II. Dile a tu hijo muchas veces no (II/III)

Un chico de 14 años vino a hablar conmigo. Iba acompañado de su madre. Tenía un problema grave porque sus compañeros le estaban haciendo la vida imposible. Se burlaban de él. Parte de culpa la tenía él mismo, por aislarse tanto del grupo y, la otra parte de culpa la tenía un cabecilla que era el que lo organizaba todo. Acabaron peleándose y ahora venía a explicarme que se quería ir del equipo. La madre no hablaba, simplemente escuchaba. Me pareció una actitud interesante porque estaba claro que no deseaba protegerle. Le apoyaba pero quería qué él se defendiera, que encontrara soluciones correctas a sus problemas.

Al chaval le dejé claro que tenía dos caminos: huir o enfrentarse con la realidad: 

– Huir es fácil, –le comenté–, pero no soluciona tu problema y lo seguirás arrastrando. Enfrentarse a la dificultad es arduo pero sabes que una vez solucionado, has superado ese obstáculo y te conviertes en otra persona diferente, más preparada y, sobretodo, feliz.

Muchos padres, lo que deciden es huir para protegerles del mal momento. No quieren problemas con sus hijos. Les horroriza que sufran y cometen el error más grande de sus vidas. Sin embargo, en esta ocasión, el chico, más maduro, después de meditar mis palabras, decidió enfrentarse al problema y lo hizo ese mismo día. Su madre, al ver que el asunto estaba bien encaminado, se despidió de él y le dijo exactamente lo mismo que yo le había dicho: 

– Hay que ser fuerte y enfrentarse al problema. –Le dio un beso y se marchó.

Los padres con sentido común actúan así. Saben que deben apoyar a su hijo ante las dificultades porque son débiles y necesitan la confianza de un adulto, especialmente de sus padres. Pero una cosa es sentir el apoyo y otra diferente es solucionarle el problema cada vez que surge, sin ofrecerle la oportunidad de sacarlo adelante él solo. 

El chico se fue a hablar con su entrenador y le explicó lo que le estaba pasando. Pidió disculpas por su mal comportamiento en el vestuario y luego habló con los compañeros del equipo y les pidió perdón por su actitud y por ese aislamiento que le hacía un poco diferente. Los demás también pidieron disculpas y todo se arregló allí. Un problema importante queda totalmente reducido por haber sabido afrontarlo adecuadamente.

El mismo día, una vez acabado el entrenamiento, vino a verme para darme las gracias. Se le veía feliz. Esa es la sensación que uno siente cuando alcanza el éxito con algo que le ha costado mucho esfuerzo y que lo ha conseguido afrontando el problema él solo, sin la intervención de nadie. Sé que le costó pedir disculpas y hablar con el entrenador, pero lo hizo y todo cambió. 

Con los jugadores de 13 años quise visitar el hospital del Cottolengo donde hay más de 200 enfermos incurables de todas las edades. El motivo era el mismo. Imaginaos el dato: de los 150 niños que hay en el club, solo acudieron 10 personas. Los demás consideraron una experiencia demasiado dura para sus hijos. Algunos de los chicos que participaron, iban con un poco de precaución porque no sabían exactamente dónde estaban. Tenían un cierto miedo. Pero ese miedo es bueno. La idea es aprender a superarlo.

El momento clave fue cuando se pusieron la bata blanca y empezaron a dar de comer a los enfermos. Como no pueden masticar bien, toda la comida está triturada y hay que dársela porque no mueven los brazos con suficiente agilidad. Sabían que debían sonreír y comportarse con naturalidad. Lo pasaron mal pero salieron felices. Alguno me comentó que había sido la experiencia más bonita de su vida. 

Yo pensaba en tantos padres que están privando a sus hijos de unas experiencias fundamentales para su formación humana, simplemente porque no los quieren ver sufrir. Son unos egoístas que prefieren disfrutar de sus hijos sin pensar en lo que ellos deberán afrontar en el futuro. Y esto se nota mucho en el mundo del fútbol, como voy a detallar ahora.

Las madres que no quieren quedar mal con el entrenador, que cada día le preparan la bolsa de deportes a su hijo para que no le falte nada. Es la madre la que debe estar pendiente de que su hijo se haga la bolsa y no le falte nada, pero debe dejarle que se equivoque, que falle, que se olvide algo. Si no mostramos confianza en él, no avanzamos. No sirve el tópico: “es que son muy pequeños y no saben”. Los chicos nos sorprenden constantemente cuando confiamos en ellos y los incentivamos.

Esos niños blandos que, cuando les hacen una pequeña falta, enseguida lloran y montan un espectáculo, que se giran cuando el contrario dispara a dos metros suyo, que tienen miedo a entrar con fuerza, que cuando llueve ya no vienen a entrenar y, si tienen un pequeño dolor en la pierna, se quedan descansando…, son consecuencia de la excesiva protección de sus padres.

Lloran porque saben que sus padres acudirán al momento para protegerlo, se giran porque nunca han sido capaces de afrontar los miedos ya que sus padres lo han evitado a toda costa. Son y serán niños cobardes, sin carácter, niños blandos que irán de aquí para allá como las hojas que se lleva el viento. 

No nos damos cuenta del daño que les estamos infringiendo. Son todos esos padres que llevan la bolsa de sus hijos porque está cansado y pesa mucho, que prefieren atarles las botas ellos para que no tengan problemas en el campo, que le van dando consejos porque no quieren que lo pase mal en el campo, que cuando pierde su hijo la culpa la tienen sus compañeros y el árbitro porque no quieren que su hijo se vaya a casa con un disgusto, que no saben decirle que no a su hijo cuando le pide que le compre algo después del partido. 

Si de verdad queremos ayudar a nuestros hijos para que lleguen a ser buenas personas, hemos de empezar a decir muchas veces que no. Los entrenadores están hartos de aguantar niños blandos, niños sin carácter, niños dictadores, inseguros, inmaduros. Les dejamos toda la tarea a los entrenadores pensando que el fútbol les ayudará a superar esos problemas que hemos creado nosotros en casa, con nuestra debilidad constante. Pero nos equivocamos porque no hay nada que hacer si no hay un cambio de actitud por nuestra parte. Ese es el primer paso para sembrar la semilla de su futura felicidad.