El mejor entrenador

Uno de los mayores peligros que tienen nuestros jóvenes deportistas es el ejemplo que reciben de sus ídolos futbolistas de élite. Esos que salen por la televisión que protestan al árbitro y le mandan a paseo, esos que se tiran en el área para simular un penalti o que ponen el codo para lesionar al contrario sin que se note y se enfrentan ante un rival porque le ha insultado.

Son sus ídolos y hacen lo mismo que ellos: se visten igual, se peinan igual, se tiran igual y se mueven igual. Qué difícil es convencerles de que no tienen nada que aprender de ellos salvo lo bien que juegan al fútbol. Eso es casi, casi destruir un ídolo. Lo defenderán a muerte y no permitirán que nadie se meta con él. 

Nuestro fútbol base necesita sustituir esos ídolos, creados a través de los medios de comunicación, por otros más coherente. Esos nuevos ídolos deben ser sus entrenadores y sus padres. Ellos pueden ser el espejo donde reflejarse. Sin embargo es complicado porque, hoy en día, los entrenadores no son ejemplo muchas veces y los padres no saben qué hacer con sus hijos, dominados por una sociedad del consumo y de ausencia de valores.

Nuestra escuela de futbolistas pretende ofrecer herramientas a padres y entrenadores para conseguir ser un ejemplo para sus hijos, para que imiten lo que ellos hacen (no lo que dicen). Propongo un cambio visceral en los padres y en los entrenadores, de tal modo que ya no busquemos la victoria en el fútbol sino la formación de nuestros hijos: que disfruten, que sean felices jugando y que aprendan a ser mejores dentro y fuera del campo. Los chicos ya se encargarán de intentar ganar pero no por la presión de sus entrenadores o de sus padres sino porque el juego del fútbol consiste en meter más goles que el equipo contrario. 

Lo que está pasando es que el entrenador se obsesiona con la victoria y se olvida de que debe hacerlo con una actitud formadora, sin la presión de la victoria, con paciencia y buen hacer, sin gritos ni malas palabras. Sin preocuparse tanto de los puntitos y más de las personas con las que está trabajando. 

Sin embargo, no todos son capaces de conseguirlo, no todos están preparados para realizar esta labor que, en el fondo, la mayor parte de los padres desean: un lugar donde les enseñen bien tanto en lo deportivo como en lo humano. Hay de todo, porque es verdad que hay padres que se obsesionan con su hijo (piensan que tienen un fuera de serie) y lo proyectan como si fuera ya un profesional: le exigen mucho, le echan broncas, le hacen entrenamientos personales, le protegen ante cualquier adversidad creando un niño monstruo con el que es difícil avanzar.

Vengo de un viaje a Mallorca donde hemos organizado un torneo con más de 20 equipos con una característica muy peculiar: no había árbitros. ¿Un torneo sin árbitros? ¡No me lo puedo creer! Pues sí, así es. El objetivo es demostrar que los niños deben ser los únicos protagonistas de este deporte. Queremos fomentar el valor de la honestidad entre los jugadores y entrenadores. Los jugadores deciden si es falta o no, si es gol o no, si ha salido fuera o no. En caso de duda, el entrenador de cada equipo se pone de acuerdo para resolverlo. 

¿Qué pasó? Pues que funcionó perfectamente. Los chicos de ambos equipos, bien concienciados, se detenían cuando se producía alguna falta. Sin más. El partido era mucho más fluido porque casi nunca se paraba. Era una maravilla.

La maldad entre los niños no existe hasta que aparece el adulto que lo estropea todo. Es el típico entrenador que no ha entendido de que va esto y sigue con su rol de entrenador competitivo que solo quiere ganar y que no entiende que hay cosas que están por encima de todo esto. 

El planteamiento le parecía absurdo (hay que ser comprensivo con las ideas de los demás) y continuó aplicando las costumbres habituales en el fútbol base: ganar como sea, con faltas disimuladas para detener al contrario, pitando a favor de su equipo continuamente y quejándose de todo (como no había árbitro, las quejas eran contra la organización y contra el entrenador contrario y los jugadores rivales) 

¿Cuál fue el efecto fundamental de esta actitud? Pues que los niños se dejaron influir por el entrenador y jugaron sin la honestidad que les correspondía. Sabían que no eran honestos al realizar esas faltas, al quejarse de todo, al hacer alguna trampa. Su entrenador les apoyaba y ahora solo tenían el objetivo de ganar la final. Serían campeones y eso es lo que vale la pena.

Hace poco descubrí las neuronas espejo. En un principio se pensó que simplemente se trataba de un sistema de imitación. Sin embargo, los múltiples trabajos que se han hecho desde su descubrimiento, el último de los cuales se publicó en Science, indican que las implicaciones trascienden, y mucho, el campo de la neurofisiología pura. El sistema de espejo permite hacer propias las acciones, sensaciones y emociones de los demás.

¿A dónde quiero ir a parar? Los adultos somos el espejo donde se reflejan los niños y por lo tanto, tenemos una enorme responsabilidad a la hora de transmitir esos valores que tanto necesitan para su día a día. Construyamos mejores personas a través del fútbol. Si ese espejo lo que muestra son malas actitudes, los niños las imitarán de una forma increíble. Pero si lo que ven es bueno, que es lo que pretendía con el campeonato sin árbitros, y les damos ejemplo los adultos de honradez y de respeto, entonces ellos son capaces de imitarlo. Y al copiarlo, lo ponen en practica creando en ellos unos hábitos que perdurarán toda su vida. 

Lo mismo podemos aplicarlo a los padres cuando educan a sus hijos. Existe una gran responsabilidad por parte de los padres porque debemos ser conscientes de que todo lo que hacemos y todo lo que decimos es imitado a la perfección por su hijo. Lo hacen suyo. Si lo que transmites es bueno, está ayudando mucho a tu hijo pero si nuestro ejemplo es malo, perjudica enormemente a tu hijo porque te va a imitar seguro.

Cuando un padre dice que una cosa no le gusta o no está bien, el hijo toma nota aunque no lo demuestre. La mejor manera de predicar es la que va a acompañada del ejemplo. Un padre pierde toda la credibilidad cuando no hay coherencia entre lo que dice y lo que hace. 

Tuve que parar el partido y explicarles a los niños que lo que estaba ocurriendo no era nada bueno porque ni habíamos venido a Mallorca para pegarnos con otros niños simplemente por ganar un torneo. La idea es divertirnos y no lo estamos haciendo con lo que si nos controlamos, mejor. Que gane el mejor pero sin faltas y si hay alguna, la reconocemos y ya está.

Por desgracia se acercó el entrenador del otro equipo y, lo que ya habían comprendido los niños, éste no consiguió entenderlo. No era capaz de cambiar el chip y seguía con la típica cantinela de estos entrenadores que solo se escuchan a si mismos y que no son capaces de aceptar que algo no estaba funcionando bien. 

Para no seguir discutiendo, terminamos el partido (era la final) y les regalamos la victoria. Otra vez el ejemplo era más importante que los puntos. Si hubiéramos entablado una discusión delante de los niños, ¿qué ejemplo les hubiéramos dado? Por nada del mundo quería que esto ocurriera y pese a que esto les dolía a nuestros jugadores preferimos dar por terminado lo que hubiera sido algo muy feo para todos.

En la premiación vimos cómo el equipo ganador celebraba su victoria como un gran triunfo y yo no daba crédito a lo que veía. ¿Cómo pueden ignorar lo sucedido con esa celebración? Eso me entristeció pero luego pensé en los entrenadores que habían demostrado su capacidad de adaptarse a la situación y me alegré de haber vivido una experiencia así.

El mejor maestro para enseñar buenas costumbres es el ejemplo. Todos hemos de colaborar en esta tarea de educar: tomarse en serio la educación, una idea que todos repiten pero que no se practica. Con nuestro ejemplo, con nuestras iniciativas, hemos de conseguir formar a nuestros hijos. Es tarea de los políticos, de los directivos de los clubes, de los entrenadores y de los padres. No podemos desentendernos ninguno ni comportarnos como chiquillos buscando los tres puntos del partido. Eso debe quedar en el olvido. 

La tarea de educar es una responsabilidad compartida pero diferenciada. No tiene la misma responsabilidad una familia que un político. Pero todos deben poner algo de su parte. No podemos inhibirnos o decir que eso es cosa de los padres.

Es incoherente la demanda que la sociedad hace a los padres de que sean una guía de moralidad y corrección para sus  hijos y el bombardeo de mensajes que van en dirección contraria, que llegan a los hogares a través de la publicidad y de diferentes formas de diversión. Todos hemos de tomarnos en serio la educación y empezar con el ejemplo, el mejor entrenador del mundo.