

Nos alojamos en la Villa Olímpica, junto al resto de deportistas de todo el mundo. Éramos jóvenes y toda aquella novedad nos llamaba al atención. Era complicado meterte en la habitación y dormir mientras aquello estaba lleno de emociones. 

Sin embargo, la disciplina estricta de los entrenadores que nos acompañaban, nos ayudó a aislarnos y descansar ya que en dos días teníamos las pruebas de la fase clasificatoria y mañana tenía que trabajar duro en la pista para adaptarme a la altura, la temperatura, a los materiales, al viento y una lista interminable de aspectos que influyen en un salto de longitud.

Por fin llegó el día de la prueba. Estaba algo nervioso porque sabía que se clasificaban las mejores puntuaciones y que yo estaba dentro de los 7 primeros del mundo con lo que si no hacía una tontería, podía clasificarme. 

El estadio no estaba del todo lleno pero aquello era impresionante. De vez en cuando sonaban los aplausos del público ante un nuevo récord en salto de altura, una llegada ajustada en la prueba de velocidad, o un lanzamiento de martillo a gran distancia. Cientos de atletas de todo el mundo nos jugábamos en estos días un pase a la final.

Mi primer salto fue nulo porque, con la ilusión de hacerlo muy bien, arriesgué demasiado y pisé la madera de batida. Me quedaban dos intentos más. Varios de los favoritos realizaron una buena marca en este primer intento. Eso me puso bastante nervioso y, en el segundo salto, hice otro nulo. Si en el tercer salto no lo conseguía, me iba a casa. 

De pronto se acercó mi compañero Ralph donde yo estaba y me dijo en voz baja pero segura:

––Eres un buen saltador pero tienes que tener cuidado con la batida. Hazla más alejada de la madera para asegurar. Lo demás, tú ya sabes cómo hacerlo.

Agradecí mucho este consejo en ese momento porque venía de uno de los favoritos a medalla de oro y, siendo egoísta, podía haberse callado. Sin embargo, quiso darme ese consejo que yo seguí al pie de la letra. Justo cuando estaba muy angustiado porque las posibilidades de quedarme fuera de la prueba eran muy altas. 

No podéis ni imaginar lo que uno siente cuando estás en esta situación: te pesa más el cuerpo y estás sudando. Intenté concentrarme y relajarme para hacer el mejor salto posible y por suerte no fallé. Hice marca y pase a las finales. Mi corazón estallaba por la presión en la que había estado. Me alegré y abracé a mi entrenador y a mis compañeros de equipo que me habían apoyado en todo momento.

Mientras me duchaba y me dirigía a la Villa para comer y descansar, me vinieron a la cabeza pensamientos muy negativos. Pensé que en la final no iba a hacer nada. Me vi muy pequeño y poca cosa frente a aquellos monstruos que sin pestañear se habían clasificado en el primer salto. Yo tuve que hacer tres y estuve a punto de no superarlo. Estaba claro que no iba a conseguir la medalla. 

Todo esto es lo que me rondaba por la cabeza en esas horas y hay que reconocer que me afectó bastante. Esa noche, un amigo del equipo me propuso escaparnos de la disciplina de la delegación que no permitía salidas después de las 9 de la noche. Me dije: “mañana es la final pero poco me juego porque ya no tengo nada que hacer. Voy a aprovechar para disfrutar un poco del ambiente”. 

Estuvimos hasta bastante tarde charlando y riendo. La verdad es que dormí muy poco esa noche, algo que no debe hacer ningún deportista de élite pero yo me sentía ya derrotado antes de intentarlo.

Por la mañana, al despertarme, sentí como una sensación rara. Comprobé que aquel miedo que normalmente te llenaba el estómago cuando ibas a competir, no lo tenía en absoluto. Desayuné muy tranquilo y me cambié bastante relajado antes de la prueba que sería por la tarde. Para mí era un puro trámite. Pronto vería cómo sus compañeros subían al podio mientras yo me iba lamentando de mi mala suerte.

Todavía recuerdo la fecha 18 de octubre de 1968. La noche anterior, mientras tomábamos unas copas, oí en la televisión que existía la posibilidad de conseguir en estas olimpiadas un nuevo récord del mundo. Estaba en esos momentos en 8,35 metros. Ví cómo entrevistaban a los atletas favoritos asegurando que se podía llegar a romper la barrera de los 8,54 metros. 

Era algo muy difícil, pero estaba dentro de las posibilidades reales. Sabía que yo no iba a ser protagonista de esta historia. Había saltadores mucho mejores que, con un solo intento, ya se habían clasificado. Yo tuve que hacerlo en el tercero y casi me eliminan.

Las pruebas comenzaron por la tarde, a las 15,46 horas. El ambiente amenazaba tormenta y el viento era favorable al máximo permitido (2 m/sg.). Llevaba el dorsal 254. 

Era mi turno. Al pararme, al final de la pista de aceleración, me sentí muy confiado. Corrí con una gran fuerza y, cuando salté, me di cuenta que estaba arriba más tiempo de lo que solía estar. 

Realicé el salto de mi vida; con una carrera muy rápida y una batida perfecta. Me elevé espectacularmente y caí muy lejos.

Hubo que esperar 20 agonizantes minutos para saber exactamente la dimensión del salto porque el sistema de medición que había sido instalado no podía llegar a medir la distancia. Los oficiales tuvieron que buscar una cinta para medir el salto manualmente y pasaron unos 15 minutos entre el tiempo que aterricé y el momento en el que la pizarra mostró la distancia de 8,90.

Yo no entendí esas cifras, acostumbrado al sistema anglosajón de medición de pies y pulgadas. Por eso me acerqué a mi compañero Ralph Boston y le pregunté:

––¿Qué distancia es 8,90?

–– Bob, es más de 29 pies. 

––¿En serio?, ––Le dije emocionado.

–– Sí, en serio!!!!––Me respondió mi amigo contagiado por el momento.

Tardé unos segundos en procesar esa información y cuando lo hice, me desplomé de emoción en la pista, llorando incontroladamente. Ralph me abrazaba y me felicitaba. Pese a estar muy emocionado, me llamó mucho la atención que mis compañeros me felicitaran cuando esto significaba que ellos habían perdido la posibilidad de ganar el oro. 

Los comentaristas se quedaron sin palabras, los aficionados atónitos, incluso yo mismo tardé en darme cuenta de lo que había hecho. El asombro inundó el estadio e incluso los jueces pensaron en un primer momento que la altura a la que estaba la capital azteca había estropeado los aparatos de medida. Pero la realidad era bien distinta. Había llegado a los 8,90 m., superando el «récord» del mundo en 55 cm. 

Cuando me preguntaron por la explicación técnica, comenté: «Fue un salto en el que imprimí una velocidad especial, y en el que me recreé. Fue un vuelo raro, pero no por ello irregular, ni mucho menos».

Lo que dijeron los analistas fue un poco más claro y estaba basado en la conjunción de una serie de factores: 

  • Un estado inmejorable de forma tanto física como psicológica del atleta; 
  • el máximo viento favorable; 
  • la altura de México (2.277 m.) donde la resistencia del aire es mucho menor; 
  • y las características de la pista, de un tartán especial. 

Pero, aun así, … 

Mi salto se convirtió en un auténtico desafío para todos aquellos atletas especialistas en longitud. Durante muchos años fue la marca más importante conseguida por el atletismo moderno. 

Pero todo en esta vida tiene su final y mi récord fue superado casi veintitrés años después, en 1.991 por otro estadounidense, Mike Powell, dejándola en 8, 95 m.

Fui designado en 1.968, por la prensa deportiva mundial ,el mejor deportista, después de conseguir el «récord» y, por supuesto, la medalla de oro en los Juegos Olímpicos.

En los dos años siguientes no superé nunca los 8 m. Me retiré con veinticuatro años, alegando que carecía de motivación para seguir. Pero eso es otra historia diferente que ya os contaré.