1. Optimismo para darle la vuelta a los problemas.

Hace unos días, tuve la suerte de mantener una conversación con un entrenador amigo mío. Le pregunté por su madre, pues sabía que había estado enferma de gravedad y, durante este periodo, le había notado bastante preocupado, más serio de lo normal. 

—Mi madre está mejor, la verdad, está en casa y ya ha terminado el tratamiento. Muchas gracias por tu interés. 

Quizá, agradecido por mi preocupación, por algo tan personal, se animó a hacerme esta confidencia, que no me esperaba, pero que me hizo pensar:

– Yo sí que lo he pasado mal. He tenido que hacer cosas que jamás me hubiera imaginado que tendría que realizar, como lavar y limpiar a mi madre, vestirla, cuidarla… La he visto sufrir, llorar y aguantar. Ha sido muy duro y, a la vez, una experiencia impresionante. Es un antes y un después. Todo lo que me ha sucedido, me ha hecho cambiar mi forma de ser, de actuar. Ahora veo la vida de otra forma muy diferente. 

Este entrenador de 25 años, me da pie a pedir a los padres del mundo mundial que se pongan las pilas para saber decir que no a sus hijos tantas veces como sea necesario, aunque pongan esa carita de bueno que nos derrite por dentro. Ellos juegan con nuestra debilidad y nuestro amor con el fin de conseguir ampliar los límites de forma insospechada. Dicho de forma sencilla, lo consiguen todo. Aquello que desean, acaban obteniéndolo. Estudian a fondo a su padre y a su madre y actúan de tal forma que son imparables, invencibles. Juegan con ventaja, claro está, son nuestros hijos y eso no se toca.

Dicen los expertos que este proteccionismo hacia los hijos es un mal que se está extendiendo cada vez más y se debe a diversas razones. Una de ellas es que los padres ahora tienen un hijo, como máximo. No es lo mismo tener cinco hijos que uno. Al primero, siempre le proteges más. Eres más inexperto. Pero al tercero, ya has aprendido de tus errores anteriores y lo haces mucho mejor. O quizá cometes otros pero procuras que no sean los mismos.

El hijo único está habitualmente más protegido, entre algodones y “sale” realmente blando. Los padres estamos muy encima y él se deja llevar porque detrás está su madre o su padre o los dos que le van solucionando sus problemas. Esto se nota mucho en sus actividades deportivas. El niño protegido se va dejando la ropa allí donde se la quita, en el vestuario, en el campo… Un día es una bota, otro una sudadera. Lo va perdiendo todo pero no importa porque su madre  la busca hasta que la encuentra. Por no hacerle sufrir, le va evitando cualquier esfuerzo personal. Quieren un niño feliz y, sin darse cuenta, están creando un monstruo.

Esto en cuanto a lo material, pero hay otros aspectos que hemos podido constatar, más delicados si cabe. El niño mimado, protegido, no soporta el dolor porque sus padres han intentado evitárselo siempre. Han procurado protegerle de tal forma que no experimente ningún tipo de riesgo y así es imposible que crezcan. Recuerdo la historia de Lupo http://www.javiermarcet.com/creci-gracias-a-mis-padres/ : un barco que creció gracias a la confianza de sus padres hasta llegar a ser un trasatlántico mientras su compañeros quedaron en “barcas para turistas” porque sus padres no les permitieron crecer.

La culpa de todo la tenemos los padres que no somos capaces de soportar la imagen de nuestro hijo llorando, pasando un mal momento y nos acercamos a ellos para intentar evitar ese mal momento. Queremos como sustituirles en su dolor y eso es terrible porque no nos damos cuenta de que es el mejor entrenamiento para la vida. Los niños tienen que pasarlo mal, no hemos de evitárselo. 

Lo que sí es muy importante es explicarles lo positivo de todo lo que les pasa, para que siempre sepan darle la vuelta a los problemas y afrontarlos con optimismo.