Ganar a todo precio.
La finalidad de toda competición es ganar al rival. El fútbol es una competición entre dos equipos que tiene como objetivo meter más goles que el equipo contrario. El fútbol ha pasado de ser un juego a una profesión. Los jóvenes desean dedicarse al fútbol profesionalmente. Los niños de los cinco continentes están buscando todos un mismo sueño: llegar a ser futbolista profesional.
Me ha encantado el artículo que he podido leer de Raimon Martínez Aliaga, Licenciado en Ciencias de la Actividad Física y del Deporte y Coordinador Escuelas Deportivas Municipales de Orihuela. Tengo mucho interés en conocer estas escuelas donde seguro que se está impartiendo una buena formación a sus jugadores, como tantas y tantas escuelas en el mundo que trabajan de forma coherente, con las ideas muy claras.
Decimos que los jóvenes están en un proceso de formación para llegar a practicar este deporte de forma profesional o amateur. Por lo tanto, no nos tiene que importar tanto el resultado del partido sino cómo lo han jugado. Los jóvenes están en un periodo de asimilación de conceptos que, bien fundamentados,  les permitirá, más adelante,  jugar con más calidad y eficacia.
Si observamos la competición de los jóvenes, la obsesión de vencer al equipo rival se ha convertido en un verdadero virus que va en detrimento de la buena formación del jugador y le está causando  mucho daño ya que no le permitimos que crezca y se desarrolle justo en el momento más importante de su formación. Y esto es muy grave. Es una gran irresponsabilidad por parte de los que dirigen este deporte (empezando por el entrenador, por los presidentes de muchos clubes y terminando por las federaciones territoriales de fútbol),  por los efectos tan nocivos que provoca en los niños.
Para muchos padres y entrenadores, la prioridad es ganar, olvidando por completo lo verdaderamente importante en esta etapa de formación que es jugar bien o lo que es lo mismo, si se manifiestan de forma correcta los fundamentos técnicos y tácticos, independientemente del resultado.
¡Cómo mejoraría nuestro fútbol si los padres y entrenadores tuvieran una visión correcta de esta etapa formativa! ¡Cuánto orgullo hay metido en tantos entrenadores! No se dan cuenta del daño que hacen con un enfoque resultadista en que sólo se buscan el éxito a corto plazo.
¿Que es lo que vemos en los campos de fútbol?  Jugadores alevines e infantiles de la máxima categoría que son incapaces de utilizar ambas piernas en el tiro a puerta o en el pase y ni lo intentan.  La razón está en la mentalidad del entrenador, completamente envenenado con el peligroso virus llamado ganar.
El planteamiento elegido equivocadamente para esta etapa de formación es el de otra etapa, la de rendimiento, donde lo que prevalece es primero ganar y luego todo lo demás. Prima más el prestigio de la entidad, del entrenador que la formación del jugador. Claramente, podemos calificar a esta postura como el egoísmo deportivo del fútbol base actual. No somos transparentes con los jugadores. Les estamos engañando. Les embaucamos aprovechando su gran ilusión por llegar a ser futbolistas profesionales. Les embelesamos con el escudo de nuestro club y luego los utilizamos como si se tratara de mercancía con un único objetivo: el lucimiento personal o corporativo.
Debería ser todo lo contrario, primero aprender  y luego ganar. Pero en esta etapa, por desgracia, aprender no es sinónimo de victoria,  por el alto índice de riesgo que tiene hacer las cosas bien.  Hemos de intentar  trabajar a largo plazo, buscando construir los fundamentos que le permitirá luego competir de forma profesional.
Como estamos en la cultura del “ya”,  no hay paciencia para formar primero en fundamentos y conseguir los resultados más tarde ya que será en edades más tardías donde efectivamente jugar bien será sinónimo de victoria. Nuestros éxitos no hemos de medirlos con victorias sino en progresión individual de nuestros jugadores. Avanzan más lentos pero con la seguridad de estar construyendo un verdadero futbolista.
El problema está cuando se llega a las edades donde la competición y la victoria se convierten en un objetivo prioritario. Entonces, otros jugadores mejor preparados, que han trabajado mejor que los tuyos, son elegidos para formar parte del equipo. Los jugadores, sin contemplaciones, son sustituidos por otros que rendirán más. ¡Qué injusto es todo esto! De nuevo son los niños los que pagan los errores de los adultos. Decidieron buscar la victoria demasiado pronto en lugar de preocuparse de la mejora de sus muchachos.
Todo esto puede apreciarse cada fin de semana en los campos de fútbol. Vemos cómo los jugadores no son capaces de tomar decisiones porque juegan sin pensar,  producto de la tensión que ocasiona tener que vencer como sea. Quizás, si el niño se preocupase y se esforzase más por si ha jugado bien en lugar de pensar si ha ganado o perdido, no tendría tanta tensión y, quizá también, pondría en práctica aquello que ha aprendido, sin importarle si aquello ocasiona riesgos de cara a la victoria.  Además, si el entrenador incentivase a jugar bien, el clima de presión percibido por el niño sería otro y no tendría tanto miedo al error.
Analizando la influencia del virus sobre el aprendizaje de valores, observando la competición,  en muchas ocasiones se aprecian conductas poco deportivas y éticas y no son más que derivadas del ganar a toda costa. Un ejemplo muy extendido es la protesta al árbitro por cualquier decisión. Si ganar no fuese prioritario para jugadores y entrenadores, se asumirían sus errores sin más importancia, sin tener que protestar.  Además un efecto colateral de la no adquisición de determinados valores es que ciega a entrenadores y jugadores en cuanto a su progresión del aprendizaje.  Ambos siempre atribuyen la derrota a decisiones arbitrales y nunca a sus propios errores,  con lo que no permite que se corrijan los defectos ni se siga aprendiendo.
Por tanto,  a modo de conclusión,  debido al efecto nocivo del virus “ganar” en edades tempranas, se debería  desviar la prioridad que se le da a este hecho convirtiéndolo, no en un fin (como pasa actualmente), sino simplemente tratándolo como una parte del juego,  sin darle mayor importancia.
Dicho cambio está principalmente en poder de los entrenadores, aunque los padres son otros agentes importantes en el proceso educativo – formativo del niño que también pueden ayudar.  Pero el tema de los padres merecería un artículo exclusivo, por la importancia del asunto en si.
Lamentablemente, esta cuestión está sin solucionar pero aunque los agentes educadores que pueden hacerlo, en una mayoría no están por la labor, desde esta palestra pensamos que podemos darle la vuelta a esta grave enfermedad. Decir lo contrario sería lanzar la toalla ante un problema muy grave y eso, es inadmisible para las personas con mentalidad deportiva.