Diego estaba a punto de conseguir su primera medalla olímpica. Había  podido clasificarse para los Juegos Olímpicos de Bening 2008 y formar parte del equipo nacional brasileño. Había trabajado muy duro durante más de cuatro años, conquistando las mejores marcas en los años anteriores. Con solo 23 años, había conseguido varias medallas de oro y de plata en los mundiales de gimnasia.

Estamos ya en China, en la fase final de gimnasia. Diego había conseguido clasificarse para las fases finales junto a un puñado de atletas de diferentes países. Lo estaba haciendo muy bien y se sentía muy seguro. Se movía a la perfección en las diferentes modalidades. Le quedaba el último ejercicio de suelo, su especialidad. No podía fallar.

Respira hondo con la idea clara de que si efectúa correctamente este último tramo, puede conseguir algo maravilloso. Carrera intensa, fuerte impulso hacia arriba para hacer una doble voltereta muy peligrosa pero que tenía perfectamente trabajada. Ya lo tiene. Empieza la caída. La gente se levanta de los asientos porque la actuación ha sido impresionante. 

Unos segundos le separan de la consecución de la medalla. En la caída, nota cómo una de sus piernas se abre un poco. Son décimas de segundo en las que puede cambiar su suerte y que solo él lo nota. Pierde ligeramente el equilibrio y cae en mala posición con la desgracia de darse con la cara en la lona. Se pone de pie inmediatamente con las manos en cruz. Sabe que en esos momentos ha perdido la medalla. Todo el trabajo se esfuma por unas décimas de segundo descontroladas. Los jueces le quitaron puntos y no alcanzó más que la posición novena en las Olimpiadas. 

Imagínate cómo estaría por dentro Diego, cuando tenía todo a favor para ganar la medalla olímpica, un sueño que desarrolló desde su infancia.

Pero volvamos atrás como si se tratara de la máquina del tiempo y visitemos a Diego Hypólito en su infancia. Vivía en una zona muy humilde de Río de Janeiro (Brasil) Sus padres realizaban trabajos esporádicos recogiendo chatarra. Eran muy pobres. En su casa pasaban muchos meses sin electricidad y sin agua. La comida escaseaba. Se alimentaban como podían, normalmente una vez al día. 

Sin embargo, tanto su hermana mayor como él, demostraban unas grandes cualidades para la gimnasia. Ya a los 5 años Diego era capaz de hacer mortales con una elegancia increíble. Primero fue su hermana la que entró en un gimnasio profesional llamado Club Regatas de Flamengo y luego él, a los 7 años.

Diego creció alrededor del mundo de la gimnasia, con una disciplina grande y muchas horas de entrenamiento. Muchas veces acudía a estas largas sesiones sin haber comido porque no había nada que echar al estómago. 

Pero poco a poco fue destacando cada vez más. Ganaba muchos trofeos y torneos importantes en su ciudad y luego a nivel nacional en la categoría Junior. Era un joven con mucho futuro por delante en el mundo de la gimnasia. Pero no pienses que lo que consiguió fue un regalo. No, cada día entrenaba muchas horas en el gimnasio. Cuando sus amigos le llamaban para irse a divertir, el no podía acompañarles porque siempre tenía un entrenamiento, una competición o un desplazamiento a alguna ciudad. Tuvo que sacrificar muchas cosas porque se había marcado un objetivo deportivo y eso significaba dejar de lado muchas otras cosas bonitas como son los amigos, las fiestas, las diversiones, practicar otros deportes, etc. 

No quiero decir que dejes los amigos o las fiestas o cualquier otra cosa. Lo que tienes muy poco tiempo para todo esto y si hay 10 fiestas en un mes, quizá solo pueda asistir a una. Amigos sigue teniendo pero debe seleccionar mas las ocasiones para estar con ellos.

Son muchos los deportistas que tienen tanto talento como Diego pero que no han llegado a nada porque no están dispuestos a tomarse en serio el deporte y tienen la cabeza en otras cosas que aparentemente atraen más en esos  momentos y que no necesitan de ningún esfuerzo.

Diego se levantaba cada día a las 6 de la mañana durante los 365 días del año para ir a entrenar y lo hacía durante muchas horas y por la tarde volvía de nuevo al gimnasio. Al final del día, quedaba totalmente destrozado pero contento porque iba notando su progresión. 

A Diego le encantaba comer bien pero, desde que empezó esa fase preparatoria para las olimpiadas, su entrenador le dejó muy claro que si quería mantener su cuerpo preparado para poder rendir al máximo, tenía que ser muy disciplinado con la comida y la bebida. Ya no comía nada por gusto sino lo que le indicaban sus médicos y nutricistas y lo llevaba al pie de la letra. Y eso es muy difícil porque te cansas de comer siempre este tipo de comidas y quieres variar pero no puedes porque piensas en el compromiso. No valdría de nada todo el esfuerzo que estaba realizando si no cuidaba lo que comía. Era vital.

Es un esfuerzo invisible que nadie puede ver. Es el que más cuesta porque depende solo de ti y de tu responsabilidad en el deporte que practicas. Seguro que a Diego le vendrían tentaciones para pensar que no pasa nada si un día no lo cumplo, estoy bastante bien y un día es un día, estoy harto y si no como algo diferente voy a reventar. Podríamos seguir relatando un montón de ideas más que pueden surgir en la mente de Diego. Piensa en el esfuerzo que debía realizar para conseguir superar todas esas voces de la conciencia que te dicen que comas y que no pasa nada.

No sé tu pero desde pequeños hemos de intentar comer bien y hacer un esfuerzo si nuestros padres no han sabido educarnos en las comidas para alimentarnos de forma equilibrada. Saber controlarte y comer despacio, masticando bien, sin ansiedad. No se trata de pasar hambre sino de comer de todo pero con sentido común pensando que eres un deportista y que tu alimentación influye en tu juego y en el rendimiento del equipo.

Diego pasó ya al mundo profesional de la competición. Era ya uno de los atletas más importantes de su país. Pero un día, en el año 2005, justo tres años antes de las Olimpiadas para las que se estaba preparando, se lesionó en su pierna derecha durante una competición. Los médicos del equipo le hicieron las pruebas y radiografías para decidir qué iban a hacer. Era una lesión grave que le retiró 6 meses de la competición.

Imaginaos lo que debe pensar un atleta que dedica toda su vida a conseguir una medalla olímpica, cuando se lesiona de repente y queda apartado de los entrenamientos y de las competiciones. Te sientes un inútil y un desgraciado. Lo pasas fatal hasta que te das cuenta de que estar lesionado es parte del trabajo de un deportista y que dependiendo de cómo lo afrontes, saldrás mejor o peor de la lesión. 

A ti también te llegarán las lesiones. Les llega a todos los que practican deporte. Y normalmente aparecen cuando más necesitas entrenar porque se acerca una competición importante. Si esto ocurre, es un gran momento para trabajar el valor del esfuerzo. Es muy diferente afrontar una lesión con optimismo y esfuerzo personal que con cara de derrotado y buscando a alguien que te compadezca. 

No sirven de nada las lamentaciones en esos momentos. Lo útil es mirar al futuro y trabajar muy duro para recuperarse en el mínimo tiempo posible. Pero bien hecha, sin saltarte pasos porque luego puedes pagar factura. Sí, entiendo que te sientes un inútil, y además experimentas una sensación como que quedas bastante desplazado pero también es un momento para crecer mentalmente, hacerte más fuerte y conseguir una mentalidad luchadora donde no vale rendirse. Posiblemente necesitarás la ayuda de alguien que te aconseje y que te oriente porque puedes estar vacío y sin fuerzas para acometerlo solo. No te aísles ni te deprimas porque son muestras de falta de humildad.

La fuerza de voluntad de Giego Hypólito es ejemplar. Ese mismo año 2005, recién salido de la lesión, participó en el mundial de gimnasia que se celebraba en Melbourne (Australia). Esto es algo increíble que no se puede entender sin conocer todo el trabajo que hubo previamente, con durísimas sesiones para conseguir estar a punto para este nuevo reto que es el mundial. Ni los médicos, ni sus entrenadores podían haber imaginado una recuperación como esta.

Con la moral alta por haber superado tan positivamente esta lesión, se lanzó a preparar los juegos Panamericanos que tendrían lugar en el 2007. Era la fase previa a las Olimpiadas del 2008. Posiblemente de ahí saldría el equipo olímpico. Tenía que hacer un buen papel y eso significó más entrenamiento, levantarse todos los días a las 6 de la mañana, haga frío o calor, estés enfermo o sano, tengas ganas o no. 

Por fin llegaron los juegos Panamericanos y estaba tan preparado que ganó dos medallas de oro en potro y suelo y tres de plata. Empezaba ya a hablarse de Diego Hypólito en el mundo de la gimnasia como una de las grandes promesas de Brasil. De hecho fue nominado como mejor atleta de Brasil del 2007 pero, desgraciadamente, al final le superó en las votaciones el nadador Thiago Pereira.

Dentro de las medallas que había ganado, esa derrota en los votos al mejor atleta de Brasil fue bastante triste para Diego. Pero él siempre comentó que  su vida estaba repleta de grandes victorias y también de enormes fracasos capaces de tumbar a cualquier gigante del deporte. Pero la experiencia le había enseñado a afrontar esas derrotas como auténticos retos que hay que superar para conseguir rendir más y mejor. Y esto es muy fácil decirlo cuando estas sentado en una mesa escribiendo (mi caso) o rodeado de tus padres tranquilamente en tu casa (tu caso). Sin embargo, Diego puede ser un modelo para nosotros si comprendemos bien lo que hizo.

La vida de Diego va a estar llena enormes fracasos cuando estaba a punto de conseguir algo grande. Fracasos que eran capaces de hundir a cualquier atleta menos a él porque ya desde pequeño se había preparado para esto. 

Tu vida como deportista no va a ser un camino de rosas, todo bonito. Vas a perder muchas veces y algunas derrotas serán muy dolorosas. Pero ¿vas a seguir luchando o te vas a rendir? Recuerda lo que nos dice Diego a todos: aprende de tus derrotas y sigue luchando. Esto se llama constancia y es un valor importantísimo para un deportista que quiere llegar a la cima.

Llega el año 2008 de las Olimpiadas de China. Todo está preparado para el gran evento. Miles de deportistas de todo el mundo se han preparado a conciencia para conseguir la medalla olímpica, el sueño dorado de cualquier deportista, la competición más importante que se celebra cada cuatro años.

Diego, tras la gran actuación en los juegos Panamericanos, fue elegido para formar parte de este equipo olímpico. Tendría entonces 22 o 23 años. Era joven pero con un palmarés deportivo tan increíble que lo convertía en uno de los favoritos. Estaba claro que tenía opción a medalla si la cosas salían bien.

Ya sabemos lo que ocurrió, porque te lo he contado al principio: cómo estuvo a milímetros de estar en el podio de los ganadores. Le falló un pequeño desequilibrio en el último vuelo antes de tocar con los pies en el suelo. Fue la caída más dolorosa de toda su vida. No es que se hiciera daño en la caída sino que la pena fue por la sensación de tener el triunfo tan cerca y que, de repente, se esfume todo, como si se tratara de un fantasma.

Tras el salto, se le ve serio. Todavía se pregunta qué es lo que le ha pasado. Lo había ensayado una y otra ves a lo largo de 4 años y todavía no entiende cómo ha ocurrido aquello. Abandona la colchoneta e inmediatamente nota el calor humano de su entrenador, más afectado que él todavía, que no da crédito a lo que ha pasado. 

Mientras la competición sigue, puede ver la puntuación de los jueces que le dejan fuera de la medalla. 

Diego pega su frente a la pared y reflexiona. Se siente muy mal. Va visualizando en su memoria el ejercicio realizado para analizar el origen del fallo. No sabe qué hacer en esos momentos. Unas lagrimas se deslizan por sus mejillas que trata de disimular con una toalla. Acuden los recuerdos de todo lo que ha tenido que hacer para llegar hasta aquí. Y viene la duda,¿vale la pena seguir luchando? ¿Y si ni valgo para esto?

No sé como son tus derrotas pero entiendo que cuando pierdes un partido que deseas ganar con toda tu alma, tu primera reacción es enfadarte mucho. Yo no lo veo mal. Creo que es normal que la primera reacción al final de un partido sea enfadarte por no conseguirlo. Enfadarte contigo mismo porque quizá podías haber luchado más; enojarte con la mala suerte de algunos lances del partido donde no entró el gol; inquietarse por tantas cosas que pasan por tu cabeza en esos momentos pero que no son objetivas por la cercanía del resultado final. 

Luego, con más calma, ese enfado se transforma en deportividad, juego limpio, respeto, humildad para reconocer tus fallos, esfuerzo para mejorar lo que no salió bien y constancia para levantarse una y otra vez a lo largo del camino.

Diego se fue a la ducha y ahí se calmó. Estaba bien preparado para superar la derrota porque ya lo había hecho en otras ocasiones y aunque esta era una situación más importante, quizá todavía no estaba preparado para conseguirlo. Se puso el chándal y cuando apareció en el Palacio de los Deportes donde se estaba celebrando la prueba, un buen número de cámaras de televisión, especialmente de su país, estaban esperándole. Las preguntas eran todas en el mismo sentido:

––Diego ¿qué ha pasado? Eras uno de los favoritos a la medalla y al final solo un puesto noveno. ¿Muy decepcionante, no?

Diego se quedó mirando fijamente al periodista que le estaba formulando la pregunta, como si estuviera calibrando lo que le iba a responder y, al cabo de unos segundos eternos, habló muy serio:

––Quiero pedir disculpas a todos los aficionados que me han estado siguiendo durante la competición porque les he fallado. Agradezco de todo corazón ese apoyo incondicional que siempre he notado en cada prueba,  con sus aplausos y sus gritos de ánimo. Les he fallado pero les prometo que seguiré trabajando duro para conseguir en el futuro lo que el presente me ha negado. Muchas gracias, de verdad.

Diego desapareció de las cámaras de televisión para tomar un vuelo directo a su país. Tenía 4 años más para intentarlo. ¿Qué es el deporte en realidad? Debes aprender a ganar con humildad y a perder con dignidad. 

Me encanta la respuesta de Diego a las televisiones. Es un héroe nacional que acaba de perder unas olimpiadas. Lo normal es mostrar que las razones por las que no has podido ganar son externas a ti, mostrarte sin culpa, pero no fue así. Les pide perdón porque les ha fallado. Así de simple y así de humilde es Diego. 

Volvamos al partido perdido que contábamos antes. Hemos justificado el enfado inicial pero ahora ya han pasado unos minutos, ya te has duchado y estás más tranquilo. Tus padres te esperan para volver a casa y en cuanto llegas hasta ellos empiezan las excusas: 

––Jamás había visto un árbitro como este, tenían dos jugadores con más edad seguro, el campo era demasiado pequeño, ha sido culpa de la lluvia…

No sigo porque me parece que esto te suena bastante. Somos así, no queremos aceptar nuestros fallos y se los echamos a los demás. A esto lo llamamos “echar balones fuera”. Quizá Diego te ha enseñado hoy a no poner excusas ante las derrotas y aceptarlas como fallos personales. Esto te permitirá mejorar en cada partido porque sabrás perfectamente dónde te equivocaste y cómo no caer la próxima vez en el mismo error. 

Si no aceptas la derrota y tus fallos personales, seguirías cometiendo los mismos errores en cada partido y tu mejora será nula. Es lo que les pasa a muchos futbolistas que se quedan estancados y no avanzan nada. Cuando ganan piensan que es mérito suyo y cuando pierden que es culpa de los demás. 

Renato Álvarez de Araujo era su entrenador y supo manejar bien esa derrota porque fue muy dolorosa para todos. Se dio cuenta de que debía dejarle solo al principio, mientras asimilaba la situación y luego debía acercarse para mostrarle su apoyo. 

En la entrevista, no le dejó solo. Quiso estar a su lado para que viera que todo seguía igual, que había que seguir luchando y que si necesitaba algo de apoyo o consuelo, allí estaba, cerca de él. Le protegió ante las posibles preguntas de la prensa pero Diego supo salirse bien con esa gran respuesta donde, sin sensación de derrota trágica, les pidió disculpas.

Renato acompaño a Diego de vuelta a casa y aprovechó para transmitirle a su pupilo que eso no había sido una derrota sino simplemente un punto de inflexión para dar un salto más grande, para seguir luchando 4 años más hasta la próxima olimpiada. A Diego le brillaban los ojos de emoción. Sabía que no había perdido el tiempo. Había aprendido muchas cosas en esos años de preparación y ahora se trataba de seguir viviendo de ese deporte que tanto amaba.

Había pasado un año desde las fatídicas olimpiadas del 2008. El tiempo fue tapando la herida hasta prácticamente olvidarla. Diego estaba a punto de iniciar una competición importante en el año 2009. Normalmente, antes de competir hacía un calentamiento repasando todos los movimientos que debía ejecutar en la prueba. Pero ese día algo pasó porque notó un fuerte pinchazo en la pierna y se retiró de la competición. Le estaba pasando lo mismo que en su última lesión: a tres años vista de las próximas olimpiadas de Londres 2012, se lesiona. 

Tuvieron que intervenirle quirúrgicamente. De nuevo la inactividad y la recuperación contra reloj para llegar a tiempo y bien preparado. Aquella nueva lesión se le hacía eterna. Pero con esfuerzo y mucha fuerza de voluntad consiguió al fin recuperarse y volver a las pistas de entrenamiento.

Por fin llegó el 2012 y las olimpiadas de Londres. Había trabajado muy duro durante otros 4 años más para poder conseguir su sueño de la medalla olímpica. Seguía siendo uno de los favoritos con sus 27 o 28 años. Ya no sería nada fácil intentarlo en la siguiente porque sería mayor, una 32 años, para la practica de la gimnasia: 

––Ahora o nunca.–– se repetía Diego constantemente mientras entrenaba. 

Superó con facilidad las fases iniciales y, de la misma forma que en China, ya estaba en la fase final. De nuevo tenía muy cerca la medalla. Todo dependía de no cometer ningún error. Estaba muy seguro de si mismo. Renato le había preparado muy bien mentalmente para que no surgieran las dudas en ningún momento. Se le veía más fuerte y más ágil que en su pasada olimpiada. El público estaba expectante porque conocen la mala suerte que tuvo por la que perdió la medalla. Las cámaras de televisión se centran en el rostro De Diego antes de emprender el último recorrido con saltos en los ejercicios de suelo. Como siempre, respira profundamente antes de iniciar la carrera. Sale como una flecha para poder impulsarse lo más alto posible. Es un vuelo majestuoso con giros en el aire de gran nivel. Y ya llega el momento culminante, donde esta vez no puede fallar. Si cae bien, la medalla no se le puede escapara. Pero falla de nuevo en su caída, porque pierde el equilibrio y cae de espaldas. 

Se levanta con rapidez pero ya sabe que la medalla se le ha escapado en esos momentos. Una vez más. Nota como si se le cayese el mundo encima. Aguanta el chaparrón de pie, pero su rostro lo dice todo. No se lo podía creer. ¿Qué había pasado? 

Mientras, escucha los aplausos del público. Los marcadores electrónicos ponen, junto a su dorsal, la clasificación obtenida: puesto 59. Nadie podía creer lo que estaba pasando en el pabellón olímpico. 

Diego se sienta en una silla que hay junto a la zona donde ha realizado el ejercicio. Agarra su cabeza con sus brazos y se inclina mirando al suelo. No puede poner la vista en ningún otro lugar. Está destrozado. Hay alguna lágrima pero nadie las puede apreciar pues su rostro está perfectamente oculto.

––He practicado este final cientos de miles de veces y nunca me he caído. ¿Cómo es posible que en la final olímpica me vuelva a pasar lo mismo? Quizá no sea tan bueno como la gente comenta. Quizá me lo merezco porque pensé que valía más de lo que realmente valgo. Quizá sea el momento de dejarlo. Estoy muy cansado y no he conseguido nada en todos estos años de lucha y esfuerzo.

Me pregunto qué harías tu en su lugar. ¿Dejarías de entrenar o seguirías a pesar de tener una edad en la que ya no es posible ganar unas olimpiadas en la especialidad de gimnasia?

No es una respuesta sencilla y no se trata tampoco de decir lo que queda bien delante de los demás. Lo que quiero es que te pongas en la situación de Diego y pienses lo que realmente harías. El dilema está en abandonar o seguir hasta las próximas olimpiadas. 

Por un lado, su sueño es ganar una medalla olímpica y ha entrenado muy duro durante más de 10 años para conseguirlo, aunque ha fallado en su primer intento y en el segundo también. Supongo que pensarás que ya es suficiente para irse a casa ¿no? 

Por contra, en las Olimpiadas del 2016 tendrá ya 31 años y si buscas gimnastas de esta edad que hayan ganado medallas, habrá muy pocos por no decir ninguno. 

Quiero que lo pienses bien y decidas ¿Qué harías tú? Responde con sinceridad. Piensa que si Diego decide continuar, son 4 años más de entrenamientos muy duros sin la seguridad de obtener la medalla deseada y con muchas menos probabilidades de conseguirlo por ser ya demasiado mayor para la gimnasia.

Te dejo un tiempo para pensarlo pero no vale decir sí o no tienes que justificarlo bien. Justifica tu decisión porque eso es lo que realmente nos servirá a los demás para aprender, a partir de esta situación concreta, los auténticos valores del deporte.

Pero volvamos a Diego. Eran muchas dudas juntas en un momento poco oportuno para tomar decisiones. De pronto, cuando todo se derrumbaba, sentado en la silla, comenzó a repasar lo que había sido realmente su trayectoria. Pensó en su vida, lo que había significado para él toda esta experiencia. En voz baja, sin que se enterara nadie, iba susurrando estas palabras:

––El deporte me ha dado la oportunidad de mejorar mi vida. He tenido muchas decepciones, victorias y derrotas y he aprendido a superarlas.

Gracias al deporte que practico he podido conocer el mundo entero y tener una cultura más grande y una educación muy completa. Si no fuera por la gimnasia, estaría recogiendo latas vacías entre los desperdicios y las basuras  de mi ciudad.

Aprendí a ser disciplinado y cambié mi forma de vida gracias a la escuela de gimnasia a la que acudí desde que era un niño de 7 años. 

Y he tenido la satisfacción de saber cómo vivir y superarme cada día. Por mucho que he caído, siempre he tenido que tratar de levantarme con la cabeza bien alta. 

Porque cuando te caes, no significa que no volverás a caer. La vida está llena de altibajos. Mi vida se la debo a la gimnasia y nada ni nadie, aunque sea una derrota como ésta, va a quitármela.

Diego, tras estas últimas palabras, se levantó de la silla, se fue al vestuario, se duchó y, una vez en condiciones, quiso hablar con su entrenador. Pero Renato se adelantó para aclararle algo importante:

––Mira Diego, lo que ha pasado no lo puedes cambiar pero lo que pase a partir de ahora está en tus manos todavía. 

––Justo es lo que quería comentarte Renato.–– He estado recordando lo que siempre me has dicho: “¡la palabra fracaso no existe en mi vocabulario!”

Renato se emocionó al escucharle y comprobar la constancia y la fuerza de voluntad de Diego que afrontaba esta derrota de una forma extraordinaria y ejemplar.

––Nos vemos el lunes en el gimnasio, vamos a por la medalla en las olimpiadas del 2016 que serán en Brasil, nuestro país.––dijo Diego emocionado, mientras se abrazaban ambos. 

Increíble la actitud de Diego en estos momentos. Empiezas a entender lo que es la constancia y la importancia que tiene para la vida de un deportista. Piensa en cómo eres tu ahora en tu deporte. Te meten un gol y te vienes abajo, pero bueno, sigues aunque ya lo das por perdido. Te meten otro y ya ni corres. Piensas que el partido esta sentenciado, ¿me equivoco? 

Quizá el ejemplo de Diego te anime, a partir de ahora, a no rendirte nunca y a levantarte después del primer gol, del segundo y del tercero si lo hay. Puedes levantar un partido aunque pierdas por tres goles ¿no lo has experimentado nunca? Te puedo decir que todo es posible en el fútbol pero si eres constante y te esfuerzas aunque recibas goles en contra. No digas nunca que esto es imposible. Peor que perder dos olimpiadas seguidas no creo que te lo encuentres nunca y, sin embargo, Diego quiso intentarlo de nuevo una tercera vez.

Puedes imaginarte cómo fueron aquellos 4 años siguientes. Diego lo dio todo, intentó revisar una y otra vez sus fallos y entendió poco a poco la razón de su error en la última olimpiada. Cuidó mucho su cuerpo porque sabía que esta vez su edad era un posible problema para conseguir su sueño: dormía bien y cuidaba especialmente su alimentación. Podemos decir que llegó perfectamente preparado a sus terceras olimpiadas. Fue de nuevo elegido para formar parte del equipo olímpico y nadie dudaba que pese a su edad, podía conseguirlo. Para todos los aficionados al deporte, Diego era un ejemplo de constancia que ayudó a muchos deportistas con situaciones parecidas a la suya. Recibió muchas cartas y correos agradeciéndole su actitud frente al deporte y le contaban lo mucho que les había ayudado ver su ejemplo.

¿Has pensado alguna vez lo mucho que puede ayudarles a la gente tu ejemplo en el deporte, quizá ahora eres joven pero ya se fijan en ti tus compañeros y los rivales. ¿Eres un modelo para ellos de honestidad, de constancia, de juego limpio? Es buen momento para que te lo propongas. Son muchos los que están fijándose en lo que tú haces y cómo lo haces.

Las Olimpiadas de Río comenzaron majestuosas, con una inauguración inolvidable, de una gran belleza y con momentos muy emotivos para los deportistas y los espectadores. Diego se sentía en su casa y el público valoraba mucho lo que estaba haciendo conscientes de sus dos derrotas consecutivas en las anteriores olimpiadas a sus espaldas.

Consiguió pasar a la fase final y lo celebró con entusiasmo con su entrenador. Lo más complicado estaba hecho, había demostrado que a pesar de la edad, entraba en la fase final para disputarse el oro frente a gimnastas mucho más jóvenes que él. Y estaba realizando unos ejercicios perfectos que le habían colocado ya en el puesto de medalla. Le quedaba el último ejercicio. Donde siempre había fracasado. Todos los que estaban allí sabían lo que significaba ese momento para Diego. Lo tenía todo a favor para conseguirlo por fin pero dependía de la calidad de este último ejercicio en suelo, su especialidad.

Las cámaras enfocan a un Diego serio y maduro. Ya no es ese jovencito de las olimpiadas primeras. Como es habitual en su rutina, inspira hondo para relajarse y visualiza el movimiento que va a realizar. Comienza la carrera a gran velocidad para poder saltar alto antes de efectuar las piruetas correspondientes. Está en el aire y solo le queda la caída. El ejercicio ha salido muy bien, sin embargo sigue concentrado en la caída para poder cerrar la prueba sin grandes errores. El entrenador y sus compañeros de equipo lo miran con expectación. 

Cuando Diego pone los pies en la colchoneta se da cuenta de que lo había conseguido. Flexiona las piernas para amortiguar un poco la caída y levanta las manos hasta ponerlas en cruz dando la señal inequívoca de que aquello había terminado sin ningún percance. Diego sonreía por dentro. Los que le conocían sabían que lo había logrado. ¡Esta vez sí, esta vez, sí!

Cuando Diego recibió la medalla de plata en Río, sintió una profunda emoción, imposible de describir con palabras. Era una medalla que había costado 12 años conseguirla. Era su sueño desde niño y al cabo de mucho tiempo de esfuerzo y de sacrificio, había llegado.

Y quizá tu te puedes preguntar si vale la pena tanto esfuerzo para conseguir esta medalla. Te diré que, sin darse cuenta, Diego consiguió llenar su vida de sentido, aprendiendo muchas cosas que hubiera sido imposible alcanzar sin la ayuda de ese sueño. Lo importante no es la meta, en este caso la medalla, sino el camino que recorres para conseguirlo. Y entonces rotundamente podemos afirmar que vale mucho la pena. 

Tu también tienes un sueño, quieres llegar a ser futbolista profesional pero quizá no te están saliendo bien las cosas. Piensa en Diego y recuerda que es un camino en el que debes ser muy constante para levantarte una y otra vez después de cada caída, para seguir luchando hasta conseguirlo. Al final, lo consigas o no, lo importante estará en el camino que has recorrido hasta allí.