Con paciencia, esfuerzo y determinación…

… puedes llegar tan lejos como te lo propongas.

Una de las cualidades más valoradas por un formador en el mundo del fútbol es la paciencia. Sin ella es muy complicado realizar una buena labor con tus jugadores y, en el fondo, lo que demuestra es confianza y aprecio en la persona que diriges. La paciencia te permite ver las cosas sin prisas, perseguir metas a largo plazo sin urgencias.

 

La paciencia también es un valor que hay que inculcar a los deportistas para aceptar con humildad los fracasos y las pequeñas derrotas y de esta forma seguir avanzando, poco a poco, hasta conseguir sus objetivos.

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Hace pocos días he viajado con el equipo a Alemania para participar en un torneo. Me ha llamado la atención la paciencia con la que los entrenadores gestionaban a sus equipos. Eran todos de países del norte de Europa, con una mentalidad muy diferente a la que vivimos en España.

No escuché ni un solo grito, ni una manifestación de enfado, ninguna actuación fuera de lugar en todo el fin de semana donde se jugaba el torneo con equipos como el Bayern, Shalke 04, Borussia, etc. Transmitían, con su actitud, una tranquilidad y una paz indescriptibles mientras se jugaban la clasificación en un campeonato internacional de mucho prestigio.

Uno puede pensar que sin los gritos de los entrenadores, los niños no salen con la intensidad necesaria pero es un error. Lo que pude apreciar allí es que, sin decirles apenas nada, salían a muerte en cada partido.

Jamás había visto una intensidad tan brutal: suben, bajan, presionan…Y el entrenador en silencio, tranquilo, observándolo todo. Y no hablo de uno, eran prácticamente todos.

De vez en cuando reciben un gol y el entrenador ni se inmuta. Sabe que sus jugadores lo están dando todo y que deben seguir luchando como hasta ahora. Hay mensajes y consejos constantes por parte del entrenador, pero sin nerviosismos, muy tranquilos.

No cabe duda que me llevé una lección de Alemania que es difícil de olvidar: soportar los reveses y los errores de tus jugadores con suma paciencia.

Eso no quiere decir que el entrenador no tenga en cuenta esos fallos. Como trabaja a largo plazo, asume que los errores de sus jugadores forman parte del aprendizaje y, por lo tanto, no es necesario ponerse nervioso en ningún momento. Perder la paciencia es perder la batalla.

Sigue el partido y, entre los muchos aciertos, se repiten los pequeños errores pero la reacción del entrenador es siempre la misma: la comprensión, la total confianza en sus jugadores. Con mucha paciencia sigue dándoles esos sabios consejos con la idea de conseguir una mejora en ellos, sin traumatismos, sin salidas fuera de tono, sin prisas.

No hay nadie más fuerte que estos dos guerreros: la paciencia y el tiempo.

Pensaba en la paciencia de los entrenadores que trabajan en el mundo del fútbol base. Cuando un entrenador desea verdaderamente enseñar, está claro que debe mostrar paciencia porque se da cuenta que son muchas las cosas que desde muy jóvenes deben aprender. Todo se desarrolla en un plano inclinado donde poco a poco se va apreciando su progresión.

El jugador, en bastantes ocasiones, no entiende lo que le explicamos o se distrae por falta de concentración. Normalmente las cosas no le salen a la primera ni a la segunda y eso lo sabe el entrenador que le sigue animando y corrigiendo hasta la saciedad. No se cansa de repetir las cosas de diferentes formas para conseguir esos objetivos a largo plazo.

Luego están estos otros entrenadores que se buscan a si mismos y que, a la primera torpeza del jugador, se desesperan y el ambiente que se respira en el equipo se pone lamentable para todos, especialmente para el jugador que se da cuenta inmediatamente de que su entrenador carece de la paciencia necesaria.

La paciencia es un árbol de raíz amarga pero de frutos muy dulces.

Normalmente recordamos a esos entrenadores que en nuestra infancia creyeron en nosotros y nos ayudaron a dar los primeros pasos en el mundo del fútbol. Nos transmitían esta ilusión cada vez que dábamos un paso adelante en este camino estrecho de la vida.

Nos mostraban un camino lleno de dificultades donde no cabe el amor propio. Poco a poco, con humildad y buenos consejos íbamos superando los pequeñas obstáculos que aparecían una y otra vez, bajo la mirada sonriente de nuestro entrenador que no cejaba en darnos ánimos continuamente para ir venciendo la multitud de errores que íbamos cometiendo. Ante la paciencia que mostraba, todo lo soportábamos felices, con la satisfacción del esfuerzo realizado.

Los niños que practican fútbol sueñan en ser como sus héroes pero no se dan cuenta que, para llegar a ser como ellos, es necesario mucho esfuerzo, mucho sacrificio, mucha humildad. Y es labor del educador hacerles ver claramente que deben evitar esa mentalidad del que lo quiere alcanzar todo enseguida.

 

Esta es la lógica inmadura de los niños que no quieren esforzarse y se rebelan si no lo consiguen todo inmediatamente. Cuántos casos de niños que abandonan el fútbol porque quieren llegar a ser como sus ídolos más rápido de la cuenta y, cada vez que fallan, se hunden en lo más profundo del desánimo e incluso llegan a abandonar.

Yo les diría: no pretendas correr cuando todavía no sabes caminar. Todo en la vida llega en su momento y tu debes aprender a esperar.

En contraste, se puede apreciar alrededor tuyo a jugadores que van avanzando paso a paso sin desesperarse por nada y terminan muy arriba sin que casi te des cuenta. Efectivamente, la paciencia no es sólo una virtud del buen entrenador. También debe ser un valor inculcado en el jugador que le permitirá no ir más deprisa de lo que realmente puede, para no precipitarse y saltarse pasos esenciales en su formación deportiva.

La paciencia está en ir paso a paso, luchando en pequeñas cosas, las pequeñas victorias de cada día. Valorar los pequeños avances que se van produciendo después de un gran esfuerzo. Un paso y luego, otro. Sin desesperarse cuando resbalo o me caigo al suelo. Levantándose una y otra vez con ánimos porque sabe que, cada vez que se levanta, es más fuerte y más experimentado para seguir el camino que le lleva a la meta.

No te canses de esperar, todo lo que vale la pena necesita paciencia.

Si algo que me llamó fuertemente la atención en este torneo fue la reacción de los jugadores alemanes cuando les metían un gol. En lugar de desanimarse y bajar los brazos, se limitaban a sacar el balón del centro del campo de forma inmediata para seguir jugando e intentar poner más esfuerzo a partir de ese momento. Tampoco se impacientaban ni se ponían nerviosos mirando el reloj para saber si había tiempo para remontar el partido. Simplemente seguían jugando.

Esta es la pedagogía eficaz: formar poco a poco a las personas, enseñándoles, corrigiéndoles, animándoles. Un buen formador, no se cansa de la lentitud para aprender, no deja de contar con ellos a pesar de sus debilidades ni siquiera cuando sus reacciones desentonan. Nadie llega a la meta de un salto, las grandes victorias se alcanzan paso a paso.

Si no somos pacientes ante sus errores, estamos expuestos al desánimo. Al comprobar que sus defectos permanecen con el paso del tiempo, puede parecer que nuestro objetivo está demasiado lejos y que no lo vamos a poder alcanzar. Un entrenador paciente nunca se desanima porque sabe que la progresión de sus jugadores es lenta pero eficaz.

Por esta razón, cuando un entrenador se enfada en un partido porque uno de sus jugadores no está poniendo en práctica lo que le ha enseñado, está dañando al deportista. Hemos de mostrar mucha más paciencia porque estamos seguros que terminará  aplicándolo correctamente.

Nos falta mucha paciencia, una visión más tranquila y confiada del trabajo de nuestros jugadores. Pensamos que son capaces de asimilar nuestras enseñanzas con inmediatez y no nos damos cuenta de que esto no funciona a la velocidad que deseamos. Poco a poco, irá mejorando si le demostramos esa confianza que merece desde un principio.

Existe una impaciencia buena que es la urgencia por hacer las cosas bien y luchar y esforzarnos por cumplir lo que nos piden.

Muy distinta a la impaciencia mala, fruto del egoísmo de pensar en uno mismo. Se manifiesta en la precipitación por querer realizar varias cosas a la vez, agitadamente, en lugar de afrontarlas una detrás de la otra.

La impaciencia mala conduce al desencanto y a la tristeza por no conseguir lo que deseábamos. Se continua luchando pero sin la serenidad necesaria de saberse comprendido y con la tensión de quién está pendiente de si mismo.

Es fácil que se presente la tentación de abandonar una lucha tan penosa, justificando el descorazonamiento con la falta de resultados visibles y dejándose llevar por los propios gustos.

La lucha contra nuestros propios defectos.

Conocer con claridad nuestros límites y defectos nos invita a una lucha humilde y confiada. Cuanto más humildes seamos, más defectos veremos. No es que empeoremos, lo que pasa es que vemos mejor. No somos una desilusión. Sabemos que es grande nuestra fragilidad.

Ayer me reuní con los jugadores como hago cada mes. Hablamos de esos valores que aparecen en el deporte y que hay que encauzar adecuadamente. Había pasado un trimestre y empezábamos el año 2017. Les explicaba que era el momento de hacerse una pregunta:

–¿cuál ha sido su defecto dominante durante este primer trimestre? –, les decía mientras los miraba a todos a los ojos como pidiéndoles un esfuerzo sincero.

Levantó la mano un chico de doce años y sin dudarlo responde:

–Cuando llegué nuevo al equipo este año, me di cuenta que me faltaba seguridad en mi mismo. Salgo con miedo a jugar porque pienso que no voy a estar a la altura de mis compañeros de equipo.

Le felicité por su transparencia y le aclaré que su lucha y su esfuerzo debe ir enfocado a superar este defecto poco a poco. Esa humildad que ha demostrado reconociendo sus limitaciones le va a ser de mucha utilidad para mejorar con paciencia. Cada día un poco más.

Seguíamos en la charla de principio de trimestre comentando lo siguiente:

–como podéis comprobar, cuando me encuentro con vosotros nunca os pregunto cuánto habéis quedado y si habéis metido un gol porque no me interesa para nada los resultados, lo que quiero de vosotros es apreciar el esfuerzo que estáis poniendo para conseguir esos buenos objetivos.

Lo que realmente valora un entrenador formador no son las cualidades deportivas que tienen sus jugadores, porque efectivamente hay tantas personas con grandes cualidades, más inteligentes, con más capacidad… Por encima de esto, lo que aprecia de estos deportistas son las ganas de cambiar, de mejorar.

La paciencia se ejercita especialmente frente a las adversidades.

Muchas veces los padres comentan: mi hijo lo está pasando mal porque no consigue ganar partidos y se desaniman. Esto mismo pensaba yo hace mucho tiempo pero ahora me doy cuenta que es un error razonar así porque he de pensar siempre en positivo. Cualquier adversidad tiene su lado bueno.

Suelo comentarles que tener una racha negativa te permite poner esfuerzo para corregir los errores que estás teniendo y superarte. Y eso te hace más fuerte. Cuando veo a los jugadores profesionales colocarse unos sacos de arena en las piernas, entiendo que es como una dificultad que te permite crecer en potencia y cuando te las quitas parece que vuelas. Pues eso es lo que les pasa a los que sufren adversidades y luchan por mejorarlas, salen mucho más preparados que los que siempre ganan.

Ver las cosas con optimismo forma parte de esta paciencia porque el optimista no se desanima y cuando las cosas salen mal sabe darle la vuelta a la tortilla y encontrar lo positivo de las situaciones adversas.

Un equipo que siempre gana, lo primero que piensa es que todo lo hace bien. Y eso es una falta de humildad provocada por el éxito fácil. De ahí que el buen entrenador, para que no crezca el orgullo en sus jugadores, procura inculcarles medidas de prudencia cuando ganan y les advierte que hay muchas cosas que mejorar en su juego pese a la victoria.

El sufrimiento nos cura, nos fortalece, nos hace mejores.

Por eso, es bueno recordar los tesoros del futbolista aunque te extrañen. Son: el hambre, la sed, el calor, el frío, el dolor, la deshonra, la pobreza, la soledad, la traición, la calumnia,…

Rebelarse, impacientarse…, rechazar esos tesoros cuando se presentan son reacciones fáciles, comprensibles e incluso justificables. Sin embargo es el momento de ser paciente, abrazando esas contrariedades.

Ejercitar la paciencia con nosotros mismos es reconocer nuestras propias faltas y esforzarse una y otra vez en corregirlas. Aceptar nuestros límites de talento y de virtud y estar agradecido creciendo  en humildad.

Por lo tanto, la actitud que siempre hemos de tener en el campo se caracteriza por dos posturas muy claras: admitir los puntos débiles de nuestro carácter o de nuestra forma de jugar y estar dispuestos a dejarse moldear.

Una persona paciente pedirá ayuda porque sabe que le comprenden con sus defectos. Y no le da importancia cuando los manifiesta porque siempre encontrará en su entrenador y en sus compañeros el apoyo necesario para seguir mejorando.

Ser paciente, arrastra a los demás.

La paciencia hay que manifestarla con todos y en todas las circunstancias: aprender a aceptar a las personas con sus defectos y cualidades. El impaciente se quejará inmediatamente de todo lo que le rodea y ve solo las sombras. La buena actitud es ver las cosas con paciencia. Muchas veces, las cosas no son como queremos sino que vienen dadas y hemos de saber recibirlas con alegría, sin perder nunca los nervios.

Muchos entrenadores no tienen paciencia suficiente y en cuanto las cosas salen mal, no dudan en echar la culpa a los jugadores. No se dan cuenta que, cuando los jugadores fallan, lo que han de hacer es armarse de paciencia y detectar cuanto antes las causas de esa derrota para corregirla. Los jugadores lo agradecerán porque en lugar de ser el foco de atención por la derrota, son el punto de partida para la mejora.

La impaciencia es fuente de quejas estériles y amargas que nos muestran miopes al juzgar las cosas solo por los resultados, las apariencias y los números. Sin quitarle importancia al mal, hemos de saber descubrir la parte buena de toda situación que se nos presente.

Es la paciencia la que nos ayuda a ser comprensivos con los demás siendo conscientes que las personas mejoran con el tiempo.

Manifestaciones prácticas de nuestra paciencia:

Como buen entrenador, hemos de saber cómo sponer en práctica la paciencia en nuestra labor como formadores de futbolistas. Enumero algunas de ellas para que cada uno pueda aplicarlas a su situación concreta:

  1. Disponibilidad para dar nuestro tiempo,
  2. atención en el escuchar,
  3. adecuar la pendiente del plano inclinado por donde deben caminar mis jugadores: sus objetivos inmediatos y a corto y largo plazo,
  4. ponerse en el lugar de ellos, ayudándoles en detalles materiales sin pensar que es una perdida de tiempo,
  5. hacer propias las preocupaciones y alegrías de las personas con las que trabajamos.

En definitiva, la idea es que seamos siempre pacientes y tenaces, con una perseverancia que nada hace desfallecer.

Frutos de la paciencia

Como todos los valores que rodean al fútbol, la paciencia puede dar muy buenos frutos:

  1. Nos mantiene en la humildad y, por tanto prosperamos.
  2. Nos hace fuertes en la adversidad y mansos ante las injusticias y afrentas.
  3. Nos enseña a perdonar enseguida a quien nos ofende.
  4. Nos hace vencer las adversidades.
  5. Nos ayuda a ser perseverantes en nuestro camino.

Con paciencia, esfuerzo y determinación puedes llegar tan lejos como te lo propongas.