El gran poder comunicador de la pequeña pantalla tiene un peso especial en la educación de los más jóvenes, porque aprenden de lo que ven.

 Hoy en día, el trabajo reduce considerablemente el tiempo que los padres pueden dedicar a sus hijos. En cambio la televisión pasa auténticas jornadas completas con ellos. Los padres llegan agotados del trabajo y se les hace difícil sonreír mientras que la televisión está continuamente sonriendo. Podemos afirmar que con diferencia la televisión es el primer padre de la casa.

Cuando los niños actuales tengan sesenta años, habrán pasado ocho años de su vida frente al televisor. Y ellos no tienen la culpa de todo esto. 

Un famoso productor de televisión comentaba que la influencia de los medios y en especial la televisión en los niños es para asustarse. Decía que la televisión es peligrosa porque te lo da todo hecho y te corta la creatividad y la imaginación. Además aseguraba que si los niños ven lo que no deben es por culpa de sus padres. Y que dejarles ver la tele más de una hora es un error, utilizarla como guardería es una aberración y no meterles a su hora en la cama es una innecesaria esclavitud.

Las consecuencias son claras: alteraciones del comportamiento y la perdida de estas otras actividades tan necesarias socializadoras, estimulantes y creativas, necesarias para el desarrollo emocional del niño. Esos niños además, se convierten en teleadictos y necesitan y buscan con ansiedad sus horas de televisión en lugar de dedicarse a sus tareas escolares o familiares. De paso producen una caída del metabolismo que aumenta el riesgo de sufrir dificultad para dormir.

Recuerdo que una mañana cuando llegaba a la Fundación saludé a los chicos que se quedan en la residencia a dormir y les pregunté qué tal habían descansado. Enseguida uno me contó que un alumno de 13 años no había podido descansar porque estuvo toda la noche con pesadillas. Parece ser que hacía poco había estado viendo en la televisión una película de terror y todavía lo estaba pagando.

En una competición en Andorra, un jugador de 9 años me pidió que no cerrara la luz de la habitación porque tenía miedo. Nunca había dormido fuera de su casa por culpa de esos miedos y no podía quedarse solo. Sus padres me habían propuesto llevarle una tele a su habitación porque la utilizaban siempre para que se durmiera. Vete a saber lo que este niño estaba viendo cada noche. Por supuesto que lo prohibimos y el chico lo fue superando poco a poco. Hay que decir que es un enorme jugador.

Estos son los consejos que le dimos a sus padres que os pueden servir a vosotros si lo queréis aplicar:

1.Los padres deben conocer los programas que ven sus hijos y evaluar su influencia positiva o negativa.

Yo recuerdo que mis padres no me dejaban ver algunos programas de televisión cuando era pequeño y se daba el caso de que como somos ocho hermanos, a veces, los dos mayores podían ver una película y el resto se tenía que fastidiar. Nos enfadábamos pero lo comprendíamos y esperábamos tener la edad permitida para ver esa serie del fugitivo.

2. Los padres deben ofrecer alternativas interesantes como la música, la lectura, juegos, colecciones, conversación…para reducir poco a poco la media nacional y conseguir que la televisión esté habitualmente apagada.

Un día, cuando los chicos entraban al comedor, me di cuenta de que la televisión estaba encendida. Uno de los empleados con la mayor buena fe, quiso tener esa deferencia con los chicos. Inmediatamente le pedí que la apagara. Algún chico me preguntó por qué lo hacía y con una sonrisa le comenté que la comida era el gran momento para poder disfrutar de los amigos, comentar mil cosas que quizá no has tenido tiempo de hacer durante el día, fomentar las amistades que se te presentan en esta ocasión y olvidarte un poco de la caja tonta que no tiene nada tan atractivo que contarte como el compañero que tienes a tu lado.

No hay nada como explicarles a los chicos las cosas con naturalidad pero con coherencia para que lo acepten de buen grado y además lo reciban como consejo para siempre.

Cuando salimos de viaje a otro país para jugar competiciones internacionales solemos dormir en un hotel. Lugar nefasto para un niño porque suele tener todas las comodidades que no necesita para nada. Siempre damos el aviso de que la televisión que hay en la habitación no se enciende en ningún momento porque nos quita tiempo de descanso que lo necesitamos para reponer energías para la competición que nos espera al día siguiente. Además, quiénes somos nosotros para permitir que se vea libremente lo que aparece en la programación de noche. Seguro que muchos padres nos agradecerán tener ese detalle con sus hijos porque ellos así lo hacen en sus casas. De ahí el siguiente criterio que queremos aportar:

3. Los padres deben llegar a un acuerdo con los hijos sobre los programas que se van a ver en casa. Más que prohibir algunos, deben conseguir que los hijos asuman los criterios morales que los desaconsejan, de tal forma que lleguen a comportarse de la misma forma delante de sus padres y con ellos ausentes.

Los argumentos infantiles como el que lo ven todos mis amigos pueden rebatirse con facilidad si les hablamos de la importancia de tener personalidad y vivir contracorriente en cuestiones relevantes. Esto no es fácil de inculcar si una familia no cuida desde el principio estas ideas. Pero os puedo asegurar que los chicos valoran este tipo de argumentos más que otros simplones y superficiales. Desean saber nuestra opinión verdadera sobre las cosas y en este caso hay que ser muy claros.

4. Los padres deben ver en familia la televisión, programas deportivos, informativos, culturales y enseñar a verlos con sentido crítico, mostrando los valores y antivalores que transmiten.

Me diréis que estáis muy cansados o que no sois capaces de enseñarles a verlo con sentido crítico pero os digo que lo intentéis porque no sabéis el bien que estáis haciendo a vuestros hijos. Antes hemos dicho que las imágenes de la televisión influyen enormemente en los niños y en los jóvenes. Pues bien, los consejos que vosotros les dais mientras están viendo la tele son mensajes que reciben con alta intensidad y eso les va formando su cabeza con criterios que serán válidos para toda su vida.

En la Fundación Marcet utilizamos programas positivos grabados de la televisión para pasarlos en las sesiones teóricas. Son programas muy bien hechos sobre jugadores famosos. El profesor que da la sesión teórica es consciente de que si quiere sacarle jugo al programa debe hacer a lo largo del reportaje pequeños comentarios que refuerzan el mensaje que el propio documento pretende dar. Esos refuerzos positivos, van formando en el jugador unos criterios válidos para toda la vida y los ha sacado de un jugador que es su ídolo y de un comentario de su profesor que le ha llegado al corazón.

Cuando estos alumnos salen al campo de entrenamiento después de estas sesiones teóricas se les ve muy encendidos, se van al entrenamiento de la tarde con un mensaje muy claro que no van a olvidar ya nunca porque les ha llegado muy hondo. 

Se ha dado el caso de ofrecer alguna vez esta misma sesión sin comentarios del profesor por falta de tiempo o de preparación personal. No ha sido lo mismo porque el alumno no ha sabido por sí solo resaltar los valores con toda la profundidad necesaria. Un comentario hecho en el momento oportuno puede hacer mucho bien.

Por tanto, mucho cuidado con los contenidos nocivos de la televisión que tiene las siguientes consecuencias:

  1. Una perdida de referencias de modelos tan necesaria en los jóvenes por la proliferación de antimodelos que confunden el bien con el mal.
  2. Sedentarismo y obesidad.
  3. Aislamiento, pérdida de relaciones y soledad.
  4. Banalización de la violencia.
  5. Falta de sueño, pesadillas, cansancio, irritabilidad, alteraciones nerviosas.
  6. Fracaso escolar por falta de tiempo, evasión de la realidad, sueño y apatía intelectual.
  7. Sexo explícito y escaso sentido del pudor y de la intimidad.
  8. Incitación continua al consumismo.
  9. Menosprecio de la dignidad de las personas y de las realidades más serias.

Para hacer frente a todo esto:

Horarios fijos para levantar y acostar a los niños, sin transigir por ver un programa.

Dejarlos solos el menor tiempo posible y no convertir la televisión en niñera.

Televisión apagada. Especialmente durante la comida y durante los deberes.

Seleccionar y pactar de antemano los programas que se van a ver.

Que no haya televisión en las habitaciones.

Que los padres den siempre ejemplo de sobriedad televisiva.

En este tema, la Fundación Marcet tiene también algo que aportar. Este verano hemos tenido la suerte de que la temperatura nos ha respetado y las lluvias han sido bastante frecuentes. En una ocasión, la lluvia impidió que los chicos pudieran seguir el entrenamiento. Uno de los colaboradores de la Fundación propuso inconscientemente pasarles una película. La respuesta fue contundente: ¡No! Pasaremos una película en casos muy extremos. Cuando ya no tengamos más recursos. Los padres no han traído a su hijo a la Fundación para que les pasemos una película. Vamos a esperar si para de llover y mientras, trabajaremos en los vestuarios cada grupo con su profesor algún aspecto concreto de la técnica individual o uno de los valores que estamos inculcando durante estos días. Es buen momento para hablar con los chicos y crear una situación de diálogo con todo el grupo. Será muy formativo y los chicos podrán ver que se pueden hacer muchas más cosas que ver la televisión.

Otro momento divertido que tiene mucha relación con todo esto fue en nuestro último viaje a Mallorca. Uno de los chicos, de forma inocente me preguntó si iban a poder ver la televisión pues estos días hacían una serie que él no se quería perder. Le comenté que no íbamos a ver la televisión durante todo el fin de semana porque no habíamos ido a Mallorca a eso. Que estuviera tranquilo porque se lo iba a pasar muy bien sin ver la televisión. El chaval lo aceptó sin poner muchas más pegas pero cuando ya estábamos embarcando de vuelta a Barcelona, ese mismo chico me comentó que parecía mentira que había estado todo el fin de semana sin ver la televisión y se lo había pasado en grande. Era una experiencia nueva para él. Ojalá la continúe.