––No sé si sabes que hace mucho tiempo existió una guerra mundial donde unos países luchaban contra los otros y se destruyeron muchas vidas.

––Sí, si lo he oído contar muchas veces, ––respondió uno de los jugadores del equipo que escuchaba atentamente. Hay películas que explican cosas que ocurrieron en esa horrible guerra.

Mientras me concentro para explicarlo, noto como los ojos de todos esos jugadores de fútbol están clavados en mi. Cierro los ojos, levantó los brazos y muevo los dedos como si fueran aviones:

––Un grupo de cazas ingleses vuelan sobre el Océano Pacífico en territorio japonés. Su objetivo es bombardear las bases navales que los japoneses tienen por la zona. Mientras el jefe de la escuadrilla va dando instrucciones, un barco acorazado japonés llamado Yamato detecta a los aviones y se dispone a derribarlos. 

––¿No se dieron cuenta los aviones que estaba allí este destructor? ––Pregunta uno de los asistentes. 

––Cuando comienza un partido de fútbol, el entrenador te indica cuál es el objetivo y cómo podemos ganar al rival. Pero muchas veces no nos damos cuenta de que el rival es más de lo que nosotros pensamos y nos llevamos una sorpresa que no esperamos. Nunca menosprecies a tus rivales por pequeños e inofensivos que parezcan. Desde el aire, todo se ve pequeño pero el destructor japonés era muy poderoso. Yo pienso que se confiaron un poco.

Los chicos asentían con la cabeza lo que les contaba y se veía que tomaban nota del consejo que tantas veces habían escuchado pero que ahora lo recibían de forma diferente.

––Los cañones antiaéreos giraban en dirección a los aviones y con una puntería extraordinaria iban cayendo algunos de ellos. Al cabo de unos minutos el cielo vuelve a estar despejado de aviones ingleses y se puede percibir manchas blancas en el cielo. Son los paracaídas de los pilotos que se han lanzado del avión para sobrevivir. ¡Están cayendo al mar! Se ahogarán o morirán en poco tiempo. El agua está muy fría y no hay forma de llegar a ninguna costa cercana.

––¿Cuántos aviones derribaron los japoneses? ––Preguntó uno de los que estaba en la primera fila escuchando atentamente.

––Muchos, unos 30 o 40 paracaídas se podían contar.––respondí mientras miraba las caras de aquellos niños que se veía que les apenaba la situación. Pero, el general del acorazado japonés dio órdenes para mandar lanchas salvavidas y recoger a los pilotos ingleses antes de que se ahogaran.

––¿Qué estarían pensando los soldados ingleses mientras caían al mar? ––Les preguntaba a los chicos con la idea de darles una nueva visión de sus partidos de fútbol.

––Supongo que estarían pensando cómo salvar su vida en esos momentos––respondió uno.

––Me imagino que estaría llorando de rabia por haber sido derribado,––añadió otro.

––Exacto, añadí rápidamente, ––es algo parecido a lo que nos pasa cuando perdemos un partido o nos meten un gol. La primera reacción puede ser esta, pero inmediatamente hemos de ser optimistas y pensar en la forma de salvarse. Pero si uno empieza a llorar porque le han metido un gol, o a protestar porque su portero ha tenido un fallo, se hunde y no le ayuda su actitud a seguir adelante. Además, el buen ejemplo que das a tus compañeros es importante para que se sientan más capaces de salir de esta situación. Perder es una posibilidad que puede ocurrir en cualquier momento pero no debe afectarnos más que en positivo para ver cómo puedo hacerlo mejor la próxima vez. Los paracaidistas pensaron en lo peor mientras caían al agua pero el optimismo de algunos animó a los demás a seguir esforzándose por salir de esa situación tan horrible. Cuando las fuerzas ya estaban al límite, algunos soldados pudieron escuchar el ruido del motor de la lancha salvavidas. ¡Los japoneses iban a salvarlos!

Las caras de los chicos se muestran más aliviadas tras la tensión de los soldados en el mar luchando por sus vidas. 

––Una vez más, vemos que nunca hemos de rendirnos, parecía que iban a morir y se salvan. Parece que vas a perder el partido y, un cambio repentino, le da la vuelta al marcador y terminas venciendo. ¿Aprenderás a no ser tan cenizo cuando juegas al fútbol? ¿Te das cuenta de que no hay nada imposible mientras dependamos de nosotros mismos? Debes confiar más en ti mismo y en tus compañeros aunque te afecten las situaciones adversas en las que puedes encontrarte. Cuando se pierde, todo es negativo: el entrenador se equivocó, el árbitro va contra nosotros, los rivales jugaron muy sucio, el campo era muy pequeño, etc. Y esto solo sirve para hundirte más en las aguas del océano.

Da gusto ver cómo los chicos escuchaban la historia con gran interés y como van asimilando esos pequeños conceptos que surgen en sus entrenamientos y partidos.

––Los metieron a todos en un campo de prisioneros japonés. Allí la vida era muy dura. Levantarse pronto, antes de que salga el sol y salir con un pico y una pala a construir el ferrocarril hasta la puesta de sol, hacia las cinco de la tarde. Y sin comer apenas nada: un plato sopero con agua caliente y una patata o un poco de arroz. Esa era la única comida que les daban.

––¡Vaya palizas, quizá era mejor haberse hundido en el mar!-añade uno.––Yo no sería capaz de aguantar todo esto.

––Precisamente esto me recuerda lo mucho que a algunos les cuesta levantarse por la mañana y se hacen los perezosos en la cama. Total para luego ir al colegio y jugar con los amigos.––añadí aprovechando la ocasión para dejarles claro que esto no formaba parte de lo que debe ser un buen deportista y que había que cambiarlo.

––Sí, esto está muy bien decirlo pero a la hora de la verdad, se está tan bien en la cama que siempre encuentras una excusa para alargar un poco la levantada––Comenta otro de los jugadores mientras sonríen los demás.

––Por eso os cuento esta historia, para que os acordéis de que hay otras personas en el mundo que nos dan ejemplo y, a pesar de soportar un enorme esfuerzo físico cada día, se levantaban muy pronto sin rechistar. Y lo peor de todo es que no les esperaba un desayuno como el que os prepara vuestra madre. No comían nada hasta el mediodía o la tarde, y se lo tomaban sin rechistar porque sabían que hasta el día siguiente no había nada más. O comes, o mueres por debilidad. Aquí nos dan un bocadillo cada día después de los entrenamientos y enseguida miramos si es de chorizo o de queso. El queso no me gusta y el chorizo no puedo tomarlo con lo que lo rechazamos y le pedimos a papá que nos compre un bocadillo recién calentito. A la hora de comer, mamá nos pone un poco de verdura o pescado y ya estamos diciendo que eso no me lo como, que no me gusta. Piensa en esos valientes soldados ingleses que comían o devoraban todo lo que les daban para poder sobrevivir sin mirar lo que había en el plato. 

––Es muy difícil lo que nos pides porque algunas cosas las vomito––comenta uno que está sentado en la última fila mientras los demás ponen una cara de asco divertida.

––Es cuestión de ir poco a poco acostumbrándose a comer de todo, pienso que es un gran consejo que debéis plantearos. El problema es que muchas madres se ponen muy blandas y aprovecháis la situación para comer solo lo que os apetece. Un día ya no estará vuestra madre y os daréis cuenta de lo mal que coméis. La gente que os vea dirá: “qué niño mas mimado, no le gusta nada. O al revés, si ven que coméis de todo, dirán qué bien educado está y serás un ejemplo para los demás. ¡Cuántos pensabais que algún tipo de comida no podíais ni tragarla y con el tiempo ya os gusta y la tomáis!: la lechuga o el tomate o las aceitunas o el atún o el pescado. Cada uno verá pero ahí queda el ejemplo de estos soldados ingleses.

Les dejo un poco pensativos porque soy consciente de lo complicado que es para un niño comer de todo. Seguro que muchos de los que  me escuchaban estaban marcándose objetivos de mejora en este asunto. Otros, posiblemente estaban buscando la excusa para seguir esquivando este tema. Siempre he dicho que, al final, la diferencia entre uno que alcanza la meta y el que no es un problema de actitud, de ganas de hacer las cosas bien aunque cueste. Pero la historia continúa:

––Una tarde, cuando los prisioneros volvían de trabajar, como era costumbre, contaban las herramientas antes de guardarlas en unas cajas de madera. Lo hacían porque los japoneses querían evitar las fugas de prisioneros. Las palas podías servir para construir pasos subterráneos. Ya  habían conseguido huir alguna vez de esta forma, escondiendo las palas. Pues bien, empezó el recuento de las sesenta palas, como cada día. Pero ese día contaron solo 59 palas. ¿Dónde estaba la pala que faltaba? Empezaron a buscarla por todo el campamento pero no la encontraron y el militar japonés responsable del recuento, llamó alarmado al general al mando del campamento. Estaba muy irritado. Mientras, se formó a todos los prisioneros en la explanada para tenerlos controlados mientras los soldados japoneses apuntaban a sus cabezas.

––¿Quién había sido?––pregunta un niño de la primera fila que estaba escuchando el relato con máximo interés.

––Pronto lo sabrás…––le dije mirándole a los ojos con una sonrisa mientras seguía el relato. Cuando llega el general japonés a la explanada, se coloca delante de los prisioneros. Se le ve muy enfadado:

––Los intentos de fuga se pagan con la muerte. ––gritó el general mientras sacaba su pistola repleta de balas dispuesto a solucionar el problema sin contemplaciones.––Sí no sale ahora mismo el que ha robado la pala, empiezo a disparar un tiro cada 30 segundos––gritó mientras apuntaba al que tenía en esos momentos más cercano.

––El silencio en la explanada era total. Muchos estaban muertos de miedo porque veían al general capaz de cualquier barbaridad––explico a los que me escuchan para dejar claras sus intenciones. ––Sin embargo, nadie salía. Eso me recuerda a situaciones parecidas en las que nos cuesta mucho decir la verdad. ¿Alguien me cuenta alguna?

––Yo recuerdo aquella historia del jugador alemán Klose que nos contaste la última vez.––responde un niño que había levantado la mano para intervenir.

––Cuenta , cuenta, ¿qué es lo que recuerdas?––le digo disfrutando de la intervención.

––Klose era un gran delantero, máximo goleador en su país y en la selección nacional. En una ocasión, cuando el partido estaba complicado y se jugaban mucho, recibió un pase cerca del área contraria y condujo el balón hacia dentro para sortear a dos defensas que le cerraban el paso, con tal mala suerte que resbaló y cayó al suelo, perdiendo el balón. El público inmediatamente pidió penalti ya que desde las gradas parecía que uno de los defensas a le había derribado y el árbitro lo pitó porque realmente parecía derribo. Sin embargo Klose sabía que aquello no era penalti porque nadie le había derribado. Mientras estaba en el suelo, fue pensando en qué es lo que tenía que hacer. La culpa no era suya porque él no se había tirado sino que había resbalado. Por tanto, si el árbitro pitaba penalti pues mejor para él y para su equipo. Pero por otro lado, se daba cuenta de que era injusto ganar de esta forma. Tomo la decisión correcta y le dijo al árbitro que no era penalti, que había resbalado. El árbitro no quiso cambiar de opinión y obligó a lanzar el penalti. Klose pensó de nuevo que había dicho la verdad y si el árbitro no quería cambiar ya no era culpa suya. El había sido sincero. Pero no tenía la conciencia tranquila y pensó que estaba en sus manos poder cambiar la situación: decidió lanzar el penalti fuera de la portería. Los aplausos en el estadio duraron mucho tiempo. El partido se perdió pero Klose había dejado muy claro que hay cosas más importantes que los puntos en un partido. Y el tiempo le daría la razón porque son muchos los jugadores que han repetido su hazaña, recordando el buen ejemplo de Klose. Tanto es así que, al final de la temporada, recibió el galardón más importante de su vida: el premio al juego limpio y a la deportividad al que toda la prensa deportiva hizo eco y todavía recuerdan.

––Bastante bien,––añado impresionado por su exposición. No tenía más de 12 años pero aquello se le había quedado bien grabado. –¿Alguien más recuerda algo que le haya sucedido en algún partido o entrenamiento parecido a lo que estaba sucediendo en el campamento de prisioneros?––pregunto con la ilusión de recibir más experiencias personales.

Varios levantan la mano con lo que veo que aquello se puede alargar demasiado y escojo uno que todavía no había intervenido ninguna vez:

––En mi equipo tuvimos un problema porque en el vestuario alguien se metió con el portero porque en ese partido habíamos perdido por culpa de un fallo garrafal en los últimos minutos del partido. El niño salió llorando del vestuario y no quiso decir nada para no acusar a nadie pero le dijo a su madre que quería dejar el equipo. El entrenador reunió a los jugadores el lunes siguiente y les contó lo que había sucedido. Habían perdido al portero. Quería saber quién había sido. Nadie se atrevió a salir. El entrenador amenazó con disolver el equipo si no salía el culpable.

––ßien, muy bien––le corté inmediatamente. Veo que es bastante parecido a lo que estoy contando pero no quiero que tu historia se adelante a la mía con lo que continúo: 

Estaba realmente sorprendido de la semejanza de ambas historias y de lo bien que había captado el mensaje este chico. La situación era calcada solo que trasladada al mundo del fútbol y en situación completamente real.

––Durante el silencio mortal que se escuchaba en aquella explanada repleta de prisioneros, se podían ver caras que expresaban terror, miedo, desolación, tristeza, odio, incomprensión…Todo lo que a uno le puede pasar por la cabeza en ese momento tan crítico. Algunos temblaban o lloraban reconociendo la cercanía de la muerte en esos momentos tan dramáticos. El general, viendo que nadie se atrevía a salir, levantó la pistola al aire para que se viera bien y le quitó el gatillo mientras apuntaba al prisionero más cercano a su cabeza…De repente, un prisionero dio un paso adelante mientras gritaba: “¡alto, he sido yo! No dispare. Yo escondí la pala.”

––Uff, menos mal, ––comentó uno de los niños que estaba en gran tensión. Por fin salió el culpable.

––Los prisioneros, que estaban a punto de ver la primera ejecución, respiraron tranquilos tras esa fuerte tensión. ––Continué el relato. ––Pensaban para sus adentros:  “¡Por fin ha salido el culpable!, ¿cómo se le ocurre intentar escapar?, ¿no se da cuenta del peligro que corremos todos por su culpa? Han estado a punto de morir muchos inocentes.” 

––A mi me parece muy valiente porque podía haberse callado y nadie le hubiera descubierto. Ahora, seguro que el general japonés le castiga y bien castigado. ––comenta uno de los jugadores que parece totalmente metido en la historia. ––Pero de esta forma consigue salvar a muchos prisioneros de una muerte segura e injusta. 

––Pues a mi me parece que muchas veces nos equivocamos con nuestros propios juicios––añade otro con gran desparpajo. ––nunca hemos de juzgar las acciones de otros porque no sabemos las razones por las que las hace y cometemos injusticias pensando más de él. Lo aprendí con mi entrenador porque yo me enfadaba cuando uno de los jugadores del equipo llegaba tarde al partido y el entrenador no le decía nada. Luego supe que venía de muy lejos y que hacía un esfuerzo muy grande para llegar y que el entrenador le había permitido llegar un poco más tarde. ¿Quién sabe lo que le estaba pasando a ese prisionero para intentar una fuga tan peligrosa? No somos nadie para ir juzgando lo que hacen los demás. Es mejor primero mirarnos a nosotros mismos y nos daremos cuenta de que hemos de ser más comprensivos. 

Ya se ve que la historia daba mucho de sí pero tenía que conseguir terminarla con lo que tras sonreír al chico que había intervenido indicándole que estaba totalmente de acuerdo, me dispuse a seguir con el relato:

––El general japonés al ver que salía el culpable, se tranquilizó un poco y se dirigió hacia el individuo que, con la cabeza mirando al suelo, reconocía su delito. Todos los ojos se clavaron en él. El general pidió una vara que utilizaban para golpear a los prisioneros cuando realizaban sus trabajos si se les veía aflojar y pidió que le ataran las manos con una cuerda. Lo pusieron de rodillas y con una venda en los ojos para que no viera nada. Delante de los demás prisioneros, empezó a golpearle hasta que cayó desmayado en el suelo. Luego le lanzaron un cubo de agua para que se desparejara y lo mandaron, moribundo, al calabozo. Había sido un buen ejemplo para los demás y el general gritando, dejó claro al resto de prisioneros que era imposible fugarse de allí y que el que lo intentara, sufriría el mismo tormento. Mandó a los pabellones a los prisioneros y desapareció.

––¿Qué le pasó al prisionero ladrón de la pala? ––Preguntaron algunos chicos, algo preocupados por las consecuencias de una pajiza tan brutal.

––Un grupo de prisioneros intentó recuperarle con las pocas cosas que tenían: agua, trozos de ropa, un poco de aceite para las heridas mas graves…Incluso algunos dejaron de comer esos días e intentaron que se recuperara con un poco más de comida, porque estaba muy mal. A los pocos días de la paliza, falleció.––respondí con pena porque sabía que esto les estaba afectando un poco.

––Pues a mi me parece que los prisioneros se portaron muy bien con el moribundo. A pesar de haberles estado a punto de poner en peligro a todos.––Indicó una chica que deseaba darle una visión más positiva a la historia.

––La verdad es que así es. Me encantaría que vosotros, mientras estáis jugando al fútbol, actuarais de la misma forma. Hay muchas situaciones en las que podéis ayudar aunque cueste un poco. Se trata de pensar más en los demás y no tanto en uno mismo. Se llama generosidad. Cuando un chico falla un gol delante de la portería, en lugar de criticarle, podemos animarle y hacerle ver que esto le pasa a cualquiera y que adelante, la próxima ya saldrá. Cuando al portero le meten tres goles en el partido y por su culpa perdemos, estar atentos al final del partido para felicitarle por sus buenas paradas y hacerle olvidar los errores. O, por ejemplo, cuando termina el partido y hemos ganado, ser capaces de ir al equipo contrario para decirles lo bien que han jugado. Fuera del campo, cuando uno se lesiona o se pone enfermo, tener la iniciativa de llamarle a casa o irle a ver al hospital para que se sienta bien querido por sus compañeros. Podríamos seguir pero ya veis que es una lista interminable y se parece mucho a lo que hicieron los presos con el ladrón moribundo.

Los chicos querían poner más ejemplos de cosas que les habían pasado a ellos pero el tiempo corre y la historia tiene que terminarse. Todavía queda lo mejor. Por eso les interrumpí y continué:

––De nuevo los prisioneros estaban solos en la explanada esperando la orden de irse a dormir. El responsable de los prisioneros ordenó al soldado japonés que volviera a contar las palas, no fuera que faltaran más. Empezó a contar de nuevo: 58, 59 y 60. ¿60? Mandó contar otra vez y de nuevo salían 60 palas. ¡No faltaba ninguna! ¿Qué había pasado? Simplemente que en el primer recuento, se habían equivocado y pensaron que faltaba una pero en realidad estaba todas. El oficial al mando se había puesto nervioso y, al no encontrarla por ningún sitio, en lugar de volver a contar, llamó inmediatamente al general y el resto de la historia ya la conocéis.

––Entonces, ¿por qué ese prisionero se había presentado como culpable?––Preguntaron varios a la vez, un poco desconcertados.

––Porque al ver que no aparecía el culpable, para salvar a los demás, se presentó sin tener ninguna culpa. 

Un silencio sepulcral invade la sala donde estoy contando la historia. Estas cosas impresionan mucho porque son muy heroicas. Había entregado su vida para salvar a los demás y lo había conseguido. Seguí la historia:

––La noticia corrió por todo el campamento de prisioneros, impresionados por la acción de este gran soldado: había ofrecido su vida para salvar a los demás. Estaban tan agradecidos que pensaron que su muerte no había sido en vano. A partir de ese momento, las cosas cambiaron entre ellos. Se ayudaban en todo como si fueran hermanos: si uno estaba enfermo, los demás intentaban cuidarle y hacer su trabajo. Si alguno lo estaba pasando mal, en seguida había dos o tres que le acompañaban para animarle y superar el momento. Poco a poco fue cambiando el ambiente del campo de prisioneros. Incluso los soldados japoneses se dieron cuenta del suceso y fueron mucho más transigentes con los prisioneros. 

––Yo creo que el buen ejemplo siempre arrastra a los demás. ––comenta una de las chicas más espabiladas del grupo. Yo lo noto en los partidos. Cuando juego con Ana, como siempre lo da todo en los entrenamientos y en los partidos, yo también me animo a jugar poniendo todo lo que llevo dentro. Eso es muy bueno. Y aún así, a veces perdemos, pero verla cómo va a felicitar al equipo contrario como si nada hubiera ocurrido, hace que yo la imite en todo esto. No sé, creo que es muy importante el ejemplo que podamos dar en el equipo para sacarlo adelante.

––Muy buena aportación.––Yo no lo podría haber hecho mejor. Creo que es muy valiosa esta idea y os puede servir para aplicarlo siempre. Pensad en la responsabilidad de dar ejemplo. 

Siempre he pensado que estas historias son muy útiles para poder inculcarles los valores que existen en el deporte. Por eso me animé a seguir con el relato que ya estaba llegando a su fin:

––La Segunda Guerra Mundial estaba llegando a su fin y los japoneses lo sabían porque los americanos habían lanzado hace poco una segunda bomba atómica sobre la ciudad de Hiroshima. Miles de japoneses murieron y Japón se rindió. En el campo de prisioneros se enteraron de la rendición por medio de algunos japoneses que lo contaron. La alegría de los prisioneros era muy grande porque en breve llegarían las tropas aliadas para rescatarles como así fue. Cuando entraron en el campo de prisioneros, los japoneses sacaron su bandera blanca en señal de paz y arrojaron sus armas. Pero ocurrió algo inesperado por parte de los prisioneros. Normalmente, al verse libres y apreciar que los japoneses estaban desarmados, podían aprovechar la situación para vengarse y dar una paliza a sus guardianes, que tan mal les habían tratado en su momento pero, recordando al soldado muerto, lo único que surgió en ellos fue una reacción de perdón hacia los japoneses y se colocaron delante del ejercito que entraba en el campamento para protegerlos gritando todos a una: “es el final de la guerra, es momento de perdonar”. Hubo un silencio largo en el campamento. Los soldados llevaban comida y medicinas que compartieron con todos. 

––A mi me cuesta mucho perdonar cuando me dan esas patadas por detrás porque son intencionadas. Pero ahora veo que si esos prisioneros fueron capaces de perdonar todo lo que les habían hecho esos japoneses, esas patadas no son nada y he de saber responder con el perdón. Es la mejor respuesta que podría dar ante una agresión.––resumió uno de los participantes.

––Efectivamente, esta historia es real. Sucedió para que todos nosotros seamos conscientes de lo importante que es perdonar siempre. Tu ejemplo servirá para que muchas personas aprendan también a perdonar. Confío en que lo sepas aplicar a partir de ahora dentro y fuera del campo de fútbol.