La humildad me ayuda a cambiar mi actitud con mis jugadores

Como verdadero formador debo estar dispuesto a oponerme –contra viento y marea– al mal que se desprende de este deporte si no se enfoca de forma positiva. Por esta causa, vale la pena perder el prestigio como entrenador y gastar hasta las últimas energías. 

Yo pensaba que esto iba a ser fácil y que mi experiencia y mi voluntad iban a realizar el trabajo. Pero estaba equivocado. Todo debe pasar por la humildad. ¡Cuánto me cuesta reconocer mis debilidades! Y, sin embargo, tengo que aceptar que soy débil y que puedo cansarme. Mi camino como entrenador está lleno de errores. 

Y, precisamente, estas experiencias me invitan a mirar hondamente la condición humana, y a hacer menos radicales mis juicios sobre situaciones complejas. No hay sólo dos colores, el blanco y el negro: el mundo no está lleno de malos, por una parte, y de buenos, por otra.

Si acepto humildemente este hecho y miro al centro más íntimo de mi ser, puedo mejorar, al menos, una pequeña porción de la sociedad, que es mi equipo. Y entonces puedo ver, con ojos más limpios, que, aparte de todos los errores, hay mucho bueno y bello en mis jugadores.

Se cuenta que el general Robert Lee habló, en alguna reunión, en los términos más elogiosos sobre algún oficial bajo su mando. Otro militar, que estaba presente, quedó atónito: “General –le dijo– ¿no sabe que el hombre del que habla con tanta admiración es uno de sus peores enemigos, que no pierde ocasión de denigrarle?” “Sí –respondió el general Lee–. Pero me pidieron mi opinión de él, no la opinión que él tiene de mí”.

Soy consciente de que en el mundo del deporte me expongo fácilmente a la crítica y a la murmuración. Todos creen que saben de fútbol y opinan con una gran ligereza sobre el cómo, cuando y con quién. Pero estas críticas no me deben afectar para seguir realizando un trabajo serio con mis jugadores. Sé lo que hago, conozco bien lo que quiero conseguir y nada ni nadie va a influir en mi camino.

Uno de los directivos del club estuvo hace poco hablando conmigo muy en serio sobre algunos temas del equipo. Me dijo, claramente y con mucha suavidad, todas aquellas cosas que yo hacía mal y que no me había dado cuenta nunca. Me hizo ver en un momento lo mal que estaba trabajando. Mi reacción delante de él fue la de defenderme y buscar excusas a sus argumentaciones. Pero aquello había calado hondo en mi. Una sensación durísima de desánimo llenó todo mi ser. ¿Tan mal lo hacía? 

El tiempo y las situaciones de la vida me han hecho darme cuenta de que tengo una nueva oportunidad para cambiar las cosas. Aquello que hasta ahora hacía mal, podía convertirlo en bueno. Simplemente se trataba de aceptarlo y cambiar de actitud. Algo que me había hundido completamente iba a convertirse en el trampolín para cambiar y mejorar mi forma de comunicarme con mis jugadores, de ayudarles de verdad.

Sólo si lucho por ser sinceramente humilde, existe la posibilidad de que el jugador me abra su corazón. A veces conviene hablar primero de mis propias faltas, de los propios errores, como estoy haciendo ahora. Con la humildad que te proporciona la verdad. En ocasiones, son temas sin mucha importancia, pero los escucho y comprendo. He comprobado que si los valoro, a pesar de ser asuntos menores, y le doy la importancia que tienen, cuando aparecen momentos más complicados, no dudan en acudir a mi. Se sienten siempre apoyados por alguien que se manifiesta débil y que comprende.

El sabio chino Laotse dijo hace 25 siglos: “La razón por la cual los ríos y los mares reciben el homenaje de cien torrentes de la montaña es que se mantienen por debajo de ellos. Así son capaces de reinar sobre todos los torrentes de la montaña”. 

De modo parecido tengo que actuar yo como entrenador si quiero formar de verdad: debo colocarme por debajo de mis jugadores. Así, los chicos no sienten mi peso, y no toman mis palabras como un insulto o un desprecio. Desgraciadamente yo no era así. Siempre he aprovechado mi autoridad como entrenador para mirarles por encima, muy por encima. Mi orgullo personal ha cegado durante años mi forma de actuar. Yo soy el entrenador y me vais a escuchar si queréis aprender. No me daba cuenta del tesoro que tenía frente a mi: lo mucho que podía aprender de cada uno de mis jugadores.

Además, he de reconocer que cada jugador del equipo es, realmente, superior a mi en muchos aspectos. Si tengo en cuenta esto, podré aprender siempre de ellos. Incluso del encargado de material puedo enriquecerme. Todos me están enseñando con su forma de ser, de actuar, de comunicarse, de reírse, de escuchar, de comprender, de mirar…

Cuantas lecciones me dan mis jugadores cada día y yo sin darme cuenta por mi falta de humildad. Ahora que les miro desde abajo, puedo valorarlo mejor. Ese pequeño esfuerzo de Juan que yo no era capaz de entender; aquella sonrisa de Miguel cuando fallaba un gol, que ocultaba una fortaleza ante el error que pasaba desapercibida ante mi mirada ciega; esos ánimos de Jorge cuando alguno del equipo conseguía un pequeño éxito, que yo no terminaba de apreciar. 

Pido perdón por tantas faltas de humildad por mi parte que mis jugadores han tenido que aguantar. ¡Cuántas cosas he dejado de aprender por mi estupidez, por situarme siempre por encima de ellos! ¡Qué gran error he cometido durante tantos años! ¡Qué suerte el poder darme cuenta ahora de todo esto! Estoy a tiempo de cambiar.