Un relato sobre la Honestidad

 

Hace tiempo durante los d’as del imperio azteca en lo que hoy llamamos México, gobernaba un emperador al que a veces le gustaba disfrazarse y recorrer solo las calles de la ciudad y los caminos del campo. Sabía que sus súbditos hablarían mucho más abiertamente y sin embargo con un simple extraño que con su propio emperador y así se enteraba de muchas cosas acerca de su pueblo que no habría conocido de haberse quedado siempre en el trono.

 

 

Un día el emperador estaba recorriendo  disfrazado los campos cuando se encontró con un pequeño campesino que recogía unos cuantos palos de leña para que su familia pudiese hacer la comida.

 

–Trabajas duro pequeño amigo,–dijo el emperador, pero ahí apenas tienes madera suficiente para encender una hoguera ¿Por qué no vas a este espeso bosques de la colina? Alí hay muchas ramas.

 

El chico negó con la cabeza.

 

–Esa colina pertenece al emperador que lo ha reservado para sus partidas de caza. Nadie puede entrar sin su permiso y recoger madera allí, significaría mi muerte instantánea.

 

–Sólo si te descubren –sonrío el emperador disfrazado–. Ahora el bosque estará desierto, podrías entrar y salir fácilmente sin que te vieran. Nadie te verá, y yo te prometo no decir nada.

 

Cuando alguien te aconseja que

hagas algo que no está bien, aunque no lo

vea nadir, es mejor no hacerlo.

 

 

–Gracias por el consejo –respondió el niño con frialdad–, pero creo que sólo recogeré lo que hay aquí.

 

–Pero piensa en toda la madera que va a desperdiciase tirada en el suelo del bosque. Tu emperador debe de ser un soberano egoísta y cruel si no quiere compartirla contigo.

 

Tus compañeros te insistirán en que

no pasa nada por hacerlo. Incluso te

querrán convencer de que es una norma

injusta pero no debes hacer caso a los

malos consejos aunque estén disfrazados

de algo bueno. Por ejemplo, te pueden

comentar que si lo haces, ganaremos el

partido. Ni aún así hay que aceptarlo.

 

–Es cierto que es una ley dura e injusta – dijo el niño, algo enojado. El emperador no usa para nada esa madera y aún así se la niega a muchos que la necesitan. Pero ¿voy a actuar mal sólo porque la ley es injusta? No, no entraré en el bosque, no mientras haya un camino mejor.

 

El niño recogió su pobre haz de ramitas y se volvió hacia casa con lágrimas en los ojos.

 

Ser honrado cuesta mucho más que

no serlo pero tiene una mejor recompensa.

 

Al día siguiente apareció un mensajero real en casa del pequeño campesino y ordeno a toda la familia que fuera de inmediato a palacio. Partieron llenos de miedo, temblando, incapaces de imaginar por qué los habrían llamado.

 

Los llevaron ante el emperador en persona, que estaba sentado en el trono y vestido con su atuendo real. El niño reconoció de inmediato su cara y palideció de terror.

–¡Sois el que me animasteis a entrar en el bosque real!, –exclamó.

–No temas –dijo el emperador–. No has hecho nada malo. Te negaste a robar cuando tuviste oportunidad de hacerlo e insististe en obedecer la ley del emperador. Quiero conocer a tus padres; te han educado bien y serán recompensados.

El buen ejemplo que das con tu

honradez arrastra a los que no lo son y

consigues que los demás sean mejores

personas. Vale la pena ser fuerte a la hora

de tomar este tipo de decisiones.