El arte de educar requiere amor por parte de los padres y afecto por parte de los profesores. Sin embargo, en otras épocas hubo un exceso de severidad y autoritarismo.
Hoy sabemos que la excelencia educativa es imposible sin atención a los sentimientos. Podemos llamarle EXIGIR CON AFECTO.

Puede parecer algo paradójico la integración de estos dos conceptos y podemos llegar a desequilibrios desagradables:

No nos podemos dejar llevar por los sentimientos:

La obsesión por la felicidad ha sido uno de los problemas en la educación del siglo XVIII. Hume escribió: “todo lo que contribuye a la felicidad de la sociedad merece nuestra aprobación”. Es bueno lo que produce sensación de agrado y es malo lo contrario. Esta teoría queda rebatida claramente basándonos en la idea de que lo bueno o lo malo es independiente del sentimiento que tengamos, se basa en otros criterios objetivos.

¡Cuántas veces tenemos que oír a los padres con hijos deportistas que lo importante es verles felices! Qué más da si juega en una división o en otra, qué más da el resultado del partido. Yo quiero ver a mi hijo feliz.

Es un buen argumento pero hemos de tener cuidado y analizar bien qué es lo que queremos decir con esto. ¿Tenemos claro que lo que queremos es que alcance la felicidad a base de esfuerzo personal? ¿Queda claro que si queremos niños felices hemos de exigirles?

Recuerdo la conversación que tuve con un alumno del plan Marcet de 11 años. El año pasado se le seleccionó para participar en un proyecto de formación especial por sus grandes condiciones como portero y su posible proyección como futbolista. Es un chico algo tímido y muy sensible pero con unas condiciones para el fútbol enormes. El entrenador que tiene ahora le está apretando bastante porque detecta en él un poco de relajación y de exceso de confianza. Para conseguir despertarle del letargo, ha decidido no dejarle pasar ni una, algo que no hacía antes. Ha llegado a exigirle tanto que el chaval está ciertamente desanimado y piensa que su entrenador ya no confía en él. De hecho, ha llamado a otros porteros para que entrenen con él en algunos momentos. Su decepción es enorme y está totalmente desanimado.

A los chicos le notas lo que les pasa mirándoles a la cara. La conversación que tuve con él me confirmó que efectivamente estaba hecho polvo a pesar de ser una persona con mucha voluntad y que no se derrumba por nada.

Me contó que estaba muy desanimado porque su entrenador ya no tenía confianza en él. Le hice ver que su entrenador le aprecia mucho y sabe que puedes llegar a ser un gran portero pero como te aprecia, no quiere que te relajes y te exige lo máximo que puedas dar porque es la única forma de que realmente avances en tu aprendizaje. Te está lanzando un mensaje que tu no has captado: que confía en ti si cambias tu actitud. En lugar de hundirte, lo que debes hacer es esforzarte por ser el de antes, escuchar las correcciones que te haga porque ahí esta la clave de tu mejora. Cuando te esfuerces en esto y cambies, serás feliz aunque te metan muchos goles porque estarás mejorando como portero y como persona.

La respuesta del chico me encantó. Simplemente me dio las gracias. Me pareció una bonita forma de aceptar lo que le estaba transmitiendo y que agradecía el tiempo que le había dedicado.

Por desgracia, en nuestra programación televisiva podemos apreciar que las series de más audiencia el mensaje que nos dan es que el único criterio de conducta es el sentimiento. Una adolescente se enamora de su hermanastra, por ejemplo. Los argumentos que nos dan son sobre la sinceridad que hay en esos sentimientos: están enamorados y no quieren engañar a nadie. No se pueden poner diques al mar. Aunque esta argumentación es errónea, el gran público lo aprueba sin pestañear. Sin embargo, hemos de tener claro que la sinceridad de un sentimiento no lo convierte en bueno ni en malo.

La experiencia nos dice que el camino hacia la libertad pasa por la obediencia. Una nueva paradoja que nos hace pensar que el niño necesita exigencia y ternura.

El padre que ama, educa más y mejor y el que no ama, suele rebajar la tarea educativa a instrucción o adiestramiento. Esto también puede aplicarse al educador. Cuando realmente quiere a sus alumnos, educa mejor y no se preocupa únicamente de instruir o adiestrar.

Esta es una de las razones por las que en la Fundación Marcet trabajamos los valores. Se basa en este criterio tan atractivo de inculcar una formación integral a través del fútbol. No somos entrenadores que enseñamos los secretos del fútbol sino educadores que formamos personas a través del fútbol. Esto es imposible si no queremos a nuestros alumnos. Si los queremos, deseamos lo mejor para ellos y les transmitimos a través de nuestra materia que es el fútbol cómo llegar a ser mejores personas y mejores deportistas.

Este verano acudió una chica de 15 años a nuestro curso. El primer día la colocamos con los de su edad. Pero dado su bajo nivel, la pusimos con niños de menos edad. La chica, que era tímida, le costó adaptarse y los primeros días incluso la vimos llorando, comía separada de los demás, etc.

En cuanto detectamos esto, uno de los profesores se quedó a comer con ella y la tranquilizó un poco. Quedaron en ir charlando cada día para ir viendo su progresión. La atención y el cariño de todos permitió el cambio de actitud de esta chica que terminó el curso emocionada por lo mucho que había aprendido y lo bien que se le había tratado.