Estoy junto al entrenador de uno de los equipos de la Fundación Marcet. Es el segundo partido de la nueva temporada y se nota la ilusión que tienen todos por hacer las cosas bien. El partido está siendo entretenido, con acciones interesantes por ambas partes. El rival tiene jugadores de más calidad que el nuestro, no hay discusión.

Eso nos motiva más a los entrenadores porque al final de la temporada esto puede ser al contrario si somos capaces de trabajar a largo plazo con nuestros jugadores y no pensar tanto en el partido del fin de semana. Ciertamente nos volvemos locos con el partido. Es ese veneno que puede afectarte: la competitividad.

Desde hace algún tiempo estamos trabajando con los entrenadores un cambio de planteamiento que posiblemente beneficie a nuestros jugadores a largo plazo. Se trata de enseñarles a pensar durante el partido ya que están demasiado acostumbrados a seguir las instrucciones que el entrenador les va dando en el campo.

Terminan convirtiéndose en pequeños robots que juegan al fútbol sin tomar decisión alguna, esperando a que el entrenador les diga lo que deben hacer en cada momento. Lamentablemente es así.

Poco a poco estamos corrigiendo este aspecto que precisa de una adaptación pausada y paciente por parte del entrenador ya que debe cambiar, de repente, de ciertos defectos muy arraigados en su forma de llevar el equipo. Es mucho más fácil para ellos ir dirigiendo a su equipo desde la banda que dejarles que piensen por la sencilla razón que, a corto plazo, los resultados del partido mejoran con esas directrices.

Este es el motivo por el que en este segundo partido, las instrucciones que se oían en el campo eran:

– ¡cambia de orientación! ¡retrocede, marca por detrás! ¡pasa la pelota a tu compañero que está libre!, etc.

No hubo más remedio que intervenir para orientar al entrenador:

–Déjales que jueguen ellos, no les digas tantas cosas, permíteles que piensen ellos aunque se equivoquen.

La respuesta que me dio el entrenador me hizo pensar:

–me da pena por los jugadores, porque podían hacerlo mejor y no están jugando a nada.

–pero si lo están haciendo muy bien, me está gustando mucho como juegan–tuve que aclararle ante su falta de objetividad– No te importe tanto el resultado y disfruta de lo que les has enseñado hasta ahora. Posiblemente lo harán mejor si tu eres capaz de detectar en el partido sus errores y los corriges con ellos en los entrenamientos. Pero ahora, no es el momento de corregir nada. Ahora toca animarles a que lo hagan lo mejor posible y ya está.

Quiero profundizar un poco más en este aspecto para fundamentarlo pedagógicamente pues espero aclarar mucho más esta postura.

A estas alturas ya sabemos todos nosotros que nuestros hijos deportistas no aprenden cuando queremos que aprendan ni aprenden lo que queremos que aprendan.

El aprendizaje ocurre cuando se trasforman sus estructuras cognitivas.

Cada información nueva que les das en los entrenamientos es analizada bajo la luz de los conocimientos previos que tienen en sus estructuras cognitivas. Esto les permite modificarla ya sea porque el nuevo conocimiento amplia lo que ya sabían o porque se dan cuenta con la nueva información que lo que ya sabían no era tan correcto como ellos creían.

Contrastan la información nueva con la que ya tenían y así las acomodan produciendo el aprendizaje.

Pero para que nuestros jugadores sean capaces de trasformar sus estructuras cognitivas necesitan de nuestra ayuda. Nuestro objetivo como entrenadores-formadores debería ser ayudarles, no a que nos obedezcan y respeten ante las indicaciones impuestas por nosotros, sino a que construyan sus propios esquemas de conocimiento. Esto les permitirá en cualquier circunstancia ser flexibles y tomar la mejor decisión posible.

No hay nada más desafiante cognitivamente hablando que enfrentarnos a los problemas o a los errores. Lo que no supone un desafío, no exige de nuestros hijos un esfuerzo, cambio o adaptación.

Elena Roger Gamir
Pedagoga – Solohijos

El entrenador antes mencionado, estaba desaprovechando la oportunidad de que sus jugadores aprendieran ante sus problemas en el campo y estaba resolviéndoselos él mismo. Intentaba tapar las dificultades que los chicos se encontraban en el campo para conseguir unos beneficios a corto plazo pero en realidad no les estaba ayudando.

¿Quieres corregir para un momento o para toda la vida?

Esta es la pregunta clave que como entrenador hemos de hacernos. Imposible que puedan planteársela los entrenadores competitivos que buscan ganar y no les importa para nada la formación inteligente de sus jugadores. Pero un entrenador formador, no dudará en escoger la segunda opción.

Cada día desaprovechamos gran cantidad de pequeños desafíos que se presentan sin buscarlos y que ignoramos por no darle la importancia que tienen.

Si ayudamos a nuestros deportistas a solucionar los problemas sugiriéndoles las soluciones, les evitamos el proceso de contrastación y de acomodación. No han buscado soluciones alternativas, no han seleccionado, ordenado, comparado o clasificado; tampoco han filtrado ni trasmitido un significado específico a esa solución por lo que en su cerebro no ha habido cambio cognitivo.

Es fácil que vuelvan a repetir ese error.

Este es el motivo por el que no sirve de nada estar corrigiendo en un partido los fallos que van teniendo o irles indicando la opción que han de tomar porque, sí, efectivamente vas a ganar el partido pero ellos seguirán repitiendo los mismos errores porque no han asimilado lo que tu intentas transmitirles y siempre necesitarán de ti para solucionar los mismos problemas.

Tenemos dos opciones a la hora de corregir a nuestros jugadores

La primer opción va dirigida a irle corrigiendo los aspectos que ha realizado mal dándole indicaciones prácticas: debes bajar a defender cuando pierdes un balón, debes abrirte cuando empezamos a jugar, debes acercarte al poseedor del balón para apoyarle más, etc. Ya hemos visto que esto no funciona porque no le permitimos pensar sino que solo ejecuta y lo seguirá realizando mal posiblemente en otras ocasiones.

Es ese momento trágico del entrenador cuando comenta:

–llevo un mes trabajando con ellos este aspecto y siguen fallando. La culpa la tienen los jugadores que no me atienden.

Lamentablemente la culpa es del entrenador porque no ha sabido desarrollar un pensamiento reflexivo en sus jugadores. Los ha teledirigido constantemente en su afán de ganar partidos. Ya los ganarás más adelante pero lo que hace falta y necesitan urgentemente es que les formes no que ganes con ellos partidos de fútbol.

Al final, ellos no ganan sino que eres tu, a través de tus indicaciones, el que gana los partidos. ¿Que ventaja tiene esto para ellos? ninguna, no sirve para nada y estamos perdiendo el tiempo y los estamos engañando. No vale ganar a cualquier precio y menos cuando se trata de algo tan importante como es su formación como persona.

La segunda opción es enseñarles a tomar decisiones por sí mismo. Nuestro objetivo como entrenador es conseguir, por ejemplo, que se repliegue y nuestra estrategia es intentar que nuestros jugadores entiendan los distintos motivos por los que hay que replegarse, los beneficios para el equipo en cuanto a seguridad y posicionamiento, las diferentes formas de ejecutarlo según las circunstancias del partido, etc. En definitiva, detectar la razón por la que no lo hace en los partidos para que en adelante esto pueda corregirse y no cometer más ese error.

Por lo que podemos comprobar, aprender a replegarse es una nueva excusa que aprovechamos para desarrollar habilidades comitivas que modifiquen sus estructuras de pensamiento y su forma de actuar en el campo definitivamente.

Como entrenador no me he de empeñar a que sepa replegarse sino que además quiera hacerlo y esté convencido de lo importante que es para el juego del equipo. No solucionamos situaciones concretas del juego sino que vamos a las raíces para tomar decisiones inteligentes que sirven dentro y fuera del campo de fútbol.

Ayer presencié un partido de fútbol entre dos equipos formidables. El visitante llevaba dos entrenadores que basaban todo su trabajo en meterles presión a los niños, darles instrucciones constantes y gritarles mucho. Toda esa energía la transmitían a sus jugadores que salían como flechas al campo, dándolo todo. A corto plazo, es fácil que se lleven el gato al agua y consigan la victoria, los tres puntos peleados hasta la muerte.

El otro equipo, llevado por un entrenador Marcet, animaba a sus chicos para que pusieran la intensidad adecuada pero les dejaba a ellos tomar las decisiones del partido. Alguna corrección puntual pero siempre muy positiva y motivadora. Posiblemente, sobretodo al principio de la liga, se equivocarán muchas más veces y tienen menos posibilidades de conseguir los tres puntos. Pero el entrenador sabe que su trabajo está planteado a medio y largo plazo. Que los tres puntos poco importan ahora. Hay que seguir detectando las decisiones mal tomadas para convertirlas en buenas hasta conseguir que ellos mismos sean los que deciden bien cada vez que aparece esa variable trabajada y entrenada.

¿Quieres corregir para un momento o para toda la vida?