El fútbol no es tuyo, es de ellos.

Millones de jóvenes se preparan semana tras semana para participar con su equipo en una competición. Con qué ilusión se acuestan el día anterior y madrugan para poder jugar su partido de fútbol. Cada fin de semana es un nuevo reto. ¿Ganaremos? ¿perderemos? Bueno, ya se verá. La ilusión siempre se mantiene hasta el momento que saltan al campo y, entonces, esas ganas se transforman en energía, en dificultades, esfuerzos, decisiones, enfados, lagrimas, alegrías…

El fútbol es ni más ni menos que esto, un juego donde se enfrentan dos equipos con un reto mayúsculo: ganar al equipo al que te enfrentas. Tiene algo que lo hace muy atractivo para niños, jóvenes y personas con cierta edad. No hay juego de ordenador que pueda sustituirlo por nada del mundo. Donde hay fútbol, que se aparte lo demás.

Pero lamentablemente los adultos no entendemos de qué va este juego y nos ponemos a jugar al nuestro que es el de entrenador que quiere ganar como sea para demostrar que somos superiores, que somos los mejores, que somos más listo que el otro entrenador, que trabajamos mejor, que sabemos más, que tenemos proyección. Y lo que conseguimos es cargarnos el fútbol de esos niños. Los adultos somos así. No nos damos cuenta pero somos unos egoístas y aprovechamos nuestra edad para imponernos incluso en su juego favorito.

Pepu Hernández, famoso entrenador de baloncesto decía: “Yo soy ayudante de  mis jugadores, los protagonistas son ellos”

¿Es esto así? ¿Se cumplen estas palabras en mi forma de llevar al equipo? Ni mucho menos. Seamos sinceros. No confiamos nada en ellos y pensamos que para no perder el partido, tenemos que estar constantemente diciéndole a cada uno lo que debe hacer en el campo. 

Pau Martí llega a formularse interesantes interrogantes en un artículo titulado el fútbol callejero: “¿Quiero decir que el papel del entrenador no es influyente? ¿No podemos, como técnicos, incidir en la forma de jugar de nuestro equipo y buscar cuál es la mejor manera de jugar para lograr nuestros objetivos como equipo? ¿Debemos trasladar toda la responsabilidad a los futbolistas y retirarnos a un lado a observar? ¿Realmente no incidimos en nada?

El fútbol es de los futbolistas, no es tuyo. Si en lugar de estar corrigiendo tanto nos pusiéramos a observar a nuestros jugadores, cómo reaccionan ante los errores (propios y de sus compañeros), cómo comprenden el juego, cómo se relacionan entre ellos y cómo reaccionan a las indicaciones de su entrenador. Si hubiéramos observado tanto como corregido nos habríamos dado cuenta antes de que sí, el fútbol es mucho más fácil de lo que nos pensamos.

Sí, el futbolista necesita al entrenador (y mucho), pero no para decirle qué y cómo debe actuar, sino para ayudarle a buscar respuestas óptimas ante las múltiples situaciones y cambios constantes con los que se va a encontrar en el partido.

En una escuela de futbolistas, deben desaparecer los entrenadores gritones, aquellos que desde el inicio hasta el final no paran de echar broncas y amenazar a sus jugadores. Esto se ha terminado: no es tu fútbol, es el suyo.

Los niños, cuando se les dirige constantemente desde el banquillo, desconectan su cerebro y ponen el automático que consiste en hacer lo que su entrenador les va diciendo. No piensan, ni analizan la jugada, ni toman decisión alguna y, al final, el equipo gana (en realidad es el entrenador el que vence) o pierde (en estos casos, la culpa la tienen los chicos porque no le han hecho caso). 

A corto plazo esto puede funcionar pero en una escuela de futbolistas buscamos objetivos sólidos a largo plazo donde sembramos para recoger con el tiempo. Buscamos formar futbolistas inteligentes que sepan leer el partido, que tomen decisiones y que se equivoquen muchas veces porque es la forma de aprender de verdad. 

Esta fórmula, muchas veces, no es aceptada por el entrenador porque él necesita demostrar su calidad y eso lamentablemente lo contabiliza con triunfos, con estar arriba en la clasificación, con goles. 

Esos niños ganarán partidos pero no estarán jugando su fútbol, se lo han arrebatado de las manos esos entrenadores egoístas que juegan a otra cosa que no tiene nada que ver con el juego de los futbolistas. Juegan a ser entrenadores sin darse cuenta que el fútbol no es suyo, es de ellos.

Entrenador que me estás leyendo, es un buen momento para intentarlo. Humildad para no ser el protagonista del partido. Nunca más ese “yo soy el que sé como va todo esto y mis jugadores lo que tienen que hacer es escucharme si queremos conseguir algo en esta liga”.

Este tipo de entrenadores buscan su protagonismo. Todavía no se han enterado y y, sin darse cuenta, hacen mucho daño a sus jugadores. Quizá vienen con el argumento de que “hay que prepararlos para ganar”. Correcto, en eso consiste el juego. ¿No quieres perder? Yo tampoco. Pero en lugar de gritar tanto e imponer con tanto orgullo tus ideas, prepara bien tus entrenamientos y enséñales a pensar también ahí. Genera todas aquellas situaciones de partido que se van a encontrar y ayúdales a buscar respuestas óptimas ante las múltiples situaciones y cambios constantes del partido.

Si has entrenado bien, el partido saldrá bien. Y si no sale bien, para eso están los entrenamientos de la semana siguiente, para corregir y reforzar todo aquello que todavía no funciona. Pero no, es mucho más fácil entrenar sin tanta preparación (improvisando), es más sencillo gritarles cuando fallan, es más sencillo manejarles como si fueran piezas de ajedrez.

No sirves como entrenador si no consigues convertirlos en jugadores capaces de tomar decisiones, autónomos e inteligentes. Esa es la mayor victoria que puedes conseguir en tu carrera deportiva.