Un problema muy generalizado en nuestros alumnos más jóvenes

Tras vivir una experiencia única durante estos últimos meses, quiero contarla con todo detalle para que sirva de reflexión a los padres y educadores que lo estáis leyendo porque pienso que nos puede hacer pensar y cambiar nuestro enfoque con nuestros hijos desde que son pequeños.

Juan tiene 9 años. Su padre llama por teléfono para solicitar entrar en la escuela de fútbol. Le damos día y hora para que haga una prueba y comprobar el nivel de juego que tiene. Eso nos permitirá conocer a la familia y conocer al chico un poco más antes de admitirle.

Llega el día señalado y aparece un niño con un buen aspecto para la práctica del fútbol agarrado a la mano de su padre todo el rato. Viene ya cambiado para empezar el entrenamiento, con las botas puestas.

Empieza el entrenamiento. Presentamos al nuevo jugador a sus compañeros para que la acogida sea lo más favorable. Los niños le dan al mano y se presentan uno a uno. Todo va viento en popa. Empieza el entrenamiento. Me quedo un rato observando para comprobar directamente qué tal lo hace. Se le ve con buenas maneras, con un buen toque de balón. Algo tranquilo, pero bien.

De repente, el niño deja de jugar y sale del entrenamiento. No recuerdo si hubo algún motivo que le llevara a actuar de esta forma pero el hecho es que salió del campo y se fue con su padre. Había quedado bloqueado por algún motivo. Esto último ocurrió sin que yo lo viera pero cuando pasé por allí, me lo encontré sentado en la grada junto a  su padre.

Le pregunté si había algún problema pero no me dijo nada. No quería seguir y ya está. El padre pidió disculpas y se fue con su hijo a pesar de que le animamos a volver otro día. Quizá se encontraba mal en ese momento. Muchas veces vienen muy nerviosos porque es algo nuevo para ellos, pero normalmente lo superan al poco tiempo cuando llevan cinco minutos entrenando con el grupo.

Pasó bastante tiempo y la familia vino a preguntar si podían intentarlo nuevamente. Accedimos, por supuesto. El niño llegó con su padre y se sentó en la grada, mirando. No conseguimos que entrara en el campo. Los padres se fueron muy contristados y pidieron disculpas.

Al cabo de un tiempo, los padres quisieron pedir consejo. No sabían qué hacer con la situación. El niño quería jugar al fútbol pero no conseguía entrar en el campo de entrenamiento a pesar de que los entrenadores, intentaban animarle mediante pequeñas tácticas para introducirlo en el campo con más facilidad.

Les aconsejamos que no forzaran al niño en ningún momento y que tuvieran mucha paciencia porque era una pequeña batalla que había que ganar. El plan era muy sencillo: debíamos dejar claro que no había vuelta de hoja, que debía entrenar porque así lo habíamos decidido y que tenía que conseguir eliminar las pequeñas barreras que le cerraban el paso para conseguirlo.

Con paciencia, con mucha paciencia, debían venir los días de entrenamiento y realizar todo el protocolo que existe: desde preparar la bolsa de entrenamiento hasta desplazarse al campo, saludar a los compañeros, etc. Luego debía dar el paso importante de meterse en el campo.

Así se hizo. Cada día Juan y su padre o su madre llegaban al campo y se sentaban en la grada que da acceso al campo de entrenamiento. Llegaba cambiado porque este era otro obstáculo que no había superado: cambiarse con los demás compañeros en el vestuario. Priorizamos este primer objetivo y dejamos como secundario el del vestuario.

Pasó todo un mes y Juan ya se conocía los nombres de todos los niños y las madres de los niños le saludaban y le animaban a dar el salto, cada una a su manera porque de hecho todos vivíamos la experiencia con emoción. Valoraban la enorme paciencia que estaba teniendo especialmente los padres porque aunque avanzábamos, la verdad era que muy lentamente.

Pasó otro mes y el niño veía que los padres no aflojaban aunque alguna vez pensaban que no iba a funcionar la estrategia. Es cierto que los padres no aflojaron sino todo lo contrario, apretaron al chaval para que se diera cuenta de que debía superarlo ya. Ciertamente necesitaba un empujoncito porque el asunto estaba ya muy maduro y la fruta tan madura tenía que caer del árbol por si sola.

Un día, la fruta madura cayó al suelo. El entrenador le pidió que le ayudara a colocar los conos y entró en el campo. Miraba a sus padres de vez en cuando pero los padres procuraban mirar a otro lugar para que no retrocediese. Pero la fruta madura ya no vuelve al árbol, se ha desprendido para siempre de él y se convierte en un elemento propio y personal.

Fue bonito ver cómo sus compañeros, sin que se diera cuenta él, le hicieron pasar un entrenamiento formidable: le felicitaban cuando hacía una buena jugada y le comentaron varias veces que era un gran jugador. Entre niños, todo queda muy natural pero para mi fue una experiencia bonita ver la reacción de sus compañeros.

La verdad es que se sintió muy bien. Luego vino a verme y me comentó, muy emocionado, que había estado entrenando con sus compañeros y que le habían convocado para el próximo partido. Me llegó al alma esa ilusión del niño porque eso significaba que por dentro había experiemntado una enorme tensión, una gran batalla y esa manifestación de alegría, era la satisfacción de haberla superado. Educativamente, no se puede pedir mayor reto a un niño y a un educador y a unos padres.

El sábado jugó su partido y el lunes entrenó con sus compañeros desde el principio. Ahora empezaremos la batalla del vestuario y otras pequeñas batallas que son consecuencia de algo que se hizo mal en su momento. Pero hemos llegado a tiempo y lo estamos corrigiendo.

¿Cuál es la razón por la que el niño no quería entrar al campo a pesar de que el fútbol es su pasión? Esta es la pregunta clave que nos formulamos. Yo tengo mi respuesta en el título de este artículo y me gustaría desglosarlo porque pueden serles de utilidad a los padres preocupados por la educación integral de sus hijos.

En primer lugar hemos de dejar claro que ahora los padres tienen menos hijos. Antes era fácil ver familias numerosas. Ahora, muchos tienen un hijo. Y esto es un problema porque se centran demasiado en él convirtiéndose en el centro del universo. Menos niños significa que un padre o una madre puede hacer más por ellos. Los hermanos juegan solos y no necesitan de sus padres, los niños sin hermanos juegan aislados, no tienen compañía.

Por lo que sea, el niño es agasajado, mimado, alimentado y protegido como una flor de invernadero, cuando en realidad es un pequeño y resistente geranio que necesita estar al aire libre.

Todo empieza cuando son muy pequeños. Los padres protectores piensan que los bebés hay que cogerlos en brazos cada vez que lo desean, nunca debe dormir solo, hay que darles el pecho hasta el segundo o tercer año. Sus llantos deben ser siempre atendidos.

La madre o el padre que hace todo esto, ¿está satisfaciendo las necesidades del niño o de la madre?

Conforme van creciendo, la preocupación de estos padres es la de evitar cualquier tipo de frustración. No aguantan verles sufrir, llorar o pasarlo mal, e intentan protegerlos para que no tengan nunca este tipo de experiencias.

También muchos de estos padres ponen a su hijo en un pedestal. Podemos mimar a nuestros hijos y disfrutar de ellos. Hay veces que hemos de sacrificarnos por ellos. ¿Qué padre no daría la vida por su hijo? Pero esto es muy diferente a idolatrarlos. Nuestro amor por nuestros hijos es muy grande pero eso no debe llevarnos a consentirle todo porque le adoro y no quiero disgustarle.

Y llegamos al momento clave que puede explicar lo que les ocurrió a los padres de Juan. La escena es la siguiente: una niña de tres años pasea con sus padres con una muñeca en las manos. Deciden terminar el paseo para volver a comer a casa. Intentan subir al coche y la niña no quiere. Los padres utilizan todo tipo de argumentos: vamos a subir a la muñeca al coche que debe estar hambrienta. Ni lloraba ni estaba furiosa. Que no quiere subir. Quiere seguir jugando en la calle.

Es evidente que la niña mandaba en esa casa y que se hacía lo que ella quería. Los padres no habían pensado lo importante que era coger a la niña en brazos y meterla en el coche. Si esto no lo han hecho nunca, hemos de entender que Juan no entrara en el campo con sus compañeros nunca.

Es bueno que pensemos en estas ideas:

  • acepta que tus hijos son únicos y normales
  • enséñales a respetar a sus padres y a los demás: la familia, los amigos, los compañeros…
  • enséñales a ser fuertes, independientes y valientes (temas que tocaremos más adelante)
  • enséñales a ser agradecidos
  • enséñales el valor del trabajo

¿Puedo pedirles que respondan a estas preguntas?

1. Si ustedes hubieran sido los padres de la niña que no quería subir al coche, sinceramente, ¿qué hubieran hecho?: promesas para que subiera (regalos) o amenazas (castigos)

2. ¿Puede visualizar la escena donde usted está realizando la acción de subirla al coche en brazos a pesar de las protestas de la niña sin sentirse culpable por esto?

Todos vemos un poquito de esta niña idolatrada en nuestros hijos. Queremos complacerlos y hacerles la vida agradable. Aceptémoslo. Estamos bastante locos por ellos. Y eso es estupendo. Pero debemos darnos cuenta de que debemos seguir queriéndolos y a la vez continuar con nuestra misión de formación de su carácter dejándole muy claro que porque la queremos, debe saber que nosotros decidimos lo mejor para ella. Y eso significa bajarles del pedestal.

Posiblemente Juan está en un pedestal todavía y decide siempre qué es lo que quiere hacer y cuando algo le cuesta, lo evita sin más y sus padres consienten porque nunca le han dicho claramente que va a hacer lo que ellos decidan ya que es lo mejor para él.