Tras un buen puñado de años en competición, hemos aprendido muchas cosas. Hemos podido apreciar de cerca los problemas que existen en el fútbol base. Uno de ellos es el del comportamiento de los padres, entrenadores y jugadores. 

Existen como unas normas pactadas entre todos que se dan en general en los equipos: salir al campo y saludar al equipo contrario antes o después del partido, reunirse los jugadores para darse ánimos entre ellos, llevar botiquines sofisticados para atender a los jugadores que caen lesionados, saludar a los padres cuando termina el partido. Es todo muy bonito aparentemente pero no lo es tanto si profundizas un poco en lo que ocurre en realidad.

Normalmente, cuando termina el partido, si has perdido, te cuesta dar la mano y lo normal es que se da la mano como se da un pimiento. No es un acto sentido. Quizá sea más sincero no darla antes de hacer lo que se ve en muchos campos.

Los jugadores cuando se reúnen antes del partido para darse ánimo gritan más o menos siempre la misma tonadilla: ¡ganaremos, ganaremos y ganaremos! y muchas veces en medio de palabras mal sonantes. Grave error que se permita esto porque queda claro que estos nos son ni mucho menos los objetivos de un partido. Lo peor es que su entrenador lo permite y el club lo apoya. 

Los padres participan en los partidos como si fueran ellos los que estuvieran jugando. Da vergüenza oír lo que dicen: “somos los mejores”. Hoy justo estaba oyendo esta frase de un padre en medio de un partido y pensaba en su significado más profundo. Somos los mejores es lo mismo que decir que nadie puede con nosotros, que mi equipo es la lo mejor del mundo. Quizá esta es una buena frase para un niño pero en un padre queda un poco ridículo. 

Ya no digamos nada de los gritos a los árbitros, las quejas, las protestas…¿dónde estamos? ¿qué está pasando? Personas con una exquisita educación se transforman en auténticos energúmenos descontrolados llenos de ira. ¿Para qué van a los campos? ¿para enfadarse? ¿para pasarlo mal? 

Los entrenadores parecen a veces como dioses que viven por encima del bien y del mal. Machacan a los jugadores cuando cometen fallos (cuando es lo normal ya que están aprendiendo), se enfrentan a los árbitros cuando según ellos se equivocan (sin embargo no aceptan que les corrijan sus errores). Siempre recordaré las declaraciones que realizaba Cruyff en su época de entrenador. Cuando ganaba era porque su inteligencia futbolística y su planteamiento táctico había sido definitivo en el partido y cuando perdía siempre era culpa de los jugadores y del árbitro. Él nunca se equivocaba.

El fútbol está lleno de violencia, de envidias, de odios, de faltas de respeto. Los partidos de fútbol base son una escándalo (siempre hay excepciones) y uno piensa que esto se nos está escapando de las manos porque perdemos el sentido que tiene en realidad. 

¿Quién tiene la culpa de todo esto? ¿La prensa? ¿los futbolistas profesionales? ¿los entrenadores? Tengo absoluta certeza de que todo esto es culpa de las directivas de los clubes. No controlan a sus equipos y no tienen claro lo que quieren. O quizá lo que buscan no es más que ganar a cualquier precio, como sea.

Si los directivos de los clubes se empeñaran en solucionarlo, lo primero que harían es tomar medidas para que el comportamiento de los padres, entrenadores y jugadores fuera correcto. Ellos son los que pueden controlar a los padres. 

En muchos clubes no existe la comunicación con los padres. Quizá puede entenderse mejor si pongo como ejemplo lo que impulsamos desde el primer año que iniciamos nuestra andadura con equipos. Sabiendo que este era uno de los principales problemas, dejamos claro en la reunión inicial que el comportamiento de los padres debía ser ejemplar. Que los hijos lo aprenden todo de sus padres. No de lo que les decimos sino de lo que realizamos. Nuestro ejemplo es la base de su actuación. ¿Qué podemos esperar de un hijo que está viendo como su padre le grita al árbitro? 

Dejamos claro que nuestro objetivo como equipo es la formación integral del jugador en cuanto persona. La importancia de inculcar a los hijos los valores del deporte. Las victorias llegarían si se trabajaba bien en los entrenamientos y fuera de ellos.

El resultado no tardó en llegar y la actitud de muchos padres cambió completamente y tras el cambio que se había producido en su familia, ahora eran más felices. Ya no presionaban antes de los partidos. El padre ya no era un entrenador sino simplemente un padre que ve disfrutar a su hijo con el deporte que le gusta.

Sin embargo, no todos cambiaron y no todos lo entendían igual. Sobretodo, había unos padres que venían de otros equipos con el vicio muy adquirido y les era imposible aguantarse y acababan desfogándose porque el equipo contrario era de bofetada.

Uno a uno, fuimos hablando con estos padres y les advertíamos que si no podía controlarse, su hijo no iba a poder seguir en el equipo porque no queríamos esa actitud en los campos. No era nada bueno para el grupo ni para el resto de los chicos. Que era libre de elegir cómo debía comportarse pero que en ese equipo no se iba a admitir. 

Unos se iban y otros se quedaban pero lo que estaba claro es que el ambiente se fue saneando hasta que conseguimos grupos de familias que se llevan muy bien entre ellas, que acogen al equipo contrario con afecto, que lo pasan bien en cada partido, que ven al grupo de jugadores muy unidos, etc. Ni un grito, ni una palabra despectiva. Un ambiente familiar muy sano. 

Otro aspecto que hemos de controlar siempre es a los entrenadores. Les dejamos claro que no tienen ninguna presión por ganar el campeonato. Nunca les vamos a recriminar la perdida de un parido. Que lo que deben hacer es enseñar muy bien a cada jugador, motivarlo para sacar a cada uno el máximo rendimiento y que los resultados se irían viendo poco a poco, como consecuencia de la calidad en sus entrenamientos. 

Aquí también nos encontramos algunos problemas. Algunos entrenadores vienen de equipos muy competitivos y olvidan lo importante que es la formación del jugador. No siguen el programa de entrenamiento porque tienen la ansiedad de ganar cada fin de semana y se dedican a trabajar aspectos tácticos colectivos. Los jugadores más flojos no tienen minutos en los partidos con lo que no se les da la oportunidad de aprender en la competición. Su actitud en el campo no era ejemplar porque no se controla.

 Utilizamos la misma maniobra. Hablamos con ellos y les aclaramos que no se trata de ganar sino de formar y, a partir de este planteamiento, ir poniendo los fundamentos. Desaparecieron las broncas, las quejas a los árbitros, los aspavientos y aparecieron otras herramientas como la preparación de las sesiones de entrenamiento, la motivación, la corrección positiva, la comprensión, la paciencia, etc. Los entrenadores que no entienden esto, se van porque no están cómodos en un lugar así y porque desde arriba se controla  que todo sea así.

Si un entrenador tiene en cuenta todo lo que hemos dicho antes, consigue que los jugadores sean disciplinados, saluden con afecto al final del partido, no permite ni una protesta al árbitro, elimina las acciones violentas que puede haber en un partido y, lo que es más importante, es capaz de hablar con cualquier padre que no haya sabido comportarse. Porque ellos son los primeros que deben conseguirlo.

¿Cuál es la clave? El control desde arriba. Por eso creo que la culpa de todo lo que está pasando en el fútbol base es de la directiva de los clubes que no están supervisando estos aspectos o no los valoran porque lo único que les interesa es ganar, ganar y ganar.

Cada año son más las familias que traen a sus hijos a una escuela de futbolistas que trabaje en este sentido porque desean para su hijo un ambiente como este. Un lugar donde su hijo sea feliz practicando su deporte favorito. Quizá no esté en una de esas categorías que parece que dan tanto prestigio, pero por lo menos el tiempo que esté con nosotros será muy provechosos porque además de aprender mucho, se sentirá muy a gusto.

Son muchos los jugadores que en estos momentos han dejado equipos muy importantes para estar aprendiendo en la Fundación. Les da igual en qué división jugamos, lo que quieren es disfrutar jugando al fútbol en un ambiente sano y adecuado, con entrenadores que se preocupan de ayudarle y con un ambiente de padres increíble.

Profundizando un poco más, a los padres les ponía este ejemplo que es bastante duro pero que me sirve para que quede muy claro qué es lo que está pasando:

El árbitro es el juez del partido, la autoridad que decide si una jugada es gol o no, es falta o no, es fuera de juego o no. Si un padre se siente con la autoridad moral de protestar la decisión del juez, por la misma regla de juego, un hijo puede gritarle a su padre cuando este le mande alguna cosa o le pida que haga algo. Te imaginas a tu hijo gritándote cuando le digas que ordene la habitación o que apague la tele. Pues eso haces tu gritándole a un árbitro.

Pero es que… el árbitro se ha equivocado. Esta es tu opinión. ¿No puede pensar lo mismo tu hijo cuando le digas que ha hecho mal algo? Lo mismo cuando no respetamos al contrario. ¿pretendes que tu hijo te respete cuando no le estás dando ningún ejemplo en este aspecto?. Ya puedes hablarles de respeto que lo que tus hijos aprenden es lo que ven en tu comportamiento.