Durante los cursos intensivos de verano, he podido conocer de cerca algunas situaciones que me  han llamado la atención y que deseo comentar para intentar ayudar a esos padres que andan desorientados con su hijo porque juega bien al fútbol o a cualquier otro deporte pero se queda estancado y no progresa lo suficiente debido a determinadas circunstancias que voy a comentar y que un padre muchas veces no es capaz de ver por tratarse de situaciones engañosas.

Estoy hablando después de haber pasado por mis manos casi 700 jugadores de todo el mundo durante un corto periodo de 40 días. Una muestra que me permite hablar con una cierta autoridad dejando claro que siempre son cosas opinables y que lo que voy a comentar no son ciencias exactas.

Al tratarse de asuntos vividos tan de cerca, puedo visualizar ejemplos reales con caras reales sin necesidad de nombrarlos e identificarlos ya que no serviría de nada. Son muestras de lo que está pasando en nuestra sociedad. Una sociedad cada vez más globalizada a diferencia de la sociedad que viví yo que estaba más localizada en una zona concreta del territorio donde vivía. Esa muestra de la que hablo es ahora internacional: franceses, alemanes, rusos, americanos, chinos, etc. 

El ser humano es el mismo en cualquier país del mundo. Las diferencias las marcan el idioma, la cultura, sus costumbres y formas de vida pero esencialmente es el mismo y lo puedo confirmar después de haber conocido a tantos jugadores y padres de los cinco continentes en un solo mes. Cuando entras en su ámbito personal, te encuentras un niño o un padre con las mismas preocupaciones y las mismas ilusiones, con las mismas dificultades y los mismos errores. No hay ninguna diferencia.

Cuando te paseas por el campo de fútbol y observas a los chicos entrenar, enseguida te das cuenta de muchas cosas, solo con el entrenamiento puedes adivinar su personalidad. Muy de vez en cuando ves jugadores con un talento extraordinario. Niños que están muy bien dotados para este deporte del fútbol. Los observas y piensas: qué maravilla, qué elegancia, cómo lleva la pelota pegada al pie, cómo levanta la mirada para leer el partido, con qué calidad golpea el balón, qué intensidad pone en sus movimientos…

Pero desgraciadamente te das cuenta de que no van a llegar nunca a ser buenos jugadores porque para llegar a serlo, es necesario algo más que el talento. Yo le llamo actitud. Sin una buena actitud, ese talento poco a poco va desapareciendo y estropeándose. Es un brillante que falta pulir y que no brillará nunca como podría hacerlo. 

Cuando observo que ese jugador con talento, tiene un padre detrás que lo protege constantemente, me quedo muy triste porque soy consciente de que estamos ante un nuevo caso de sobreprotección que llevará al niño al fracaso total. El talento de un niño hay que trabajarlo y debe hacerse con mucho esfuerzo. Normalmente triunfan los jugadores que no han sido tan talentosos y que se han esforzado mucho por conseguirlo.

Las últimas entrevistas realizadas a deportistas que han triunfado en el deporte y que he podio escuchar, insisten mucho en que solo se puede conseguir con mucho esfuerzo y mucho sacrificio. Muchas veces, esos jugadores con talento, se quedan por el camino porque no están dispuestos a nada que tenga que ver con estos dos valores tan importantes. Nosotros admiramos a esos deportistas que llegan pero desconocemos miles de historias de deportistas, quizá más talentosos que los que han llegado, pero que que no alcanzan la cima porque no han estado nunca dispuestos a partirse el alma para conseguir sus objetivos.

Además, una vez estás en la cima, debes ser capaz de mantenerte y conocemos la historia de muchos que no han sido capaces de aguantar arriba porque se han relajado y se han dormido en los laureles del éxito buscando vivir de la renta y eso lleva al fracaso.

Cuando tienes delante tuyo a uno de estos jugadores que prometen mucho pero que te das cuenta de que no van a conseguirlo porque les falta esa actitud, sientes la responsabilidad de hablar con ellos y ayudarles a que lo comprendan. Están a tiempo de cambiar su forma de enfocar el deporte y te sientes parte responsable de su futuro como jugador.

Cuando hablas con ellos personalmente y les haces ver la realidad de la situación con claridad, te das cuenta con su mirada que no son conscientes de la gravedad del asunto y que viven como en una gran burbuja donde las cosas les salen bien, la vida les sonríe porque destacan y no entienden que tenga que cambiar nada porque las cosas le están saliendo bien. Te miran como como si fueras un bicho raro que no sabe con quién habla.

Viven la gloria del momento sin darse cuenta del fracaso que les espera con el tiempo ya que es algo que no es para ellos. Desgraciadamente, los jóvenes viven al día. No les interesa para nada el futuro, eso es algo de los adultos. Viven el presente sin importarles para nada el mañana, que ya llegará. Tienen una gran confianza en si mismos y que nada ni nadie les va a cambiar.

Si detrás de todo esto, encontramos a un padre protector, o un padre entrenador que hace de asesor deportivo de su hijo, el problema se agranda porque el niño no tiene ya que preocuparse de solucionar sus propios problemas o dificultades que se va encontrando ya que su padre está pendiente de resolvérselo todo con la idea de facilitarle su trayectoria deportiva. Es un niño con talento pero blando, sin capacidad de superar las dificultades y eso en el mundo del deporte es la muerte, lo peor que puede ocurrirte.

Recuerdo a Luis, un jugador francés con un enorme talento con el balón en los pies pero que cuando perdía la pelota, era incapaz de luchar por recuperarla consiguiendo que el entrenador le cambiara ya que era muy peligroso tener un jugador que provocaba todas las contras del equipo rival. ¿Por qué no bajaba a defender? ¿Por qué no intentaba recuperar los balones que perdía? Posiblemente porque eso exigía un esfuerzo complementario que no estaba en su línea de trabajo. Pensaba que el fútbol consistía en jugar con la pelota conduciéndola con la habilidad que le caracteriza pero cuando la perdía, lo único que tenía que hacer era esperar la próxima ocasión para seguir luciéndose con el balón en los pies.

Recuerdo a Fran, un jugador ruso con un talento extraordinario pero que se enfadaba con él mismo cuándo la jugada no le salía bien y que buscaba el gol sin darse cuenta de que tenía muchas veces a compañeros mejor colocados para meterlo. Tenía tanta fuerza y precisión en el disparo con su pierna izquierda que jamás utilizaba la derecha, con lo que la mitad de las oportunidades de gol las desperdiciaba porque no quería ni intentarlo. Además, tenía un padre que iba detrás de él como si fuera su juguete. El niño constantemente se giraba para saber la opinión de su padre en cada una de las jugadas y, como padre poco objetivo, siempre le reprochaba si la jugada no terminaba en gol con lo que la presión que tenía en un partido era impresionante. Consecuencia: un niño dictador que imponía a su padre siempre lo que quería hacer, un niño inmaduro que lloraba y se frustraba constantemente, un niño egoísta porque solo pensaba en si mismo.

Recuerdo a Emilio, un jugador americano que se movía en el campo con una calidad excelente, muy rápido, con una capacidad de desborde asombrosa, con mucha verticalidad, pero su comportamiento era completamente insoportable, indisciplinado, que hacía siempre lo que quería en el campo y fuera de él. Lamentabas siempre que un jugador con tanto talento no tuviera una actitud adecuada para potenciarlo cada vez más. Toda su calidad se perdía en unos segundos porque no hacía caso a lo que se le decía. 

Algunos de estos jugadores se dejan ayudar y entonces, la progresión del niño es extraordinaria, además, si coincide que el padre entiende el mensaje que le transmitimos, los resultados son todavía mejores. Lamentablemente, te encuentras con niños que no se dejan ayudar, que no entienden por qué deben cambiar y que sus padres apoyan su estilo de juego indisciplinado porque piensan solo en las victorias y en los goles y no son capaces de mirar un poco más allá para darse cuenta de que no tiene futuro un talento descuidado.

Si un jugador de este tipo se junta con un entrenador que busca victorias a corto plazo tenemos el pastel completo. El entrenador, al detectar el talento del niño, lo utiliza de forma egoísta buscando la rentabilidad a corto plazo sin pensar jamás en lo mucho que le puede ayudar. Es ese entrenador que no corrige sus errores porque sabe que tiene toques de fuera de serie que le compensan y se calla en lugar de hablar.  Ese mismo entrenador, gira la cara para no ver sus jugadas egoístas, sus criticas despectivas a sus compañeros y sus salidas de tono por frustraciones constantes. Además permite la intromisión de padre porque no quiere perder un jugador tan talentoso por nada del mundo.

¿Cuantos jugadores con talento se quedan en el camino porque no hemos sabido ayudarles cuando más lo han necesitado? Este tipo de jugadores son los que, a montones, podemos ver en los equipos de división de honor y preferente pero que con el tiempo los buscas y han desaparecido del mapa porque nadie quiso ayudarles en su momento y abandonaron el fútbol desquiciados cuando habían podido llegar muy lejos.