No a los violentos que destruyen el fútbol formativo
Son las tres de la tarde de un precioso domingo invernal. Comienza un partido brillante entre dos grandes equipos en la sede de la Fundación Marcet en la categoría preferente. Se espera un gran partido. Pese a la hora, el campo está lleno de gente que acude a ver a su equipo. No hay vallas, ni obstáculos para poder disfrutar con tranquilidad del espectáculo.
Unos padres del equipo contrario empiezan a calentar el partido realizando protestas sobre las condiciones del campo. Ya nos gustaría poder ofrecerles campos inmensos con gradas y todo lo que se lleva en los campos que el ayuntamiento cede a los clubes. Nosotros no tenemos ayudas de ningún tipo y ofrecemos lo que podemos ofrecer. Hemos hecho un esfuerzo ampliando el campo y adquiriendo unas porterías más grandes. Pero nunca podremos ofrecer las instalaciones que ellos utilizan.
El partido está muy igualado y está llegando al final pero dos padres del equipo contrario se dedican de forma constante y muy exagerada a gritarle al árbitro faltándole al respeto. Los padres de la Fundación Marcet lo están pasando mal, los responsables de la instalación también y el árbitro, que era muy joven, estaba muy nervioso. Las protestas eran cada vez más airadas. Había que actuar porque los niños no se merecían este espectáculo. Los entrenadores del equipo contrario no hacían nada por parar a esos dos padres que se estaban cargando el partido.
En el deporte de hoy hay dos mundos que se ponen en contacto: los jugadores y los espectadores. Son tan diferentes como el negro y el blanco pero están tan unidos como el adverso y reverso de una moneda. Hablar del espectador deportivo es  delicadísimo. Acuden todo tipo de personas pues el fútbol es capaz de aglutinar a personas bien dispares con el mismo fin: animar a su equipo.
Para conocer al espectador es necesario saber qué significa el deporte para él, a qué acude al campo, que busca en ese momento, ¿por qué va al partido? La respuesta es difícil. Hay varias causas. Unos acuden a los partidos como medio de expansión, otros para evadirse de la vida cotidiana, para no estar solo. ¿Que hay en el fútbol que es capaz de levantar tantas pasiones y atraer a tanta gente tan diferente?
El espectáculo deportivo es un medio de expresión y de comunicación. Es una gran radiografía de la sociedad: hay espectadores que hacen todo lo posible por sobresalir, por dirigir al resto de los aficionados, son los que más gritan, los que logran romper el silencio, los que levantan el ánimo de los seguidores del equipo. Hay otros que no desean destacar, que encuentran placer perdiéndose entre el público. También destacamos al  flemático, poco amante del alboroto, que aplaude fríamente y el nervioso, siempre intranquilo y alborotador.
Muy interesante es observar los gestos, la mímica y las palabras de los espectadores. La sofocación, las protestas y las caras de angustia cuando la pelota no consigue meterse en la portería.
Hay momentos en que la protesta, la indignación y la pasión exacerbada impera en los graderíos. Lo difícil, lo deportivo es no protestar, no indignarse ni apasionarse. Reconocer y aplaudir la técnica y la capacidad de los contrarios. Lo realmente deportivo es respetarse en el triunfo y en la derrota. Pero no siempre es así.
En esa bonita tarde soleada estaba ocurriendo una vez más lo que está estropeando al fútbol como deporte. Unos padres quisieron tomar el protagonismo del partido robándoselo a los niños que, hasta el momento, estaban disfrutando mucho. Eran solo dos o tres personas las que molestaban con sus gritos y sus insultos pero como los demás estábamos tranquilos, aquello desentonaba mucho. Era realmente desagradable para los demás padres que lo único que quieren es que sus hijos hagan deporte en un ambiente sano.
Nos acercamos a esos padres para intentar dialogar con ellos y tranquilizarles un poco ya que era muy molesto lo que estábamos oyendo. Utilizamos palabras cargadas de educación y de comprensión. Estábamos seguros de que el árbitro no estaba pitando en algunos casos a favor pero había que respetar sus decisiones y dar buen ejemplo a los hijos. Nos miraban como si estuviéramos locos. No era momento de razonar pero si era momento de actuar porque muchas veces lo que ocurre es que tenemos miedo de cortar este tipo de actuaciones y giramos la cara como si no pasara nada y nos limitamos a comentar el ridículo que están haciendo al gritar y protestar pero lo permitimos.
Los directivos y responsables de los clubes somos los culpables de que esto esté ocurriendo en los campos de fútbol porque un padre así no debería permitírsele el acceso al campo. Qué rápido se arreglaría el tema si todos los que amamos el fútbol con respeto y deportividad fuéramos más valientes, especialmente los que tenemos responsabilidades en el fútbol formativo.
A raíz de este suceso, hemos decidido tomar ciertas medidas y, a partir de ahora, cuando se repitan hechos parecidos en los que no se trate con respeto al árbitro o al resto de las personas que participan en el encuentro,
  1. Sugeriremos al árbitro que dé por terminado el partido porque los padres de estos niños confían siempre en que en la entidad se mantenga un ambiente sano. Puede ser que  perdamos los puntos pero qué más da, hay asuntos más importantes que los dichosos puntos.
  2. Protegeremos más al árbitro, dándole una salida más segura hacia el vestuario y aislándole de los personajes desairados que invaden nuestra propia casa.
  3. Dejaremos claro a los padres que nos visiten que son siempre bienvenidos excepto aquellos que no saben comportarse.
El futuro de este deporte está en nuestras manos y no podemos permitir que unos pocos violentos aprovechen estas situaciones para cargárselo. Nunca más.