Son miles y miles los jugadores que han pasado y siguen pasando por nuestra escuela de futbolistas. Altos, bajos, fuertes, delgaditos, rápidos, explosivos, creativos, …de todo tipo. Si les miras a la cara, cada uno te está diciendo algo distinto, importante.

Cuando vemos a un jugador que tiene talento y realiza grandes acciones técnicas, le admiramos, valoramos esas habilidades. Pero cuando vemos a alguien que entrega el alma en el partido, que lucha, que se esfuerza generosamente, que no da un balón por perdido, que no abandona aunque las cosas se pongan feas, entonces nos sentimos identificados con esa persona, porque luchar está al alcance de todo el mundo y es la condición básica que exigimos para permanecer en nuestra escuela de futbolistas.

El talento no está reñido con el esfuerzo. De hecho, ambos son necesarios para tener un equipo campeón. No gana el que marca el gol más bonito sino el que marca más.

Jugar con cabeza te proporciona estrategia y la capacidad de adaptarte a situaciones de juego de forma inteligente. Te permite reaccionar y anticiparte, realizar esos pases increíbles, te ayuda a saber dónde está flaqueando el rival…

Por mucho talento que tengas, muchas veces las cosas se tuercen y no salen como queremos y, en ese momento pueden ocurrir dos cosas:

  • que te bloquees o
  • que entres de nuevo en el partido con más fuerza.

Esto último es jugar con determinación.

De entre estos miles de personas que han pasado en estos años por aquí,  distingo como tres tipos de jugadores:

  • los que van como dormidos y ni se enteran de lo que pasa en la realidad,
  • los que sí se dan cuenta de lo que ocurre, y
  • los que hacen que las cosas ocurran.

El peligro es no arriesgar

Los deportistas que no arriesgan suelen ser mediocres. Ya te adelanto que en una Escuela de futbolistas, hemos de trabajar desde el primer momento este aspecto porque sabemos que de un deportista mediocre no hay posibilidad de sacar ningún tipo de rendimiento deportivo ni extra deportivo. Es urgente sacarles de esa mediocridad.

Los deportistas que van como dormidos, que no se enteran, no pasan de ser unos deportistas aficionados. Es cierto que para conseguir la mayor parte de las cosas que queremos, hemos tenido que asumir riesgos. Cuanto mayor es el logro, mayor es el riesgo asumido.

El miedo a fallar

Si las ventajas de arriesgar son tan claras ¿qué es lo que nos frena para asumir riesgos? Hay muchos motivos pero esencialmente son el miedo y la necesidad de tener seguridad. Miedo a fallar, a no alcanzar el objetivo pese al esfuerzo realizado.

Pero en el mundo del deporte siempre llega el día en que todo el mundo debe aportar. Ese día, los jugadores que no arriesgan, desaparecen del mapa. No cometen errores en el partido, por supuesto, pero no arriesgar siempre pasa factura.

El riesgo nos permite crecer y nos hace sentir vivos. Cuando arriesgamos aceptamos que, sin ser perfectos, queremos mejorar y crecer. Cuando arriesgamos, decidimos alcanzar algo que todavía no poseemos pero que nuestra determinación y coraje puede permitir alcanzarlo.

Arriesgar es exigirnos algo más de lo que tenemos y no plantarnos con cartas bajas. Pero cuidado: arriesgar no es apostar a ver si tienes suerte. En el riesgo no te apoyas en la suerte sino en la voluntad de luchar con constancia para alcanzar el objetivo. Eso es lo que da sentido a la toma de riesgos.

Sabemos que para conseguir esto en nuestros alumnos, hemos de ayudarles a ser valientes en sus decisiones, sin miedo a equivocarse y aprendiendo de los posibles errores que van surgiendo. Les repetimos con mucha insistencia que el que lo intenta seguro que se equivoca pero, cada vez que lo hace, consigue seguir creciendo si es capaz de aprender de sus errores. En cambio, el que no lo intenta, es imposible que crezca porque sus planteamientos son siempre muy elementales, sencillos, cómodos.

Por ese motivo animamos a los jugadores a plantearse la competición como una forma más de aprendizaje donde encontrarán derrotas que les marcarán el rumbo para obtener más adelante mayores victorias. Sin miedo a fallar, sin miedo a perder, sin miedo a nada ni a nadie.

Pesimismo

Hay jugadores y entrenadores que disfrazan su miedo de pesimismo. Es una forma de evitar el peligro o el riesgo. Los pesimistas, mayormente son cobardes disfrazados, aprovechan cualquier excusa para abandonar la pelea.

El miedo no es más que una emoción que funciona como alarma en nuestro cuerpo. Nos avisa que algo importante va a suceder y nosotros creemos que no estamos preparados. Es un buen consejero para prepararnos, no para paralizarnos. Desgraciadamente, el miedo a menudo nos bloquea.

Los grandes obstáculos son los que te permiten emplearte al máximo, arriesgando. ¿Pero qué ocurre si no intentamos nada? Los jugadores fallan el ciento por ciento de los tiros que no intentan. La gente admira a Michel Jordan porque en 128 partidos consiguió puntos en el último momento y por esta canasta el equipo ganó. Pero lo que no saben es que el mismo número de partidos, falló y el equipo perdió. Lo admiran porque siempre lanzó el balón y recuerdan las veces que acertó, no las que falló.

Ser valiente

Tres cosas son necesarias para ser valiente y afrontar con empeño los retos:

  • Fe: Fíjate en estas dos posturas tan diferentes: Si crees que algo te va a salir mal, tienes miedo, si crees que te va a salir bien, tienes fe.
  • Optimismo: Pensar siempre en positivo es una norma básica para sacar el máximo rendimiento de nuestros jugadores. Hay que pensar que lo peor que te puede pasar no es tan malo. Salga como salga, podremos seguir adelante. Pensar en el lado positivo siempre. Es un trabajo muy interesante que puedes empezar a practicar desde el primer momento.
  • Enfoque en sus puntos fuertes: Como consecuencia de este optimismo, debes pensar en lo que puede ocurrir si aciertas, no en lo que puede ocurrir si fallas.

Siempre hemos defendido que la actitud es una parte esencial por la que podemos apreciar si un jugador puede llegar a rendir muy alto o no. Desde que son pequeños, tratamos de inculcar a los chicos esos valores que les ayudarán a ser mejores dentro y fuera del campo y que será la base para mejorar su rendimiento.