Ser sincero, ser honrado, son aspectos que un jugador de fútbol puede aprender. Si lo hace, conseguirá ser una persona en la que todos confiarán. No es fácil porque en muchas ocasiones queremos quedar bien y mentimos. Queremos resaltar nuestras cualidades y exageramos. Queremos que nos tengan bien considerados y engañamos.

Sin embargo la mentira siempre se descubre y cuando uno la lleva dentro es como un peso que  hasta que no lo saca, no se queda tranquilo.

En el mundo del fútbol hay muchas ocasiones para entrenarnos en la sinceridad. Por ejemplo, cuando el balón lo he sacado fuera yo, he de ser honrado y decir la verdad, no poner excusas cuando he fallado, tirarme dentro del área para que piten penalti, contar a mis amigos del colegio que metí un gol cuando no lo hice…

Mentir para justificarte delante de los demás, para esconder tus propios errores, para deshacerte de una persona que te molesta. La mentira está aceptada como algo normal y necesario y es un error muy grande considerarlo así.

En la vida, muchas veces, debes ir contra corriente porque lo que opina la mayoría no es lo que debes hacer. Si resbalo y me pitan penalti a favor, lo fácil es hacerte el despistado y lanzar el penalti pero, sin embargo, es de valientes  aclarar al árbitro que no lo era.

Los casos de dopaje son casos claros de falta de sinceridad. Para ganar una competición debo tomar tales pastillas que están prohibidas pero sin las que es imposible ganar. Como lo hacen todos, yo también.

Duele ver las imágenes de jugadores profesionales que, después de que casi ni los han tocado, se revuelcan por el suelo como si sufrieran un dolor terrible. También los hay que se tiran descaradamente para fingir un penalti o que celebran como algo glorioso un gol anotado voluntariamente con la mano. Como el fin justifica los medios y el concepto de honor es inexistente, si se consigue engañar al árbitro (y, de paso, perjudicar al equipo rival, al propio árbitro y al deporte), el que ha hecho la trampa, llega incluso a creer que ha realizado una acción virtuosa.

Un jugador de rugby (noble deporte) se moriría de vergüenza si le rozasen la cara y se tirara al suelo como si se la hubieran partido. En este sentido, me pregunto qué sentirá un futbolista profesional cuando se ve a sí mismo en televisión haciendo el ridículo, dando un ejemplo nefasto a los miles de niños que lo admiran y lo siguen cada jornada. Estaría bien que los comités de competición pudiesen castigar severamente a los tramposos , a los que han olvidado que el honor jamás debe perderse (si para ello hay que cambiar ciertas normas, adelante, por qué no).

Cierto es que a los propios jugadores debería repugnarles el hecho de tratar de sacar ventaja de forma miserable y desleal; pero, ya que parece que a algunos de ellos les importan un pimiento los valores, resulta imprescindible que quienes velan por la integridad del deporte tomen cartas en el asunto. Por supuesto, también es de esperar una condena firme por parte de los dirigentes de los clubes, de los medios de comunicación y de los aficionados en general. De alguna forma habrá que intentar que reflexionemos y consigamos devolver a ciertos deportes lo que, en origen, era parte fundamental de su esencia: el honor.

Ya sabemos que en el deporte existen riesgos de falta de respeto continuamente. Este es el caso de un grupo de porteros en un curso de verano. Ya el primer día del curso intentamos dejar claro que aquí vienen jugadores muy buenos, buenos y normales. Y, en algún momento, puede surgir la idea de meterse con el más débil apoyándose en el grupo, para ridiculizarlo.

Diego, que estaba realizando un curso formidable vino a comentarme que lo estaba pasando muy mal. Las lágrimas le delataban. Ya no aguantaba más y había decidido hablarlo.

He de aclarar que estas situaciones son bastante normales y, si le haces el caso que se merecen, estás consiguiendo aprovechar una ocasión interesante para educar en los valores como el respeto y la sinceridad.

Los protagonistas de esta historia están en situación óptima para recibir una información correcta, siempre que se enfoque bien el asunto. Es lo que llamamos un momento especialmente sensible para educar.

¡Qué pena da ver cómo en nuestros hogares o en nuestros centros educativos, debido a la falta de tiempo o a la superficialidad de la propia vida, no somos capaces de aprovechar esos momentos y los tiramos por la borda para poder llegar a tiempo para ver las noticias o para solucionar aquel otro asunto que nos parece de vital importancia.

A los pocos minutos, ya tenía a los tres protagonistas junto a mí. Diego cuenta su versión de los hechos y pregunto a los otros dos si realmente ellos habían hecho comentarios para dejarle en ridículo.

Me llamó la atención que el primero lo negara rotundamente y, sin embargo, el segundo lo confirmara con toda la sinceridad del mundo y con cara de arrepentimiento. Insistí al que lo negaba pero no conseguí que lo reconociera. El otro se reafirmaba en su error reconociendo que lo había ofendido con sus comentarios.

En esos momentos me di cuenta de lo importante que era resaltar el valor de la sinceridad y decidí cambiar de discurso. Me dirigí al niño sincero y le expliqué que lo que había hecho estaba muy mal ya que es una falta de respeto hacia una persona que se merece de nosotros lo mejor. Sin embargo, estaba muy contento con él porque había dicho la verdad y eso es algo muy importante ya que, cuando se reconocen con humildad los errores, puedes mejorar y mereces la confianza de los demás porque saben que pueden apoyarse en ti ya que nunca les engañarás.

La verdad es que son esos momentos en los que te emocionas por dentro porque ves que hay mucha madera dentro de los corazones de estos niños y que soplando un poco puedes encender verdaderas hogueras llena de valores que son la base de su futura personalidad. ¿O no pensáis que la próxima vez que el niño sincero haga una pequeña o gran trastada pensará que vale la pena reconocerlo?

El niño mentiroso, después de las flores que recibió el niño sincero, debió pensar que había sido una lástima no haber dicho la verdad. Intenté darle una oportunidad y le volví a preguntar si él había hecho lo que contaba Diego y la respuesta fue un poco más sincera, comentó que una vez sí lo había hecho. Le miré a la cara con comprensión y le comenté que empezaba a gustarme su cambio de actitud. Por fin estaba siendo sincero Aunque todavía le faltaba serlo un poco más.