Uno de nuestros profesores más inquietos andaba muy preocupado por la mala alimentación de los jóvenes deportistas y me sugirió que en la próxima reunión con los padres se hablara en serio de los hábitos alimenticios para intentar eliminar las cocacolas y las patatas fritas, los bollos, etc.

Parece ser que los chicos, en cuanto terminaban el entrenamiento, convencían a sus padres para pasar por el bar  y se tomaban este tipo de productos antes mencionado. Se le veía muy motivado en este sentido y de hecho ya había hablado con sus jugadores a nivel de grupo para que cuidaran sus costumbres alimenticias.
Yo, personalmente le apoyé en su campaña porque considero que es vital tener a los chicos bien alimentados y considero que un deportista, si está pesado, no puede poner en práctica lo que se le pide con la agilidad necesaria y, si realmente viene a entrenar para mejorar, lo primero que debe hacer es ponerse a tono físicamente porque la mejoría será inmediata: más velocidad, más resistencia, más agilidad…
Somos conscientes de que los padres se preocupan de esto pero, muchas veces, cuando ellos no están (están trabajando fuera de casa) atacan la nevera o la despensa y eso les hace daño. En otras ocasiones, la falta de información de los padres, provoca alimentación deficiente en los niños deportistas que les lleva a la obesidad y no nos facilita en nada el trabajo deportivo que luego deben realizar.
Pues bien, lo que ahora voy a contar le pasó a este profesor con tan buenas intenciones y que nos sirvió a él y a mí para seguir aprendiendo de los acontecimientos de la vida. Uno de los primeros días de la temporada, después de haber hablado al grupo de jugadores que él entrena de la necesidad de cuidar la alimentación, se dirigió a uno de ellos que estaba algo más relleno que los demás y le insistió en público que debía tener cuidado con las comidas.
El chaval quedó bastante impactado aunque el profesor no notó nada pero, por lo que supimos después, se lo había comentado a sus padres algo enfadado. Sin embargo, los padres tampoco dijeron nada y le comentaron al chico que no hiciera mucho caso de estas indicaciones ya que en casa se cuidaba mucho la alimentación, orientados por su médico de familia.
El profesor, al cabo de dos días, estaba comentándome  algunos aspectos deportivos y de nuevo insistió en la alimentación recalcando a este jugador, de forma delicada, que tenía unos kilos de más.
No sé por qué, pero intuí que aquel comentario no le sentaba bien al chico aunque se defendió con educación y le comentó al profesor que él no comía nada de eso. Para apoyarle un poco, comenté delante de sus compañeros que era el más rápido de todos y  el que más intensidad ponía en los entrenamientos (es bastante cierto) y eso le tranquilizó un poco aunque el profesor no parecía del todo convencido.
Como tengo mucha confianza con los padres, me decidí a charlar con ellos de este tema para que supieran lo que había ocurrido y les comenté que pensaba que habíamos metido la pata en este asunto con su hijo.
Ellos me confirmaron que efectivamente cuidaban este tema y que lo que habíamos comentado podía haberle hecho mucho daño porque tienen una hija algo mayor, que había pasado por la grave situación de una anorexia y no querían que esto le sucediera a su hijo.
Me di cuenta de que había que solucionarlo inmediatamente y llamé al chaval y al profesor para hablar del asunto. En nombre del profesor y del mío pedí disculpas al chico por los comentarios que le habíamos hecho porque no éramos conscientes a pesar de hacerlo con buena intención.
El chico se sinceró con nosotros y nos explicó lo de su hermana y que no quería que a él le pasar algo parecido. El profesor, al darse cuenta de lo que había provocado, pidió disculpas y le hizo ver que le había faltado información. Que no hiciera caso de nada de lo que había dicho y que el asunto estaba zanjado. Ya no iba a hablar más de este tema con él.
Una nueva lección de prudencia a la hora de comentar las cosas habíamos aprendido esa tarde. Yo quedé bastante impresionado por la importancia de medir siempre nuestras palabras. Hemos de ser conscientes de la gran influencia que tiene en los chicos todo lo que les decimos. Una llamada a la responsabilidad personal de cada uno de nosotros:
“lo que hacemos y decimos siempre repercute en los demás de forma positiva o negativa”.