Rogelio es un jugador que vino el año pasado buscando un club para su hijo. Se presentó a las pruebas y lo seleccionamos para un equipo de iniciación. El niño está muy contento y ha aprendido mucho en un año. La verdad es que disfruta con su entrenador, con sus compañeros y con el nivel de fútbol que tiene el equipo.

 

Pero ha llegado el mes de mayo y con él comienza en muchos clubes la caza y captura de jugadores para las categorías altas. Por suerte aquí ya no tenemos esas categorías y esperamos no tenerlas porque se respiraba un ambiente excesivamente competitivo y bastante desagradable, muy poco recomendable para nuestros hijos que desean disfrutar con el fútbol.

 

No se sabe cómo, los jugadores de nuestros equipos reciben llamadas de entrenadores de otros clubes para prometerles no se sabe qué proyecto deportivo, que consiste simplemente en becas y categorías altas, después de deshacerse de los niños que habían fichado el año pasado y que no han dado resultado: los llamados descartes.

 

El nivel es tan alto y tan exigente que todo vale con tal de tener la mejor plantilla que nos permita mantener la categoría de preferente o división de honor. Los jugadores son simples objetos que se usan hasta que ya no dan más de si.

 

Pero todo esto no es más que una descripción llana y clara de lo que ocurre en el fútbol base actual que me sirve para contrastarlo con lo que hoy os quiero contar. Me gustaría adjetivarlo como dramático si no es ya en sí enormemente ridículo. Y que quede claro que no es para reírme de esta situación sino porque me da mucha pena y me encantaría poder frenar a algún padre despistado.

 

Hoy, mañana o pasado mañana, el entrenador se acerca a uno de los padres del equipo para hablar con él. Han quedado previamente. Se trata de comentarle el equipo que se le ha designado la próxima temporada. El entrenador intenta hacerle ver que está contento con su rendimiento y su compromiso y que el año que viene jugará en tal equipo. El padre piensa que su hijo es fantástico pero el entrenador no coincide con este pronóstico y piensa que donde va a estar disfrutando del fútbol es en un equipo inferior al esperado. Empieza la tormenta.

 

Reproduzco algunas frases típicas que salen de la boca de los padres cuando reciben esta noticia: “No me puedes hacer esto. Mi hijo lleva un año en el club y ahora me lo separas de sus amigos. No se parece justo. Tengo ofertas muy buenas que he rechazado y ahora me quedo sin equipo. Mi hijo vale pero no has sabido motivarlo y ha jugado en un puesto que no es el suyo. ¿por qué lo llamasteis? Supongo que algo bueno tendría y sin embargo ahora parece que no contáis con él.”

 

Inmediatamente decide llevarse al niño a otro equipo con la ilusión de mantenerlo en una categoría alta sin darse cuenta del daño que le hace ya que, objetivamente, no da para más, a pesar de que el padre lo ponga siempre en el máximo nivel posible. El niño va a sufrir mucho porque su padre le está exigiendo algo que no puede dar y eso puede durar un tiempo hasta que todo se derrumba y el niño, mientras, lo pasa muy mal.

 

El padre va probando clubes e intenta “vender” a su hijo al coordinador o a algún entrenador amigo. Le cuenta que jugaba en una categoría alta pero que le han tratado mal y que no estaba a gusto con el entrenador que tenía y que quiere cambiar de aires porque ha sufrido mucho donde estaba. La imagen que les queda a los responsables del club es que este niño es una perla que ha sido maltratada y que hay que ayudarle para conseguir de él ese elemento que le falta al equipo.

 

En la mayor parte de los clubes, esta historia no cuela y, en el primer entrenamiento, se dan cuenta de que ese niño no tiene las condiciones necesarias para jugar en la categoría que pretende su padre. Se lo quitan de encima lo más educadamente posible y el padre sigue su búsqueda sin importarle distancias ni tiempos. Allí donde le acepten, si es la categoría que se merece su hijo, se quedará.

 

Puede ir probando incansablemente en multitud de clubes y siempre hay uno que pica porque al entrenador le llama la atención algo o le impresiona lo que el padre le cuenta y le permiten quedarse sin darse cuenta de que un entrenamiento o varios no significan nada para valorar el nivel del niño y que puede dar el pego en un entrenamiento pero en cuanto empiece la competición se darán cuenta de que no llega, no puede. Y el drama continuará.

 

Yo quisiera decirles a estos padres que piensen más en sus hijos y acepten lo que les ofrecen sus entrenadores que han estado con él durante una larga temporada y que han sido capaces de conocer bien a su hijo. Puede ser que se equivoquen pero no es lo normal. Puede ser que su hijo esté por encima de lo que dicen pero también puede ser que esté por debajo de lo que el padre piensa y cuesta aceptarlo pero el tiempo nos suele dar la razón.

 

Quiero adelantarte que si aceptas y lo asumes, al niño le haces un gran bien porque lo que él quiere es jugar al fútbol y le da igual la categoría que juegue. Es capaz de adaptarse a lo que sea y lo que podremos conseguir es que disfrute de los partidos, que juegue mucho y que crezca feliz.

 

Somos los padres los que cometemos errores imperdonables pretendiendo que nuestro hijo juegue en la categoría que pensamos que se merece. El error está en no aceptar el juicio del entrenador. Pensar que nosotros tenemos la razón y que conocemos más que nadie a nuestro hijo.

 

La opción de los caza categorías es muy penosa porque el niño vive al límite de sus posibilidades, juega poco y no disfruta del fútbol porque se le hace muy grande y complicado y al final deja el fútbol porque no aguanta más. ¿Es eso lo que quieres para tu hijo? ¿Te das cuenta del daño que le puedes causar?

 

He podido presenciar situaciones muy dolorosas donde el nivel del niño es evidente a pesar de que el padre no es capaz de apreciarlo, porque el amor de padre ciega. Intenta colocarlo en grandes equipos sin conseguirlo pero mientras tanto, ha abandonado el club donde estaba y el niño lo ha pasado muy mal porque las puertas de los diferentes equipos se han ido cerrando dejando en evidencia lo que le habían constatado y ya no hay marcha atrás perdiendo un año de competición por culpa de esos impulsos inmaduros de algunos padres.

 

Algo parecido nos pasa a los que dirigimos una entidad deportiva. Nos dejamos llevar por la corriente y llegamos a pensar que cuantos más equipos tengas en las máximas categorías, mejor es tu entidad y más prestigio alcanzará.
Es un error del que hemos de huir porque las máximas categorías hay que dejarlas para aquellos equipos que solo buscan ganar. Que jueguen su liga y nos dejen en paz. Es una liga que no pertenece al fútbol formativo. Los partidos son muy agresivos, los padres creen que tienen hijos superdotados, hay muchas envidias, los fichajes son muy agresivos: van a buscar a los jugadores a sus casas, les ofrecen hasta recogerlos en taxis o vehículos particulares para que puedan desplazarse hasta el campo de entrenamiento…Es una auténtica locura.

 

Hay una segunda liga que es la de la primera división. Los equipos compiten bien y el juego es de mucho nivel. Allí puedes disfrutar y aprender. Desde que tenemos los equipos en estas categorías el ambiente ha mejorado mucho. Primero porque todos los padres excesivamente competitivos se marcharon al no encontrar lo que ellos buscaban y segundo porque los que han venido tienen otros objetivos en la vida que no pasan precisamente por el fútbol. Lo consideran una actividad deportiva para que su hijo se divierta jugando. Nada más.

 

Invito a los padres que quieren disfrutar con sus hijos a través de este bello deporte que de verdad se olviden de las categorías y si están buscando equipo, que sea uno donde su entrenador no chille, donde haya una buena disciplina, donde se inculquen esos valores que se desarrollan en el deporte y que tanto bien pueden hacer a nuestros hijos.