Son muchas las ocasiones en las que mis jugadores me mandan mensajes que parecen sencillos pero que están llenos de contenido. Y yo, por ese orgullo personal, no me he dado cuenta y me he quedado en al superficie del mensaje, sin darle la importancia que tiene. 

Recuerdo por ejemplo aquel día en que uno me comentó tras el entrenamiento: 

– ¿cuándo ensayaremos las faltas con barrera? 

– Mira Luis, no tenemos tiempo de estas cosas, ya veremos.– Le respondí con rapidez y sin pensarlo mucho.

¿Qué tontería, no? Ahora me doy cuneta de que Luis es un buen lanzador de faltas y sin embargo nunca le he dado la oportunidad de hacerlo porque ya hay otro que las lanza. Quería demostrarme que él era un posible candidato para lanzar las faltas y me lo comunicó de esta forma. No me he dado cuenta hasta ahora. He tenido que recibir un impacto en la cabeza para ser capaz de ver lo que antes no era capaz de intuir. Nunca he sabido escuchar a mis jugadores y me siento muy mal descubriéndolo.

Una de las manifestaciones de mi engreimiento era mi incapacidad de escuchar a mis jugadores. A veces, necesitaba mucho carácter y dominio de mi mismo para no exasperarme inmediatamente y no siempre lo conseguía. Ahora descubro que esos enfados y reproches durante el partido o en un entrenamiento o incluso fuera del campo, son inútiles, porque ponen al jugador a la defensiva y, por lo común, hacen que trate de justificarse. 

Con frecuencia, me sale la crítica fácil tras un error en el campo. Cuánto daño les he hecho en todos estos años. Ahora entiendo lo que pasaba en el equipo. Me tenían miedo y jugaban como bloqueados ya que conocían muy bien mis reacciones si cometían un error. Miedo a fallar, a equivocarse. 

Hería e incluso ridiculizaba al jugador, y eso no sólo no corrige, sino que agrava la situación. Las heridas que provocaba con mi actitud, creaban  resentimientos que perduraban décadas y siguen ardiendo permanentemente. No soportaba la derrota y mi falta de humildad me llevaba a echarles siempre la culpa a mis jugadores. No cabía en mi cabeza que hubiera otra posibilidad. Y era yo el culpable de esos errores. Era yo el que no había sabido conducir al equipo a la victoria, por mi orgullo y mi falta de humildad.

Cuando un jugador se equivoca, quizá lo admita para sus adentros. Y si le sabemos llevar, con suavidad y con tacto, quizá lo acepte también ante nosotros. Pero en mi caso, no ocurría así porque trataba de convencerle a toda costa de que no tenía razón.

Veo ahora con toda claridad que el secreto de un buen entrenador para actuar con tranquilidad consiste en no identificar a la persona con su obra. Todo ser humano es más grande que su culpa. Cada jugador está por encima de sus peores errores. 

Qué importante es que tengamos esto en cuenta en nuestra labor diaria con nuestros jugadores. Entonces el jugador, a pesar de sus errores, es capaz de crecer tan alto como se proponga ya que no encuentra obstáculos en las personas que le rodean. Porque puede, es capaz, aunque sus errores digan aparentemente lo contrario. Confiar en las personas olvidándome de sus errores es lo que hoy acabo de aprender.

He sido intolerante con los errores de mis jugadores. Inmediatamente los etiqueto y los aparto del equipo. Pierdo la confianza en ellos y se la doy a otros, sin más. ¿Hay una forma más cruel de dañar a un jugador joven? Pues eso es lo que yo he estado haciendo. 

Recuerdo, por ejemplo, aquel partido donde nos jugábamos tanto. El portero tuvo un fallo de principiante y le metieron un gol por debajo de sus piernas. Un gol de principiante. Tantas horas de entrenamiento para esto. Todo el esfuerzo del equipo por conseguir la victoria y va el dichoso portero y lo tira todo por la borda. Y yo lo aparté del equipo. Ya nunca más jugó de titular. Le di la responsabilidad al segundo portero. Me imagino el daño que provoqué con mi actitud egoísta, de nuevo.

Lamentablemente actuaba tratando de imponer mi modo de pensar. Y esto no funciona así. No siempre tengo toda la razón. He de permitir hablar primero al jugador. Él sabe más que yo acerca de sus problemas, de sus luchas y sus sufrimientos. 

Es preciso crear en el equipo un clima de confianza en el que todos puedan hablar sin medir sus palabras, puedan mostrar sus debilidades sin temor alguno a que se le censure. Si conseguimos esto, hemos avanzado mucho en la solución de esos errores. 

Pero yo no era así. En mi equipo hablo yo y los jugadores tienen que escucharme. No permito opiniones porque mi orgullo no lo soporta. Me parece una pérdida de tiempo que ellos puedan expresarse porque el que sabe soy yo. Ellos no tienen ni idea de lo que pasa en este mundo del fútbol. 

Gracias a Dios esto ha cambiado definitivamente y ahora espero poder conseguir ese clima que les ayude a crecer con la confianza necesaria. Yo soy el que más puedo aprender de ellos. Tienen mucho que enseñarme. Simplemente he de facilitarles las cosas para que realmente lo hagan.

Es fundamental que me empeñe en el difícil arte de ir al fondo de las cuestiones con mis jugadores. Hasta ahora me quedaba en lo que me decían, sin darme cuenta de lo que en el fondo querían expresar, de no oír solamente palabras, sino mensajes. ¿Será capaz de llegar hasta ahí mi sensibilidad como entrenador? 

Debo ser capaz de asumir la función de papelera o de cubo de basura. Tal vez la escasez de estos “oyentes papelera” sea la causa de una soledad angustiosa de tantos jugadores: están llenos de sentimientos destructivos que no pueden compartir con nadie. Así era yo hasta ahora. Incapaz de ponerme al nivel de mis jugadores para que tuvieran la confianza de poder hablar conmigo de sus problemas. Era inaccesible. El todopoderoso entrenador que no puede  comprender nada de lo que les pasa. Intolerante. Orgulloso. Yo, a lo mío, a ganar partidos, a demostrar al mundo que soy el mejor entrenador, con grandes ideas, con mis sueños y olvidando lo verdaderamente importante que son ellos.

Pero demos un paso más. Suele ocurrir en mis conversaciones que si me veo en desacuerdo con el jugador que me habla, tiendo a interrumpirle. Está claro que  es mejor no hacerlo; así no le ayudo. Él no me prestará atención, mientras tenga todavía una cantidad de ideas y vivencias propias que reclaman expresión. Lo primero no es dar consejos, sino estar al lado del jugador. De nuevo mi orgullo me hacía pensar que lo que iba a salvar a esos jugadores eran mis palabras, mis conocimientos, mis consejos. Ahora me doy cuenta de que no sirven de nada porque lo que buscan mis jugadores es que sepa estar a su lado en los momentos que me necesitan.

Tengo que escuchar, tranquilamente, hasta el final. La palabra que se queda dentro de un jugador puede ser la decisiva. Y justamente esta palabra tiene que salir. Por eso, he de esforzarme para ver, escuchar, sentir cómo, detrás de un sentimiento que se muestra, hay mucho más que permanece oculto; y cuando lo que ha estado oculto es finalmente conocido, puede ser que detrás de ello exista todavía más.

Soy consciente de lo mucho que puedo ayudar a mi equipo si, en lugar de emitir grandes discursos, que lo único que hacen es darle bombo a mi orgullo personal, sale de mi la opción llena de humildad de escuchar siempre antes a mis jugadores. Es evidente que seré mejor entrenador, no por lo bien que hablo, sino porque me intereso por lo que dicen mis jugadores. Todo lo contrario a como me estaba comportando hasta ahora.