En breve va a comenzar el entrenamiento. Oigo ruidos en el vestuario y me dirijo hacia allá para ver qué está pasando. Me encuentro a un grupo de jugadores alevines medio cambiados. Ya casi a punto de salir hacia el campo. Pero hay dos un poco más rezagados. Sin embargo, los había visto llegar hacía bastante tiempo. Estaban de palique, seguro. Esos momentos de vestuario son los mejores para los chicos. Aprovechan para hablar y hablar sin parar, en la intimidad del vestuario, generando una gran amistad entre ellos.

Miro el reloj y les comento extrañado que quedan dos minutos para empezar el entrenamiento. Les comunico muy serio que el que no esté cambiado en ese tiempo, no hace falta que entrene. Queda clara la importancia de la puntualidad. Como casi todos estaban cambiados, van saliendo hacia el campo. Los dos retrasados reaccionan de forma diferente: uno se dispone a cambiarse a toda velocidad y el otro lo da por inútil y sigue a su ritmo.

Salgo del vestuario pensando en las dos reacciones. ¿Por qué tan diferentes una de la otra? ¿Será que no se lo ha tomado en serio, que no le da importancia a la orden expresada? Pensará que no va en serio la advertencia? En breve iba a salir de dudas. Lo normal es que continuara mi jornada atendiendo otras tareas más importantes pero tenía ganas de ver cómo terminaba todo.

Deje pasar los dos minutos, entré en el vestuario y me encontré con este personaje que ha motivado mi curiosidad. No hace ningún ademán de darse prisa. Todo lo contrario. Se cambia con la misma parsimonia inicial. Como si no fuera con él mi presencia en el vestuario. 

–Ya es la hora y todavía no estás cambiado con lo que no hace falta que sigas. Ponte la ropa de calle que hoy no entrenas.

Me mira como extrañado. Parece como si no fuera posible que esto pudiera ocurrir. Pero con firmeza, le indico que haga lo que le he indicado y desaparezco de la escena.

Al cabo de un buen tiempo, voy a los campos para ver el entrenamiento. Suelo comprobar con mucha frecuencia el trabajo que realizan los entrenadores para poder valorar la calidad de sus sesiones. Y cuál es mi sorpresa cuando me encuentro en el campo al jugador protagonista de esta historia. ¡Está entrenando como si nada!

No me lo puedo creer. ¿Le habrá dicho el entrenador que participe en el entrenamiento? No lo creo porque la orden estaba bien clara. Me acerco al individuo y le hago un ademán de que salga del campo. Le pregunto al entrenador si había dado alguna orden contraria a la mía y me dice que no. Que había entrado en el entrenamiento por su propio pié.

Me acerco al chaval y le comento si ha entendido mi indicación y me responde lo siguiente:

–no voy a salir del entrenamiento. Yo pago por entrenar– mientras hace un gesto con la mano indicando que paga.

Mi primera impresión es de sorpresa. Los chicos que están entrenando se dan cuenta de la situación, más pendientes de lo que está pasando que del propio entrenamiento.

–Sí, no te preocupes. Te devolveré el dinero del entrenamiento.

–No, yo no me voy. Seguro que no me lo vas a devolver.

Puede ser la primera vez en mi vida que me responde un chico de esta forma tan autoritaria, con una cierta superioridad sobre la situación presente. Si yo pago, nadie me puede privar de mi entrenamiento. Esa era la premisa. 

Estoy a punto de responderle que él paga para jugar al fútbol y eso conlleva unas responsabilidades como son: llegar puntual, empezar el entrenamiento a la hora, tener una actitud positiva ante el entrenador, etc. Hay aspectos que no está cumpliendo y eso no puede permitirse. Hay que corregirlas.

Sin embargo, no lo veo suficientemente receptivo para poder explicárselo en ese momento. Ha lanzado un reto y en ese caso sienta un precedente delante de los demás chicos y es importante conseguir que no se salga con la suya en esos momentos. Estoy actuando delante de todos los jugadores y no puedo equivocarme. Quizá hace 30 años, una buena bofeteada hubiera sido suficiente. Sin embargo, hoy en día eso sería mi perdición. No es la mejor solución aunque se la merecía de verdad.

Intento, por las buenas, solucionar el problema indicándole que salga del entrenamiento pero la negativa es rotunda. Estamos ante una situación grave de indisciplina. Hay que tomar una medida del mismo tamaño. Él se da cuenta perfectamente de que aquello se le ha ido de madre pero no pude echar para atrás. 

Lo importante es mantener perfectamente la calma e intentar dominar cuanto antes la situación. No puedo agarrarle físicamente para sacarle del campo pero sí puedo hacerlo moralmente y eso es lo que decido. Indico al entrenador que detenga el entrenamiento y le explico que sus compañeros no podrán seguir el entrenamiento hasta que él salga del mismo voluntariamente.

Se queda mirándome alucinado de la situación que ha provocando y sale del campo. El entrenamiento continúa como si no hubiera pasado nada. He superado el enfrentamiento utilizando estrategias muy diferentes a las de hace 30 años. Los jugadores se dan cuenta de que no se puede faltar a la autoridad tan fácilmente.

Por desgracia, no todos los entrenadores tienen esta sensibilidad. O se ponen cazurros provocando un enfrentamiento o lo dejan pasar porque no tienen ganas de complicarse la vida. Sin embargo existen fórmulas que favorecen la formación del jugador que hemos de intentar abordar siempre que sea posible. Aunque eso lleve un trabajo extra y una posible complicación.

La batalla no ha terminado. El jugador ha salido del campo por las razones expresadas pero en el siglo XXI, un niño todavía tiene más defensas para protegerse y seguir haciendo lo que le de la gana. Se dirige directamente a su madre que está en el bar charlando con una amiga. Le cuenta una media verdad de lo que ha pasado intentando enfurecer a su madre y enfrentarla contra mi. Hoy en día, los profesores están perdidos e indefensos porque los padres, en lugar de apoyarnos, protegen ferozmente a sus hijos sin valorar la verdad. 

El argumento del chaval es bien sencillo. Reduce la verdad de tal forma que parece increíble que el profesor haya podido tomar medidas de este tipo. La veo charlando con su hijo, con la cara muy seria. Yo continúo con mi tarea de observación y, al poco tiempo, me doy cuenta de que la madre hace ademán de querer hablar conmigo.

Mientras me acerco al lugar donde está ella, pienso en cómo abordar el tema porque entiendo que se tirará encima mío defendiendo a su hijo que nunca ha hecho nada y que es un auténtico angelito. Procura mantener la calma– pensaba– y contrólate en todo momento. Con educación sacaremos esto adelante. ¿Por qué me meteré yo en estos líos?

La madre, con una sonrisa en la boca, me pregunta qué ha pasado y le cuento con detalle la situación. El entrenador me había añadido que era frecuente que llegara tarde del vestuario al campo pese a que venía con tiempo a cambiarse. La madre escucha paciente mi versión y cuando termino, me comenta que no se lo puede creer: la versión de su hijo era un poco incompleta y ahora entendía la gravedad de la situación.

Le agradezco el que se ponga de mi parte ya que ambos queremos lo mismo para su hijo: ayudarle y formarle como deportista y como persona. No cabía para nada la postura de apoyar al hijo de forma incondicional. Ella me aclara que es profesora en un colegio y que entiende perfectamente lo que le cuento. Ella ha pasado muy malas experiencias en este sentido y valora mi actitud frente a su hijo sabiendo a lo que me exponía.

Me pregunta si su hijo va a seguir entrenando o no. Mi respuesta es muy clara. Si no pasa algo importante, el chaval no se dará cuenta de la gravedad del tema. Además, con calma, estudiaremos cómo afrontar esa falta de disciplina llevando la contraria a un adulto con responsabilidad en la entidad. Aquello no podía quedar así.

La madre asume todo lo que le voy diciendo y se retira para hablar con su hijo. Yo sigo con mis tareas agradeciendo la actitud de una madre diferente ya que, hoy en día, lo que te encuentras son familias con una actitud protectora donde el entrenador es el culpable de haber provocado una situación en la que el niño lo ha pasado mal sin ninguna necesidad.

Estaba terminando un documento en el despacho cuando oigo llamar a mi puerta. Entra el niño desafiante, ya duchado y mucho más tranquilo. Me pide disculpas de forma sincera por su actitud. Yo no me lo puedo creer ¡Cómo puede producirse una transformación tan grande en un niño en tan poco tiempo! Pero parece una disculpa sincera que acepto de buen grado. Me despido de él agradeciéndole su actitud y cuando salgo del despacho para acompañarle hasta la puerta, pude ver a su madre que esperaba a su hijo a distancia. 

Entiendo la actuación de la madre a la que admiro a partir de ahora de forma especial. Si todos los padres fueran así, cómo cambiaría nuestra sociedad. Ojalá este relato te sirva para cambiar de actitud frente a los problemas de tu hijo.