Contrastes

Hay entrenadores que aseguran que el fútbol formativo es imposible de compaginar con el competitivo, que busca ganar, ganar y ganar…, ¡como sea! Aseguran que si tienes un equipo en alta competición: división de honor, preferente, etc., te tienes que olvidar del “juego bonito” y buscar la victoria por todos los medios.

Hay otros entrenadores, que pasan bastante desapercibidos y que entienden el fútbol base de otra manera. Su trabajo es conseguir que cada uno de sus jugadores llegue a ser una gran persona y un buen futbolista. Están seguros de que ésta es la única forma de llevar un equipo de futbol base y que se puede conseguir grandes resultados en la competición sin estar obsesionado con la victoria.

Este último fin de semana me desplacé a una población cercana a Barcelona donde el equipo infantil de división de honor juega un partido importante. No sabía, ni me esperaba poder encontrarme con  lo que presencié. La verdad es que me llevé una alegría muy grande. Es la que les quiero transmitir.

Cuando llegué al campo, el partido estaba a punto de empezar. Le pedí permiso al entrenador de mi equipo para sentarme en el banquillo. Es algo que me gusta hacer siempre porque es allí donde puedes enterarte de todo los que sucede en el terreno de juego, excepto de los comentarios de los padres. Para eso, debes estar con ellos en las gradas. Pero lo dejo para otro momento.

La primer impresión que me llevo es la amabilidad con la que me recibe el entrenador de mi equipo y la tranquilidad que me transmite justo antes del partido:

– ¿puedo sentarme en el banquillo?

– sí, claro, puedes sentarte con nosotros…

– pero, ¿nos dirá el árbitro algo?

– no te preocupes, no dirá nada.

Me sorprendió que en un partido de tanto nivel, donde se mira todo y se analiza al milímetro, se permitiera esta circunstancia, pero me alegré y me quedé muy tranquilo.

A unos metros, estaba el entrenador del equipo contrario. Se le veía nervioso aunque intentaba no transmitirlo. Los años en este mundillo me permite detectar estos pequeños detalles con mucha facilidad. Caminaba de un lado a otro en su zona. Tenía cara de pocos amigos.

Se inicia el desfile habitual de los dos equipos acompañados por el árbitro hacia el centro del campo con el cartel de respeto. Me quedo mirando a los dos equipos. Uno va perfectamente uniformado y el otro, con varios jugadores con la camiseta por fuera. Desean parecerse a nuestros ídolos de la tele y les imitan en todo: su corte de pelo, los tatuajes, la forma de vestir, de lanzarse al suelo simulando faltas…

Luego se dan la mano los dos equipos en señal de deportividad. Me gusta este momento del partido. Es muy enriquecedor. Sin embargo, me encanta lo siguiente que veo: los jugadores visitantes, una vez terminados los protocolos de la Federación, se dirigen sonrientes y respetuosos al entrenador del equipo contrario que está en el banquillo para saludarle también.

La cara del entrenador contrario es de sorpresa. La verdad es que es un bonito detalle. Su cara no cambia: sigue nervioso y como si estuviera enfadado. Yo pienso en lo que estará pensando por dentro.

En definitiva, una bella lección de deportividad y ¡todavía no ha empezado el partido!

El árbitro da el pitido y la pelota se pone en juego. El entrenador permanece sentado y tranquilo junto a mí. El otro, también se ha sentado. Ambos equipos salen con todas sus ganas. Mi equipo está luchando por salir del fondo de la tabla y el otro está bien posicionado entre los cinco primeros. La diferencia teórica es abismal.

– veo al equipo muy bien pese a la diferencia grande que hay entre ambos en la tabla de clasificación– le comento a mi entrenador.

En un lance del partido, nuestra defensa comete un error y el delantero rival no perdona. Nos meten el primer gol. Miro de reojo a mi entrenador y me quedo admirado de su reacción. No se inmuta. No hay bronca. No se enfada con el defensa ni le recrimina nada.

– Creo que el defensa no ha estado muy bien en esta jugada – le digo en tono de duda por si no lo ha podido apreciar.

– Es cierto –me dice con mucha calma– pero no hace falta que le diga nada, él ya lo sabe y no consigo nada recriminándole su error. Lo que necesita ahora es mi apoyo.

Mientras me dice esto, se levanta y empieza a aplaudir a sus jugadores que están aturdidos por el contratiempo. Les levanta la moral y les confirma en su total confianza: pueden hacerlo y lo van a superar.

La confianza que les transmite es tan grande que leo en los ojos de los jugadores y en sus mentes una sola idea: el partido lo vamos a levantar. Nuestro entrenador confía en nosotros a pesar del error defensivo. No vamos a defraudarle.

El capitán se ve en la obligación de animar a sus compañeros dentro del campo y la moral se recupera de nuevo mientras ponen el balón en juego desde el medio campo.

El entrenador del equipo contrario ha celebrado el gol como si se tratar de una final. Saca pecho y mira orgulloso a sus chicos. Sigue el partido de pie. Cada error de sus jugadores es reprimido por éste con palabras muy duras imposible de detallar en este escrito:

– !!Me ***** en la abuela de tu madre!!

El entrenador y yo nos miramos alucinados.

Los gritos se oyen en todo el campo. Parece como si estuviera a punto de entrar en el campo y destrozar a alguno de sus jugadores. Quiere dejar clara su autoridad y no va a permitir ningún error.

–Jugamos con ventaja–, me comenta mi entrenador. Con estos gritos, sus jugadores juegan más presionados y con miedo a fallar. Esto nos va de fábula. Es una pena pero sin darse cuenta nos está favoreciendo.

Los dos equipos muestran sus armas y hay oportunidades de gol para ambos. El partido sigue equilibrado.

Me llama la atención ver que aunque íbamos perdiendo, mi entrenador no les recrimine ninguna acción. No pierde la calma.

Cada vez que uno intenta hacer algo con buena intención y falla, él le apoya y le felicita con comentarios muy positivos que no hacen más que llenarles de confianza para seguir intentándolo. De vez en cuando corrige a sus jugadores para que entiendan cómo deben hacerlo en próximas acciones. Todo lo que les dice es con un tono muy positivo, mostrando gran confianza en sus jugadores que se dan cuenta de que su entrenador está encantado con lo que están realizando en el campo. Ni un grito, ni una palabra de desprecio.

Grandes contrastes.

Llega el segundo gol del equipo contrario. Nuestro equipo recibe el impacto. Un segundo gol es casi sentenciar el partido ¡No puede ser! ¡Qué injusto es el fútbol!

Estoy seguro que esto es lo que muchos de nuestros jugadores estaban pensando en ese momento. Se miran incrédulos y bastante agotados. Está ya finalizando la primera parte. Han corrido mucho. Han preparado muy bien el partido durante toda la semana. Han luchado como nunca y lo estaban haciendo bien. ¿Qué está pasando?

No hay nada que decir. Estamos jugando en una categoría muy alta. La de máximo nivel. Los jugadores del equipo contrario tienen mucha calidad y han tenido el acierto de meter un segundo gol. Nosotros también hemos podido hacerlo pero el balón no ha querido entrar.

Empieza la segunda parte con la misma intensidad que en la primera. Los jugadores aprovechan las pequeñas pausas del partido para hidratarse. Se nota que están haciendo un gran esfuerzo.

–Independientemente del resultado, estoy orgulloso de mi equipo porque está jugando muy bien.–me susurra el entrenador. Jugando así nos podemos ir a casa muy satisfechos.

Me quedo sorprendido de nuevo del comentario de mi entrenador. Ni una sola excusa. Ningún reproche. No le afecta la derrota, por lo menos externamente. Pero me sorprende mucho más lo que añade después:

–Creo que vamos a hacer algo más en este partido. Queda mucho tiempo y alguna jugada tendrá su premio.

Mi entrenador no deja de seguir animando a sus jugadores con comentarios siempre muy positivos que no hacen más que incrementar en sus jugadores el convencimiento de que pueden conseguir el gol que les meta de nuevo en el partido. Van perdiendo pero no lo parece en absoluto.

El gol aparece en una jugada preciosa por la banda. Un gol peleado que da alas al equipo.

Sin embargo, el entrenador no se mueve del banquillo. Sonríe y aplaude a sus chicos. Lo único que me comenta es:—Jorge es un jugador que cuando no le salen las cosas, se pone nervioso y no juega como sabe. Es un gran jugador. Ahora lo verás diferente. Estamos trabajando con él este aspecto porque es algo que le bloquea completamente. Me alegro por él.

El entrenador del equipo contrario ha recibido el gol con una monumental bronca a su defensa. Gesticula y maldice a todo su equipo. Introduce cambios y comenta en voz alta las atrocidades que ha cometido su equipo. Aumenta el terror entre sus jugadores que no saben como reaccionar. Realiza cambios en sus líneas y exige más concentración en la defensa.

El partido continúa con jugadas extraordinarias por ambos lados. El tiempo corre y parece que el partido puede terminar con este resultado. Pero los chicos de mi equipo sacan fuerzas de no se sabe dónde y aprietan cada vez más, conducidos magistralmente por su entrenador que se limita a seguir felicitando a sus jugadores en cada una de las acciones que realizan.

Hace cambios porque han de jugar todos. Habla con su segundo entrenador para decidir que personas deben salir del campo. Es consciente de que los que entran no tienen el mismo nivel pero pertenecen al equipo y tienen todo el derecho a jugar. Los cambios son acertados y el equipo sigue apretando con la misma eficacia. Los que han entrado, lo dan todo. Se nota que el equipo está muy unido y entre ellos se animan. Los más limitados se sienten perfectamente arropados por los demás y eso les impulsa a jugar al límite de sus posibilidades.

El otro entrenador mira el reloj y se da cuenta de que el partido no se le puede escapar. No entiende como un equipo que va en la parte más baja de la clasificación pueda darles tanto trabajo. No se lo esperaba. Las indicaciones a sus jugadores son muy claras. Hay que defender el resultado intentando no arriesgar en ninguna jugada. Despejar balones y olvidarse de jugar al fútbol. Se producen entradas muy al límite.

El entrenador, cuando un jugador nuestro se escapa en un robo de balón o en un contraataque, repite insistentemente:

–Pepe, pepe.

Ahora sabemos que esto significaba falta, falta (hazle una falta, que no siga con el balón) Impresionante. ¿Cómo es posible que un entrenador pueda dar indicaciones de este tipo a sus jugadores? No me lo podía creer.

Pero el futbol, a veces es justo y el gol del empate llegó. Nuestro delantero recibe un balón dentro del área, lo controla y remata a la red. Apoteósico. Impresionante. La alegría de nuestros jugadores es indescriptible. Están agotados y queda poco tiempo para finalizar el partido.

No podemos describir la reacción del entrenador contrario. Casi se va del campo, enfadado con su equipo, que no ha sabido mantener el resultado como les había pedido. Critica a unos y a otros.  No deja sano a ninguno.

Viendo la escena, lo primero que pienso es: ¿acaso él no tiene la culpa de todo? ¿No es su entrenador? ¿Dónde están tus responsabilidades? ¿Quizá tu falta de humildad, tu soberbia no te deja ver la realidad de los que está pasando? Tenía ganas de decirle: no grites tanto porque parte de la culpa del resultado es tuya. Debes empezar aceptando tus errores.

Ni una acción antideportiva para perder tiempo y conservar el resultado. Nuestro entrenador les indica a sus jugadores el tiempo que les queda y les pide ir a por el gol de la victoria.

El árbitro pita el final del partido y algunos jugadores de mi equipo caen agotados al suelo. Lo han dado todo. Están muy satisfechos. Enseguida van a dar la mano a los jugadores del equipo contrario. Pero…¿dónde está su entrenador? Lo veo alejarse hacia la puerta del vestuario que está al otro lado del campo. ¿Será posible que abandone el campo sin saludar a nadie? No consigo entenderlo. ¿Qué harán los jugadores del equipo contrario? Muchos lo imitan. Normal.

Contrastes. Muchos contrastes.

En el viaje de vuelta, mientras conducía el coche, tuve tiempo de pensar en todo lo que había podido ver esa mañana soleada del mes de febrero. Estaba orgullosos de tener entrenadores capaces de demostrar en división de honor que se puede competir muy bien sin olvidarse de lo más importante que es formar a sus jugadores.