Hoy es un día especial. Celebramos el cumpleaños de Carlos, Álvaro y Aleix. Después del entrenamiento organizamos una pequeña fiesta con un pastel y un pequeño detalle para cada uno. Es algo que a los chicos les gusta y crea mucha amistad entre ellos. Los padres esperan pacientes a que termine su pequeña fiesta para llevarse  a sus hijos.

Dos jugadores se quedan rezagados cuando el resto de los padres ya se ha ido. Son las 20,00 horas pasadas. Tienen 13 años. Carlos y su amigo cogerán el metro juntos para llegar a sus casas. Les queda media hora de trayecto.

– bueno, Carlos, ¿no te viene a buscar tu padre?

Carlos sonríe, como siempre.

– ¿mi padre? ¡qué va! Yo siempre me voy a casa solo. Nadie me recoge.

En esos momentos, al otro lado de la ciudad, los padres de Carlos están intentando cerrar su tienda de alimentos dietéticos y despidiendo a su último cliente pero no hay forma.

Uno de los profesores de la Fundación que conoce bien el caso de sus padres, les comenta algo que no se esperaban:

–Carlos, te felicito porque tienes unos padres muy buenos. Da mucha pena ver a tantos niños que sus papás les llevan la bolsa, los trasladan a sus casas con un buen bocadillo y les preparan la cena para que sean felices y no lo son. Tu padre, sin embargo, te está educando dándote todas estas responsabilidades. Tienes edad para trasladarte al entrenamiento por tu cuenta y eso te hace ser una persona más responsable, con iniciativa, con más recursos para cualquier asunto.

Es cierto que muchos viven lejos y no pueden desplazarse sin sus padres pero quizá otros podrían irse por su cuenta porque viven cerca pero prefieren que les lleven sus padres. Y los padres acceden. Con 12 y 13 años vienen algunos días avergonzados porque su madre no les ha puesto las medias para el entrenamiento. ¿Es posible que esto esté ocurriendo? ¿Qué tipo de hijos estamos formando?

Pablo es un gran futbolista, con una técnica y una velocidad impresionante. Los partidos de los infantiles ya tienen una intensidad bastante alta y los golpes y dolores en el cuerpo son frecuentes. La actitud de este jugador es increíble. Puede estar jugando un gran partido y pedirte el cambio (¡cuantos niños aguantarían el dolor para poder jugar más minutos en el partido!) porque le duele un golpe que le han dado en la pierna o porque está muy cansado.

En otros momentos no es un dolor físico sino una dificultad personal. !Me han sacado en un puesto que no es el mío y no me siento cómodo! Y ya no son capaces de salir adelante. En lugar de intentar superar la barrera que tienen, se hunden en la miseria y empiezan a verlo todo negativo. Que si el entrenador, que si tal jugador, etc.

Hoy, en el entrenamiento, Carlos comenta a su entrenador que su amigo no ha venido porque tiene un examen muy difícil. Su amigo estaba haciendo una buena temporada pero esta falta le puede llevar de nuevo al banquillo. El entrenador le comenta a Carlos que es una pena que su amigo fallara por este motivo porque se pueden hacer las dos cosas si uno se organiza bien y prepara el examen con tiempo. Pero estamos en las mismas, cuando debes enfrentarte a una dificultad, en lugar de atacarla con valentía te bloqueas y tiendes a huir del esfuerzo buscando soluciones fáciles y equivocadas.

Padres con las ideas poco claras.

Este verano ha aparecido un nuevo caso extremo de niño especialmente protegido. El primer día vino con su padre de la mano. Tendría 8 o 9 años. Ya nos advirtió que le costaba mucho comer. Pero aquello solo era el principio de un importante problema, como veremos a continuación.

Como todos los casos que vamos encontrando, en principio le dijimos al padre que nos lo dejara en nuestras manos y que se olvidara de su hijo.

Sorprendentemente, no lo hizo y siempre lo veíamos por ahí. El padre no quiso contarnos el verdadero problema al que nos estábamos enfrentando y, según nos comentó después, pensaba que al segundo día se aclimataría.

Llegó la hora de comer y se negó a comer. El profesor, siguiendo el protocolo, le aclaró que debía comérselo todo si quería seguir en el curso. El niño parece que es un buen jugador. Después de un trabajo arduo, se comió algo de lo que le pusimos pero luego lo vomitó. Esto nos preocupó bastante porque no era lo normal.

El padre apareció por allí y le quiso comprar un bocadillo pero nosotros nos negamos porque si podía comer un bocadillo, también podía comer lo que nosotros le poníamos.

Por la tarde, le vimos al padre rondando por el campo de entrenamiento y el niño estaba siempre controlando su presencia. Parece ser que le había pedido a su padre: ¿estarás en el entrenamiento?

Pudimos comprobar que no estaba nada centrado en el entrenamiento y le indicamos a su padre que no era bueno su presencia allí con lo que desapareció. El niño empezó a llorar. No quería entrenar.

Al día siguiente, íbamos a ir a una piscina externa a nuestra instalación y el niño se negó a ir. Le aclaramos que íbamos todos, que no se quedaba nadie y su reacción fue tan simple como empezar a llorar pero una forma de llorar exagerada. Que no, que él no quería ir a la piscina.
Nos empezamos a dar cuenta que el problema no era que no comía bien sino que estábamos frente a un niño que dominaba perfectamente a su padre. No hablamos de la madre porque fue el padre el que se desplazó allí desde una ciudad española.

La decisión estaba tomada. Este niño no podía quedarse allí porque los lloros eran tan fuertes y sonoros que amenazaban con la sana convivencia que se estaba consiguiendo en el resto del grupo. No era bueno para los demás estar sufriendo una situación como esta.

Le comentamos al niño y a su padre que si no comía, no se bañaba y no hacía una vida normal, no podía seguir así. El niño no se rebajó lo más mínimo y el padre se lo llevó con gran pena porque había podido comprobar lo mucho que su hijo podía haber aprendido en esos 10 días.

Para darle una oportunidad, le comentamos al padre que volviera mañana con más calma y con tiempo para hablar con el hijo y conseguir que cambiara de actitud.

El padre volvió al día siguiente para intentarlo pero el niño no había cambiado y tomamos la decisión de que no había nada que hacer por ahora ya que había un problema más gordo por resolver: el exceso de protección que el niño tenía por parte de su padre.

Estuvimos hablando bastante tiempo. El padre se daba cuenta de que algo no había funcionado bien y que la culpa era suya por haberle protegido desde pequeño. El padre tiene un carácter fuerte pero con el niño no ha sido capaz y no lo domina. Ahora es el niño quien domina al padre. Su comportamiento denota una inmadurez muy alta, como si fuera un bebe que todo lo quiere y lo consigue a base de lloros. Cuando se encuentra con una dificultad, en lugar de esforzarse por superarla, acude a su padre para que se la solucione. Siempre ha estado demasiado pendiente de él.

Lo que más me preocupaba es que no sabía cómo resolver el problema que tenía con su hijo. Yo le animé a verlo como algo solucionable y que debía acudir a un especialista para que le ayude a él, no a su hijo, a cambiar de guión en casa. Que debía ser poco a poco y que, por suerte, el niño era todavía pequeño y podíamos conseguir muchas cosas todavía. Que en cuanto la actitud del niño mejorara, estamos con los brazos abiertos para recibirle de nuevo. Que le iba a costar pero que valía la pena ponerse manos a la obra para solucionar el problema más importante que en esos momentos tenían: su hijo.

Cuento esta anécdota con tanto detalle porque me parece que, aunque no de forma tan extrema, muchos padres pueden verse reflejados en esta historia y puede ayudaros el ver que a los niños, aunque se nos enternezca el corazón hay que exigirles aunque sea con mucho cariño pero sin ceder en ningún momento y antes de que nos ganen la partida y sea demasiado tarde para cambiarlo. Que no tengamos que lamentarnos de una situación parecida por ser padres demasiado blandos. No os dais cuenta del daño que les estáis haciendo con vuestra actitud.

Me viene a la memoria un alumno de 11 o 12 años que destaca por sus buenas notas, su buen comportamiento y su simpatía. Los padres de este chico se dan cuenta de que el niño es un diez y hemos notado que le dan todo lo que pide. Alguna vez les he comentado que esto no es bueno y entonces me responden diciendo que no son capaces de negarle nada  a un niño así. Personalmente me preocupa porque hemos empezado a notar con su entrenador que tiene fuertes altibajos, que el esfuerzo es algo que no va con él, que tiene una vida muy regalada y que eso no puede ser, le está haciendo mucho daño.

Es una historia que no ha terminado pero puede ayudarnos a pensar cómo estoy educando a mis hijos para que el día de mañana sean capaces de superar todas las dificultades que se irán encontrando en el camino y no se derrumben a la primera de cambio.

!Qué gran responsabilidad la que tenemos delante!