Los niños son educados para ser adultos, no para seguir siendo niños. Han de ser educados para que crezcan mejor, para que se desarrollen. Y crecen ayudándose de los adultos que les ofrecen juntamente apoyo y resistencia, como crece la hiedra en la pared.

Por este motivo, la autoridad de los mayores se propone a los menores como una colaboración necesaria para ellos.

Es importante dejar claro que la autoridad no consiste en mandar sino en ayudarles a crecer. Esta simple idea es la base por la que defendemos que en una escuela de fútbol, no debe haber ni castigos ni gritos. Hemos de tener en cuenta que los chicos que acuden, lo hacen con unas enormes ganas de crecer, de mejorar. Nosotros hemos de darles las herramientas para que lo puedan conseguir. Se da por supuesto que el éxito de esta enorme tarea no existe sin esfuerzo personal.

Si los profesores no ayudan a sus alumnos con autoridad y afecto y lo hacen con gritos y amenazas, lo único que conseguirán son resultados a corto plazo, empujados por el miedo. El único temor que debe existir en el niño, y esto lo consideramos muy positivo, es el de perder la estima de su profesor.

La única autoridad válida es la que el profesor adquiere por su prestigio. Esa autoridad se gana día a día a través del buen ejemplo, de la profesionalidad de sus clases, de sus buenos hábitos, de sus conocimientos. Lo que no podemos hacer es ganarnos la autoridad del niño con cuatro gritos mal dados. Normalmente lo que estamos haciendo es el ridículo.

En una ocasión me preguntaron cómo es que hay profesores que consiguen obtener una autoridad tan alta cuando nunca les vemos elevar la voz ni enfadarse. La pregunta venía motivada por uno de los profesores que estaban impartiendo clase y me la hacía un padre. Además, añadía, que él no lo había conseguido en casa con sus hijos: tenía que repetir mil veces las cosas para que quizá le hicieran caso.

No hay más que observar la actitud de este profesor para apreciar algunos detalles que no se ven a simple vista. A sus alumnos les exigía mucho pero sabiendo en cada momento hasta dónde podía llegar cada uno. Además, no lo impone sino que lo razona adecuadamente con lo que sus alumnos entienden el por qué de lo que les está pidiendo.

También pude comprobar que cedía cuando podía ceder y no era flexible cuando no debía hacerlo. Dialoga con ellos y se sabe explicar. Cuando manda algo, sabe hacerlo con firmeza y suavidad junto con una gran seguridad en que lo que pide, se lo pueden dar. Nunca le vemos gritar, gesticular o tomarse las cosas  por la tremenda. Consigue que sus alumnos le obedezcan con una mirada o un silencio.

Muchos de los lectores estarán pensando que esto que acabo de describir es muy bonito pero realmente difícil de aplicar en la realidad. Volvemos a la misma idea: hemos de ayudarles a crecer. Si esta premisa la tenemos clara y presente en nuestro actuar diario, lo conseguiremos. El problema que nos encontramos en el día a día es que quizá ya hemos llegado tarde y cambiar es complicado.

Nunca es tarde para cambiar tratándose de nuestros hijos. Si verdaderamente queremos ayudarles, necesitan de nuestra autoridad para sentirse seguros. Y esa autoridad la tenemos que ir ganando poco a poco. Empieza hoy con esta nueva actitud en casa y en pocos meses verás los resultados.

Analicemos por partes lo que hemos comentado antes.

  • 1.  Les exigía mucho. 

Cuando hablo con los jugadores, suelo preguntarles por su profesor para tener referencias desde otros puntos de vista que no son la pura observación personal. Me alegra mucho cuando me comentan que el profesor es muy exigente, mostrando una cara de satisfacción. Significa que están encantados de que les exijan. Sí, esto es así. Los chicos que vienen a practicar deporte en serio, no buscan pasar el rato, desean aprovechar el tiempo al máximo y necesitan un entrenador que tire de ellos, porque ellos solos no rendirían de la misma forma.

Los padres debemos ser exigentes con nuestros hijos, ellos lo esperan y eso les satisface y les da mucha seguridad. Uno de los principales problemas que nos encontramos en la sociedad actual son los padres colegas de sus hijos, muy permisivos porque no quieren perder la amistad de su hijo.

  • 2.  Sabiendo en cada momento hasta dónde puede llegar cada uno.

Existe una preocupación por cada uno de ellos. No son iguales y cada uno necesita un objetivo distinto. Insistimos mucho en este aspecto. Lo primero que hemos de hacer es conocerlos bien. Pedimos informes de la familia, buscamos los archivos internos del chico, recogemos todos los detalles,  para poder estar bien informado y actuar consecuentemente. Hablamos con cada uno de ellos para que sepan qué es lo que tienen que mejorar y qué aspectos dominan a la perfección. Eso les ayuda a marcarse metas ambiciosas y asequibles. Si a un alumno le pides más de lo que puede dar, puedes hundirle. Si le pides menos, puede decepcionarse o dejar de esforzarse.

Los padres conocemos perfectamente a nuestros hijos aunque animaría a poder llegar a la segunda capa. La primera es muy superficial y en el fondo pensamos que nuestro hijos es así pero cuando profundizamos nos damos cuenta de que no tiene nada que ver con lo que yo pensaba. Fomentar las conversaciones entre padre e hijo son importantísimas para poder conocerlos a fondo. A partir de ahí sabremos hasta donde podemos exigirles.

  • 3.  No les impone sino que les razona las cosas. 

Estamos ante un entrenador con autoridad pero no autoritario porque no impone las cosas sino que las razona. Esta faceta es importante porque supone un saber colocarse a la altura del jugador para ofrecerle una serie de razones por las que conviene hacer una cosa o la otra. 

Esos razonamientos sustituyen a las imposiciones autoritarias que muchos entrenadores pueden utilizar por falta de conocimiento, ganas o convicción. Es mucho más rápido imponer que convencer. Sin embargo, es mucho más eficaz razonarlo. Cuando le razonas las cosas, el chico se pone a tu favor y quiere satisfacerte. Cuando las impones, se rebota, aunque tengas razón, porque no son modos de decir las cosas.

Los padres queremos ir muy rápido en esta fase y queremos conseguir las cosas sin agotarnos y educar exige esfuerzo y mucha paciencia. Hay que explicarlo todo, razonarlo bien, de tal forma que el niño descubra que lo que le manda su padre vale la pena hacerlo. Merece ser obedecido porque le lo ha explicado muy bien y tiene sentido y, por lo tanto, lo quiero hacer. O quizá no lo quiero hacer porque no me apetece pero entiendo que mi padre tiene razón en exigírmelo.

  • 4.  Cede cuando se ha de ceder. 

Hay momentos en que debemos saber ceder porque nos damos cuenta de que no tiene importancia y otros momentos en que, quizá, no hay que hacerlo. Un ejemplo muy interesante está en una situación bastante típica entre los jugadores durante un entrenamiento. El profesor tiene muy claro que los chicos deben ir a refrescarse de vez en cuando porque hace mucho calor. La autoridad del profesor está en hacerles ver que es él el que decidirá cuándo se va a beber agua y no al revés. Por esta razón, cuando un  jugador, que se estaba esforzando mucho, pidió ir a beber agua, el profesor le comentó que no. Que dentro de poco irían todos porque ahora había que terminar el ejercicio iniciado. 

El buen profesor puede ceder, alguna vez, comentado al chico y adelantándose a una posible petición suya: 

  • aunque no es la hora de ir a beber agua, puedes ir porque te estás esforzando mucho. 

Esto el niño lo valora porque sabe que no te saltas la regla aunque puedes hacer excepciones. En realidad estás reforzando tu autoridad.

En casa pasa lo mismo y, a veces, nos ablandamos y cedemos cuando no es el momento oportuno. Hay que tener cuidado porque, “si das la mano, te toman el brazo” y has perdido ya toda tu autoridad. Hemos de saber decir que no muchas veces aunque nos duela porque no nos gusta contradecir a nuestro hijo. Pero en el fondo lo estás educando bien y estás reforzando tu autoridad.

  • 5.  Cuando manda algo, sabe hacerlo con firmeza y suavidad. 

No hay nada mejor en el mundo que mandar sin levantar la voz, sin estar nerviosos, sin transmitir ningún tipo de enfado. Eso le da mucha seguridad al niño y refuerza tu autoridad. No podemos dudar. Eso le da poca confianza y podemos tener malos resultados. Antes de mandar algo, piénsalo bien porque no podemos echarnos para atrás. Mírale a la cara y procura que él también te mire. Manifiéstale que confías en que es capaz de hacerlo perfectamente.

En casa se levanta mucho la voz y parece que el que más grita, más manda y es un error. Prueba el método clásico de bajar la voz al máximo, verás que los decibelios de la casa también se reducen y descubrirás lo que significa la paz, la tranquilidad, la armonía. Hablar con un tono bajo pero seguro refuerza mucho tu autoridad.

En definitiva, podemos resumir todo lo dicho con la siguiente idea: los chicos sienten tal admiración por su profesor o por su padre o madre que son capaces de obedecer siempre. Este es uno de los mayores secretos de la autoridad. ¿Sorprendente no?