Jugadores que sí avanzan

Luis viene de Huesca. Es un jugador silencioso. No se le oye casi nunca pero trabaja muy bien y ha demostrado unas condiciones deportivas excepcionales. Sus padres se presentan. Toda una historia familiar. Son muy claros: lo dejamos en vuestras manos. Nosotros no queremos intervenir en vuestro trabajo. Antes de traerlo lo hemos pensado muy bien y confiamos plenamente en vosotros.
Con los padres de Luis hemos seguido hablando con frecuencia pero nunca de fútbol ni de nada que tenga que ver con esto. Hablamos de su actitud, de su esfuerzo, de sus pequeños problemas, de sus ilusiones y sus dificultades. Los padres están ahí, apoyando al niño pero sin meterse para nada en el trabajo de la Fundación Marcet. El niño progresa cada día más y se le ve muy centrado.
Los padres le dan el equilibrio que él necesita para que el niño realice correctamente la práctica del deporte sin meterse para nada en lo que hace. El niño sabe que sus padres están ahí para apoyarle y lo agradece porque necesita ese apoyo. También valora el detalle de no comentarle nada sobre su entrenamiento y sobre sus partidos. Es algo que es solo para él y se siente muy bien al ver a los padres apartados de todo eso que es su fútbol y su vida.
Un día, mientras subía al coche después de un partido les preguntó a sus padres qué tal había jugado. Tenía curiosidad ya que nunca le comentaban nada al respecto. Su madre le respondió rápidamente que para ellos, él siempre jugaba bien, que era el mejor de todos, porque eres nuestro hijo. La respuesta de la madre dejó en Luis la idea clara de que sus padres le querían pero no por el fútbol sino por lo que él era. Y le dejó muy tranquilo y feliz una respuesta así.
Os podéis imaginar lo que un niño puede rendir y progresar cuando sus padres se mantienen completamente al margen del fútbol de su hijo. Encuentran una autopista totalmente despejada donde pueden avanzar a todos velocidad. Sin peajes, sin accidentes, sin problemas de visibilidad por culpa del mal tiempo, del viento , de la lluvia, del granizo.
Sois muchos los padres que lo veis así. Yo lo he vivido de mi propio padre y lo veo en el día a día. Padres que desean que su hijo haga deporte por lo mucho que se puede aprender de él pero que lo dejan en manos de los profesionales en los que confía plenamente en lo deportivo y en lo personal. El niño debe adquirir esa autonomía tan enriquecedora practicando ese deporte colectivo que tanto le gusta. Debe superar dificultades, saltar barreras, y poner esfuerzo para conseguir resultados ambiciosos. Y todo eso sin la ayuda de sus padres.
El problema lo tenemos en otro tipo de padres que han jugado al fútbol y que por lo que sea han fracasado y construyen un robot que es su hijo con el que ellos pueden volver a jugar a fútbol. No son sus piernas, pero son las de su hijo. No son sus jugadas, pero ya se cuida él de irle diciendo lo que tiene que hacer.
Lo hacen con toda la ilusión del mundo. Ponen como excusa que desean que su hijo pueda llegar a dónde él no llegó, por una lesión que se presentó (esta es la excusa más habitual que se le da al niño para que no piense que no llegó porque no sabía más), porque sus padres no le dejaron dar el salto cuando se presentó, porque el entrenador no creyó en él, por falta de recursos de sus padres, etc.
Sin embargo, la única razón de todo esto es el deseo de proyectarse en su hijo para volver a intentarlo y llegar arriba. Ya saben que solo llega uno de cada diez mil pero precisamente ese será su hijo porque si lo prepara bien, le da buenos consejos, le coloca en un club competitivo, al final lo conseguirá.
El padre piensa que le está construyendo esa autopista que le llevará a la meta deseada pero la diferencia con la otra autopista es que el niño iniciará un viaje lleno de dificultades que no le permitirá avanzar ni progresar. Su padre va en el mismo coche, de copiloto y la va indicando lo que debe hacer en cada momento y se equivocan de dirección y el niño debe parar y volver atrás, y se quedan sin gasolina con lo que deben pedir ayuda, y pinchan al pasar por un trayecto peligroso y deben volver a detenerse para cambiar la rueda.
Mientras, el coche de Luis pasa a toda velocidad por delante suyo. El padre se pone furioso y le llama inútil a su hijo, le dice lo que tenía que haber hecho, insulta a Luis por pura envidia…todo un drama que queda en nada. Padre que estás leyendo este artículo, por favor, bájate del coche y déjale que lo pilote él solo, que se equivoque solo, que disfrute solo, que sea feliz practicando el deporte que tanto le gusta sin depender para nada de ti.
Colócate en un lugar distante de la autopista. Quizá en ese bar de  la gasolinera donde le esperas para que él te cuente sus ilusiones y sus fracasos y podáis vivir juntos mejor que nunca esa bonita relación padre-hijo tan necesaria.
Hay padres que han decidido ayudar a su hijo a progresar como sea y deciden hacerse entrenadores. Incluso se inscriben en la Federación correspondiente para aprender más y poder orientar a su hijo de forma más acertada. Por favor, bájate del coche y déjale que pilote él.
Otros los llevan a campos abiertos para entrenarlos personalmente. Les preparan físicamente, o para que mejoren su pierna izquierda, o los disparos de falta. Los niños reciben consejos de sus padres como si fueran entrenadores y… ¡ se oye cada cosa!
Queremos dar un toque de atención y encender una luz roja a modo de alarma a los padres que tienen hijos deportistas ya que en la Fundación Marcet detectamos durante estos años de investigación pedagógica que la actitud que presente el padre frente a su hijo será definitiva en la calidad del rendimiento del jugador. Puede destrozar su proyección o fomentarla de forma extraordinaria.