Una máscara para disimular tus verdaderos sentimientos

El fútbol, como otros muchos deportes de equipo, son una ocasión única para poder formar a nuestros hijos en aspectos tan complicados como el que hoy quiero contar: las palabrotas.

Normalmente les explico a los chicos que los que utilizan este tipo de palabras en los partidos o en los entrenamientos o en el vestuario lo hacen por costumbre, sin mala intención y porque es una forma de ocultar las debilidades personales que uno tiene.

Cuando un entrenador dice una palabrota enfadado, muchas veces no lo está. Lo que ocurre es que le molesta algo y se justifica pronunciando palabras poco adecuadas pensando que de esta forma es más fuerte, más entrenador, mas seguro de si mismo, etc. Es como un escudo protector, como una máscara para disimular tus verdaderos sentimientos.

Cuando eres un entrenado que busca la victoria a cualquier precio, lo que suelo llamar entrenador ganador de ligas, no te importa soltar unos cuantos tacos de vez en cuando, lanzar berridos y gesticular como un loco y lo justificas comentando que estamos jugando al fútbol, como si este deporte lo permitiera todo.

Si eres un entrenador formador, sabes que debes controlar tus palabras e intentar dar siempre buen ejemplo con tu actitud ante las adversidades. Esta preocupación provoca en ti una forma de hablar positiva y educada porque sabes que tus jugadores te van a imitar.

El primer paso para que nuestros jugadores no digan palabrotas es que nosotros no lo hagamos. Pero hay un segundo paso muy importante que durante estos días estoy experimentando con un grupo de futbolistas con los que tengo un trato más continuo.

Debido al elevado número de palabrotas que oía en el campo y en los entrenamientos, decidí iniciar una campaña anti tacos que consistía ante todo en concienciar a los chicos en no hacerlo. Había dos opciones: penalizar las malas palabras o convencerles de que vale la pena no decirlas. Opte por la opción más complicada que fue intentar convencerles.

Ellos saben que de vez en cuando hablo en serio, sin bromas.  Y los reuní en una ocasión para explicarles que no quería imponerles esta idea  sino convencerles del error en el que estaban con esa forma de hablar.

– Puede ser que en casa los papás digan palabrotas–, les decía. Es posible que en el colegio oigas bastantes tacos. No lo dudo. Que sepáis que por decirlas no sois ni más valientes, ni mejores jugadores, ni más duros que los demás. Todo eso se demuestra de otra forma y los que no pueden hacerlo, se apoyan en las palabrotas para justificar lo que no tienen pero están equivocados.

Los chicos se miraban entre ellos porque saben que cuando hablo en serio es porque lo que digo es importante. El tema les interesaba y escuchaban atentos.

– Además, insistí, cuando las dices, puedes estar ofendiendo a alguien o molestándole o faltando al respeto a tu compañero. No es nada positivo. Las ponen de moda las personas que no desean daros un modelo positivo. Suelen ser aquellos que les da igual todo. Por eso las dicen porque no les importa.

Ahora se les veía algo serios y me daba cuenta de que el asunto les estaba calando. Sin embargo, no quería que se pareciera en nada a una bronca y cambié de estrategia inmediatamente..

–Pero os conozco bien, dije mirándoles a la cara– y yo sé que vosotros no buscáis nada de esto pero el mal ejemplo que os dan hace que lo repitáis y que acabe pareciendo algo normal, como propio de vuestro vocabulario. Ha llegado un momento en que lo dices sin darte cuenta porque ya forma parte de tu vocabulario.

Había conseguido reducir la tensión inicial que era mi objetivo pero deseaba algo más y ese era el momento adecuado.

–Os propongo una idea que os encantará e incluso puede ser divertida, –añadí cambiando el tono de la voz. Sustituye el taco por una palabra que se parezca y acabara desapareciendo. Jopé, córcholis, caramba, son algunas alternativas bastante sencillas. En lugar de decir esas palabrotas utilizarás palabras divertidas que mejorarán tu vocabulario y te seguirán ayudando a expresar esos sentimientos de enfado o de contradicción.

Los chicos sonreían ante la originalidad de la propuesta. Alguno que no lo entendía bien fue aclarado por los demás poniendo ejemplos bien concretos. Se me ocurrió contarles lo que pasó en la Fundación hace unos cuantos años.

Hace años vino a jugar nuestro campo un equipo con un entrenador muy mal hablado. Gritaba como un condenado pero lo peor eran las blasfemias que soltaba. Estaba en mi campo y mis jugadores escuchaban indignados y sorprendidos. Los padres empezaban también a ponerse nerviosos.

En la media parte hablé con el árbitro para advertirle que aquello no podía continuar así. El colegiado me aceptó la queja y fue a hablar con el otro entrenador que se enfadó mucho pero, a la vez, se dio cuenta del ridículo que estaba ofreciendo con su actitud. Se enfadó mucho conmigo pero el hecho es que ya no habló ni gritó en todo el partido. Me pareció que se había hecho lo que se tenía que hacer.

No es la primera vez que hay que advertir una cosa así en un partido pero creo que no hay que cortarse si realmente queremos ser coherentes con lo que buscamos que es la formación de nuestros jugadores.

Los padres me lo agradecieron también y posiblemente fue un ejemplo más de lo que se puede aprender en los campos de fútbol a través de este bello deporte.

¿Que hubiera ocurrido si no hubiera intervenido? Creo que habría dejado pasar una oportunidad de corregir algo que está mal y que se valora poco. Pero además, no hubiera dado buen ejemplo porque hemos de ser coherentes con lo que defendemos.

Os preguntaréis que ha pasado con este grupo de niños a los que les propuse este cambio en su forma de expresarse. Han pasado unos meses y se oyen muchos menos tacos y en su lugar puedes escuchar expresiones divertidas. Paciencia porque la batalla durará mucho tiempo pero estoy seguro que acabaremos ganando la guerra a las palabrotas. El tiempo lo dirá.