La cultura del miedo en el deporte

Hijos del miedo y esclavos de su seguridad

El miedo no es ni malo ni bueno. Hay momentos que nos protege de peligros ciertos. Pero en otras ocasiones puede llevarnos a ser cobardes, no nos vemos capaces de superar dichas amenazas. Un estudio realizado por Frank Furedi, profesor de sociología de la Universidad de Kent, descubre que la exagerada búsqueda de la seguridad en  nuestra sociedad está causada por una narrativa del miedo que infla los posibles daños. La podemos llamar la retórica del miedo.

Los medios de comunicación están utilizando esta retórica para exagerar intencionadamente  las consecuencias de las diferentes amenazas que se nos vienen encima. Estos estudios detectan que los mayores temores no vienen dados por experiencias directas sino por las informaciones de los medios de comunicación difundiendo las opiniones de “expertos”.

Estamos consiguiendo, poco a poco, una sociedad de cobardes. Lo que antes era algo normal, ahora es objeto de advertencias sobre posibles riesgos en la salud: beber agua del grifo, refrescos azucarados, comer una hamburguesa, tomar el sol… No digamos los cambios meteorológicos, desde tormentas a vientos, dan lugar a alarmas en pro de la seguridad.

El mundo se ha vuelto tan peligroso y complejo que en vez de analizar la probabilidad de riesgo nos basamos en la mera posibilidad de que exista riesgo. Cada vez más se DRAMATIZAN las amenazas que surgen, como es el cambio climático y convertimos nuestra vida en una carrera contra reloj para evitar daños irreversibles, que supondrán un cataclismo para la especie humana.

Antes confiábamos en el progreso pero ahora, el futuro tiende a verse como un territorio peligroso e incierto. En nuestra sociedad actual carecemos de una virtud que pueda servir como antídoto al miedo. Esta es la razón por la que se recurre tanto a psicólogos, terapeutas y expertos para encontrar respuestas a estas amenazas.

Los valientes que asumen el riesgo y no se dejan someter por el miedo y la inseguridad, tomando las precauciones debidas, son tomados como personas con “conductas de riesgo” y sus acciones valientes las llaman “elecciones insanas” o “”atentados contra el medio ambiente”. Los que no siguen el consejo de los expertos en materia de salud pública son presentados como “moralmente irresponsables” y su conducta como “una amenaza para la sociedad”

Ante esa falta de valores positivos y esa inseguridad en las personas, para motivar a la gente se utiliza el miedo. Se apela a su sentido de vulnerabilidad, a su inseguridad existencial y a la ansiedad por su futuro. Antes, asumir un riesgo era ser un valiente y ahora es un defecto de una persona irresponsable. Nos pasamos la vida elaborando listas de actividades que pueden representar un riesgo.

Pensamos que a las personas les motiva más el miedo que la esperanza y el optimismo y construimos una sociedad solidaria a través de los miedos morales. Lo podríamos llamar el MIEDO COMPARTIDO. Un recurso falso para crear vínculos que en realidad no son más que simples estallidos de miedo y movilizaciones pasajeras contra amenazas concretas, disfrazado de solidaridad.

Como los ideales positivos están desapareciendo, es complicado motivar a los jugadores para que sean valientes y reacciones con optimismo ante las adversidades. Este miedo no solo influye en nuestras reacciones ante las amenazas, también lo hace en lo que significa ser persona. Antes, cuando aparecía el peligro, se esperaba siempre una reacción llena de coraje por parte de las personas. Estaba dentro de la clásica virtud de la valentía. Hoy en día, aunque resaltamos estos valores en la teoría, hacemos poco por cultivarlos en la práctica diaria.La vulnerabilidad aparece como la esencia del ser humano. En la cultura del miedo, el superviviente ha suplido al héroe.

Cuanto más se han inflado los riesgos y el peligro, más se ha idealizado la seguridad y la supervivencia como valores actuales. Esto ha influido en la forma de educar a las nuevas generaciones: en lugar de fomentar la valentía mediante la formación del carácter, se busca la intervención de expertos psicólogos para superar los miedos mediante terapias.

Los jóvenes piensan que los problemas personales que deben superar con esfuerzo a lo largo de su vida , son problemas de salud mental. Por este motivo, acuden cada vez más a ayudas psicológicas para afrontar los miedos de una personalidad insegura. Miedo a no alcanzar el nivel que se pide en una prueba, baja autoestima, miedo a los exámenes, a los deportes competitivos, a ser criticado en las redes sociales…

Hoy en día existe una obsesión por la seguridad. Es la principal preocupación de las personas. Son dos los factores que lo causan: magnificamos los posibles daños y la baja tolerancia al dolor. Los promotores de la filosofía de la seguridad platean que todo daño es prevenible y que el objetivo es el daño cero. Todos los demás objetivos tienen que subordinarse a este. Por lo tanto, cuando surge un daño imprevisible (como la pandemia) la sociedad queda trastocada, sin saber cómo reaccionar ante esta pretensión de inmunidad pero, por desgracia, vuelven al ataque imponiendo el adjetivo “seguro” en la nueva normalidad.

La cultura del miedo pretende eliminar algunas de nuestras libertades en favor de nuestra seguridad, como hemos podido comprobar durante la pandemia.

Todo esto influye en gran medida en el mundo del deporte.

Con nuestros jóvenes algo está fallando porque han surgido numerosas iniciativas para proporcionar a los niños más autoestima, más confianza, más fortaleza, más valentía. Intentan aplicar medidas terapéuticas para conseguir formar el carácter de los niños. 

Pero el camino está en otro sentido, en la educación moral de los jóvenes. Por eso, calificar de grupo vulnerable y de riesgo a los niños no les favorece. Es bueno querer proteger a los niños de los posibles daños pero el error está en el modo actual de protegerlos porque no les ayuda a estar más seguros sino que los lleva a ser esclavos de su seguridad. 

Está protección infantil lo que produce es una prolongación de la dependencia a los padres y a los adultos. ¿Cómo debería hacerse? En lugar de aislar a los niños de las amenazas de la vida, deberían ser educados para comprenderlas y desarrollar en ellos una capacidad de superar las decepciones y situaciones dolorosas.

Están apareciendo cada vez más niños con miedos en el deporte. Siempre ha existido el miedo a competir, el miedo a cambiar de equipo, el miedo a lo nuevo, pero quizá ahora se ha incrementado de forma considerable. 

Pero he de dejar claro que la culpa de esos miedos de nuestros hijos la tienen los padres. Esta obsesión por la seguridad de los niños es en realidad un recurso de los adultos contra sus propios miedos. Seamos honrados para reconocerlo.

 Los padres hemos de afrontar muchos momentos de ansiedad: ver a nuestros hijos ir por primera vez a la guardería, a su primer campamento, a su primer equipo de fútbol, a su primer día de la universidad. Quizá queramos tenerlos en casa para protegerlos del mundo, que puede ser, sin duda, terrible. Pero cuando obramos así no estamos protegiendo a nuestros hijos, intentamos gestionar nuestra ansiedad  y eso les perjudica a ellos. 

Hemos de pensar en lo mejor para nuestros hijos. Si lo paralizamos todo por el miedo, estamos criando una generación de jóvenes traumatizados, condenados a una adolescencia perpetua en casa de sus padres, incapaces de abrirse paso en la vida con independencia, valentía y confianza.