Disfrutar entrenando

“Cuando disfrutas es cuando mejor te salen las cosas”.–Decía Mireia Belmonte ¡Qué gran verdad!

Para disfrutar en los entrenamientos hay que amar con la cabeza y el corazón la tarea formativa que realizas.

Los entrenadores que disfrutan, les caracteriza su empeño personal por ser mejores. Son puntuales, no se quejan de que tienen muchos entrenamientos. De hecho, las horas se les pasan volando, casi sin darse cuenta. En el campo, “están presentes” en todo momento, es decir, toda su atención está puesta en sus jugadores, a los que tratan siempre con cordialidad y afectuosidad, sin exclusiones de ningún tipo. La relación con todo el equipo es excelente.

Ni que decir tiene que  esos entrenadores tienen una muy buena preparación académica. Lo demuestran en cada entrenamiento que imparten: vibran con cada ejercicio y logran contagiar a sus jugadores las ganas de aprender. 

Son buenos comunicadores. En este sentido, no solo transmiten conocimiento a sus alumnos, sino también emociones. Gozan de prestigio profesional y personal, y son depositarios de la confianza de sus alumnos; ambas cosas –prestigio y confianza– les convierte en referentes incuestionables para ellos. Son los mejores entrenadores.

Los entrenadores que disfrutan en el campo, apasionados por su trabajo, viven con la ilusión de que sus alumnos lleguen muchísimo más lejos que ellos. No piensan en ellos mismos, con lo que evitan alardear de sus métodos didácticos, el alcance de sus ideas o sus éxitos deportivos particulares. En definitiva, los entrenadores apasionados son los que consiguen dejar huella en sus alumnos.

Por otro lado están esos entrenadores que aburren a sus jugadores

Un entrenador que disfruta con lo que enseña, hace disfrutar a su equipo y uno que se aburre enseñando, irremediablemente les cansará y aburrirá. Los entrenadores que aburren, presentan los ejercicios de campo de manera poco atrayente, monótona y pesada. Logran convertir actividades fantásticas como son correr, saltar, tomar decisiones, aplicar la técnica adecuada, en algo fastidioso y que no interesa a ninguno.

Los jóvenes futbolistas se aburren también con los entrenadores vanidosos y pedantes. Hay entrenadores que se suben a un pedestal delante de sus jugadores utilizando un lenguaje complicado o pregonando de manera pretenciosa sus títulos deportivos, ascensos y campeonatos ganados. 

Los chicos suelen sentir a estos entrenadores como muy alejados de su realidad y, por tanto, no logran sintonizar con ellos. El objetivo fundamental de esos entrenadores es quizá el de triunfar, alcanzar su éxito particular, pero no el de contribuir a la mejora de sus alumnos y de la sociedad. La búsqueda de la propia “excelencia” del entrenador aburre soberanamente a sus pupilos, que no llegan a entender dónde está esa supuesta excelencia.

Por último están los entrenadores que se aburren

No se sienten capaces de cambiar ellos personalmente y mucho menos de intentar cambiar –aunque solo fuera un poco– el ambiente en el que desarrollan su actividad.

Los entrenadores que se aburren no consiguen tampoco ayudar a sus jugadores a aprender, ni, por supuesto, son afectuosos con ellos. Son  pesimistas, es decir, no creen en la capacidad de mejora de su equipo y están convencidos de que muy poco pueden hacer por ellos.

Paradójicamente, estos mismos entrenadores son los que se lamentan de que sus jugadores no vibran en los entrenamientos que ellos imparten de manera tan aburrida. En este sentido, hay que desconfiar siempre de aquellos que se quejan con frecuencia de lo poco que saben sus jugadores y del escaso interés que muestran por aprender. Los jugadores no son malos, los malos son esos entrenadores.

Los jóvenes de hoy necesitan entrenadores competentes, creativos, entregados y entusiasmados. Que amen lo que hacen y que sean capaces de cautivar la atención de los componentes del equipo, con su trabajo. Cualidades todas estas del buen entrenador que no pueden improvisarse, y que hay que cultivar con esfuerzo y empeño día a día. Este es el reto para los que no están dispuestos a aburrirse en su trabajo y que, por supuesto, no quieren que sus jugadores se aburran.