El entorno de nuestro hijo futbolista

Uno de los principales problemas de nuestros jóvenes futbolistas es que están demasiado protegidos. Los adultos les hemos transmitido que la familia y la sociedad en general les protege por encima de todo y la sensación que tienen es que no hay que preocuparse de nada. Esto tiene unas consecuencias graves ya que se convierten en futbolistas irresponsables y poco perseverantes. 

Nos hemos olvidado que hemos de educar planteando el aprendizaje a largo plazo pues pronto serán ellos los adultos que tendrán que ocuparse de las nuevas generaciones y en seguida se pondrán nerviosos porque piensan en llegar arriba saltándose el camino previo o decidirán que el fútbol no les llena y lo abandonarán.

Es un problema que va a tener consecuencias graves en un futuro no muy lejano. Los jóvenes de hoy tienen expectativas muy altas en lo que se refiere al fútbol y a las diferentes facetas de la vida y eso les condena a estar permanentemente insatisfechos con lo que hacen ellos mismos, con los demás y con el mundo.

¿Cómo enseñar a nuestros jugadores a tolerar la frustración?

Hemos de marcarles objetivos ambiciosos pero asequibles, luego hay que evaluarles para que se den cuenta hasta donde han llegado y, poco a poco, ir aumentando la dificultad. Si queremos ir muy rápido, posiblemente no consigamos alcanzar la meta y llega la frustración.

Los entrenadores deben enseñarles a marcarse metas a largo plazo y a cumplirlas a través de objetivos más cortos. Más que paciencia, lo que deben tener nuestros futbolistas es perseverancia porque el aprendizaje pocas veces es instantáneo. Hay que fijarse en lo nuevo y practicar, repetir y repetir, una y otra vez. Hasta que consiguen asumirlo.

Siempre recordaré aquel periodista que hablaba con los chicos del club y les aseguraba que era un error pensar que esos grandes jugadores, a los que adoran, han llegado el éxito de una forma sencilla. Para llegar hasta donde están, han tenido que trabajar muy duro y lo han llegado a pasar muy mal. No es un camino de rosas la profesión del fútbol. No es como algunos piensan: cerrar los ojos, querer y, al abrirlos, ¡ya está!: te has convertido en futbolista profesional.

Nuestros jóvenes futbolistas están en un mundo complicado, con realidades contradictorias. Por un lado los jugadores de 12 años tienen una libertad y una vida social como nunca habían disfrutado antes, porque debido a los teléfonos móviles, están permanentemente conectados entre ellos y tienen un acceso a la información que los niños de otros generaciones no tenían. Algunos apenas salen de casa porque tienen toda su diversión al alcance de la mano.

Por otro lado, cuando salen, tienen a la familia inquieta y controlando sus movimientos porque piensan que es peligroso. Los verdaderos peligros, sin embargo, aparecen en las redes sociales.

Ese entorno nuevo actual, que acabamos de describir, y ese control parental no favorece en nada el desarrollo de niño futbolista que no encuentra modelos adecuados a su alrededor sino todo lo contrario. Y si no los encuentra, entonces decide buscarlos en otro lado.

El papel de los padres y de las escuelas de fútbol es decisivo

Este cambio que acabamos de explicar, implica que el papel de los padres y de las escuelas de fútbol y de sus entrenadores es ahora más importante que nunca, porque el niño futbolista se expone a innumerables modelos negativos. Ningún referente es tan importante para ellos como lo son los padres y su entrenador. 

Si la escuela de fútbol, el entrenador y los padres tiran en la misma dirección, la educación es mucho más segura y estable ya que se refuerza la una con la otra. La familia necesita del entrenador y el entrenador de la familia. Por eso aconsejamos que remen juntas porque serán más importantes para el niño que cualquier “youtuber”. En cambio, si ninguna de ellas dos es muy fuerte, nuestro futbolista irá a la deriva.

De ahí mi propuesta de enfatizar el papel de las escuelas de fútbol en la actualidad. Deben funcionar en la misma dirección que los padres y para eso debe haber un trabajo conjunto que pasa por conversaciones periódicas para marcar objetivos comunes, reuniones por equipos para plantear puntos de vista importantes según la edad y ponerlos en práctica, planes de formación conjuntos, y todo tipo de iniciativas que fomenten la relación familia y escuela de fútbol.

Responsabilizarle de sus acciones

No funciona la tendencia actual de perdonar siempre al jugador cuando se equivoca o toma decisiones erróneas. No vale con decirle al niño que no se preocupe, que no pasa nada. De este forma, no le estamos enseñando a tener responsabilidad con lo que hace. Los adultos lo estamos haciendo mal y eso lleva a que los futbolistas actuales sean unos irresponsables. 

Padres, educadores y entrenadores, todos, debemos poner la educación de nuestros futbolistas en el centro de la vida familiar y deportiva. No son los resultados, las victorias, ni las notas del colegio, es su formación. 

Si los resultados en el equipo son malos, entre otras razones es porque los jugadores no se han esforzado lo suficiente o se han relajado en un momento del partido. Y eso deben corregirlo con esfuerzo y sacrificio. No hay excusas. 

Es necesario que aprendan desde pequeños a luchar y a intentar superarse porque eso hace más fuerte al jugador y le servirá para cualquier cosa en su vida futura. No exigir a nuestros futbolistas tiene como fruto jugadores blandos incapaces de superarse ante las dificultades.

Dejarles espacios personales

Otro aspecto del entorno que hemos de tener en cuenta en la sociedad actual es la excesiva preocupación de los padres para que realicen muchas actividades, sin tiempo para nada, sin posibilidad de comunicarse con la tranquilidad requerida. 

Los niños necesitan un ritmo de vida tranquilo y tiempo para jugar y vivir. Les faltan, muchas veces, esos espacios personales. Sí, tiempo para aburrirse, para reflexionar, para soñar, para imaginar, para dar un paseo.

Son niños que andan de aquí para allá, siempre ocupados con entrenamientos: un día a natación, otro día a tenis, el otro a inglés y el resto a entrenar a fútbol. Este niño está perdiendo su infancia. No recordará jamás haber jugado, soñado, por su propia cuenta. Todo ha estado programado por su padre como si fuera un reloj.

El miedo a que el hijo no nos quiera

Existe un problema grande en las familias cuando los padres buscan el amor de sus hijos y no soportan tener que ponerse duros y que el hijo los rechace por esa actitud. Todos quieren, de alguna forma, ser madres y nadie quiere ser padre. Prefieren protegerles antes que formarlos. 

Los niños protegidos son complicados y el entrenador se encuentra con una dificultad mayor para conseguir los objetivos marcados ya que no están acostumbrados a ser exigidos en casa. Hacen siempre lo que quieren porque tienen padres blandos. Y cuando se le exige  en el equipo, se rompe. En realidad lo que se consigue es ralentizar el trabajo en el campo de fútbol. Esto es así.

Además, estos mismos padres, como no son capaces de exigir, delegan esa formación en la escuela de fútbol y transmiten a los entrenadores que les aprieten en la disciplina que ellos no han sabido inculcar. Esto debilita al futbolista, al entrenador y a los padres. 

Si realmente queremos que nuestros hijos rindan en el fútbol y en la vida, hemos de ser capaces de cambiar esta mentalidad y ser exigente en casa desde que son pequeños. Eso le permitirá al entrenador trabajar con el hábito del esfuerzo ya adquirido en casa, facilitando enormemente las cosas. Porque realmente los entrenadores de hoy se encuentran con esta gran dificultad, además de enseñarles fútbol, han de trabajar otros aspectos de educación que no han sido capaces de enseñarles en su casa.

Por otro lado, existen padres que no tienen miedo a perder el amor de sus hijos y desde el principio han creado un ambiente de exigencia. Eso lo agradecen los entrenadores porque este tipo de jugador tiene mucho ganado y lo normal es que avance mucho más rápido que los demás. Suele tomarse las cosas más en serio y demuestra una actitud diferente, muy atractiva para cualquier entrenador que valora mucho en el desarrollo del niño precisamente ese aspecto primordial.

¿Cómo pueden ayudar los padres a sus hijos de una forma eficaz?

Los padres deberían promover un hogar tranquilo y seguro para el niño, algo complicado porque se mueven y trabajan mucho y lo que necesitan los niños es estabilidad y tener a sus padres a su lado. 

Otro aspecto fundamental es conseguir una buena conversación con los hijos, encontrar tiempo para hablar pero no de fútbol ni de las notas del colegio sino de lo que pasa en sus vidas, sobre las noticias de la prensa o temas que ellos quieran plantear. 

Dentro de este concepto que llamamos conversación incluiría la idea de saber escuchar a nuestros hijos. Vamos tan rápido en la vida que muchas veces no escuchamos lo que nos quieren decir porque no nos ponemos a su altura o porque queremos decirles muchas cosas sin darnos cuenta que la comunicación debe ser en ambas direcciones. 

Si nuestro hijo se da cuenta de que su información no llega al receptor, dejará de emitirla y se aislará. Hemos de comprenderle, hemos de conocer lo que le interesa y cuál es el mejor momento para hacerlo. Hemos de contarle cosas íntimas nuestras si queremos que se abra. No es fácil todo esto que se detalla en este punto pero vale la pena que lo intentemos.

Por último los padres deben aprender a decir muchas veces “no”. Nos duele porque los hijos saben poner esa cara que nos enternece pero hemos de pensar en su futuro y no en el presente. Quizá podemos pensar que no pasa nada si le digo que sí y así lo tendré feliz. 

Pero la verdadera felicidad no está en el presente sino en el objetivo a largo plazo que nos hemos marcado para que aprenda que no todo lo que se quiere se tiene, no todo lo que apetece es necesario. ¿Qué buscamos consentir o formar a nuestro hijo? Si le consentimos, eso repercute, y mucho, en su rendimiento deportivo.

A los padres de hoy muchas veces les falta reconocer lo que es realmente importante, qué reglas son prioritarias y qué reglas son secundarias y enseñarles a reconocer las consecuencias de sus actos. Cuando toman decisiones deben saber que deben dar cuenta de ellas. No vale pedir perdón y ya se arregla todo con esto. Alejarles de la cultura del “no pasa nada”.

Falta de concentración

En el mundo del fútbol, nos encontramos a muchos niños que no aprenden como deberían hacerlo en los inicios y eso les hace ser inquietos. No se acostumbran a escuchar y disminuye su capacidad de concentración. Como en las primeras etapas se dejan pasar esas conductas no adecuadas, es complicado corregirlo más adelante. La atención requiere de un entrenamiento desde muy niño y si no ha existido, es lógico que funcione en la vida y en el campo de fútbol un poco más despistado de lo normal.

La tentación de los padres es argumentar que tiene trastornos por déficit de atención (TDA) y que no se concentra porque tiene un problema médico, en lugar de admitir que su hijo no escucha a su entrenador porque no ha aprendido a hacerlo. Echan al culpa a otros. 

Muchas veces los padres piensan que si tienen ese diagnóstico de hiperactividad, es más fácil que el entrenador aplique recursos especiales para atenderlo mejor. Por este motivo acuden con este pretexto a la entidad para que de inmediato tenga un trato especial y así justificar esa carencia del niño.

Esto de la concentración es algo que no entienden en general los que no entrenan. Se requiere mucha concentración para aprender las cosas que se enseñan en el campo de fútbol. Y no hay una recompensa inmediata, es necesario repetir y repetir hasta que sale. La recompensa llega muchos años más tarde, al dominar la destreza y aplicarla en el terreno de juego.

En casa no se duerme lo suficiente

Otra dificultad importante para el rendimiento en el deporte es dormir las horas suficientes. Siempre defendemos 10 horas para los pequeños y 8 para los mayores. Sin embargo, nuestros futbolistas se quedan despiertos cada vez hasta más tarde y llegan a los entrenamientos cansados y con sueño con lo que es imposible que pongan esfuerzo en atender y escuchar al entrenador. No tienen paciencia para concentrarse en lo que le dice. Parecen distraídos y aburridos y en realidad es que están cansados.

Lo que quiero decir con todo esto es que efectivamente podemos admitir que existe un cierto déficit de atención pero en la mayoría de los casos no son por problemas médicos sino por un problema de malos hábitos adquiridos.

Buenos hábitos

Los límites sirven para vivir y convivir. Es muy bueno que los jugadores del equipo tengan normas en su día a día para que sepan que hay cosas que no se pueden hacer. Además esto les da mucha seguridad: la camiseta por dentro, entrenar con espinilleras, respeto al árbitro, no hay excusas, puntualidad siempre,… 

Cuando no existen normas, desaparece la disciplina y el ambiente se relaja. Siempre hemos podido apreciar en el mundo del deporte mucha seriedad, pese a los malos ejemplos del mundo profesional del fútbol.

Muchos entrenadores confunden los límites con los castigos. La palabra yo la evitaría, no hablaría de castigo porque el propósito de la educación no es castigar, sino que aprenda unos buenos hábitos. Enfocar las cosas de forma positiva hará que la reacción de nuestros jugadores sea siempre efectiva.

Vemos pues que el entorno de nuestros jugadores es muy importante para la mejora de su rendimiento. Hoy, ese entorno no es muy favorable y necesitan de sus padres y de sus entrenadores para ver en ellos ese modelo que les lleve a ser mejores deportistas y mejores personas.