¿Cómo actuar con un hijo que está haciendo lo que quiere conmigo?

Este verano vivimos un triste caso más de padres excesivamente protectores de sus hijos y, aunque no ha terminado la historia, creo que podemos adelantar los hechos para que nos sirva a todos de ejemplo de lo que debemos evitar a toda costa si no queremos que nuestros hijos pasen por algo parecido.

El profesor de un grupo de niños de 9 años me comenta que uno de sus alumnos se ha negado a comerse el primer plato y que se ha puesto a llorar de forma desproporcionada a la situación. Según nuestro protocolo, la idea es que si no conseguimos que se lo coma, por la tarde hablamos con el padre para poner remedio al tema.

Hablamos con el padre y nos comentó que era un niño muy difícil para el tema de as comidas. Per que hablaría con él para que hiciera un esfuerzo. Hasta aquí todo normal.

Observamos que el padre estaba siempre en todos los entrenamientos y que el niño estaba muy pendiente de su padre. En una ocasión el padre se fue del entrenamiento. El niño no lo soportó y se puso a llorar de nuevo. El padre apareció al cabo de un tiempo y el niño se calmó. Esto ya empezó a llamarnos más la atención.

Ese día, nos íbamos a la piscina cercana a la ciudad deportiva. El niño decía que no iba y se puso a llorar de una forma exagerada. No había nadie ni nada que lo parara. Lloraba y lloraba muchísimo y claro, afectaba al resto de los niños que no estaban a gusto con una situación así.

Decidimos hablar con el padre y le intentamos hacer ver que algo fallaba en este niño. La respuesta es la que ya he podido oír bastantes veces: reconozco que es culpa mía. Yo pensaba que como le gusta tanto el fútbol sería capaz de superarlo. Hemos hecho un viaje muy largo para venir hasta aquí pero ya veo que me he equivocado. No puede estar sin mí ni un momento.

Intentamos hablar personalmente con él padre y le aconsejamos un cambio drástico de forma de actuar frente al hijo. Muchas veces surge la segunda pregunta: ¿cómo lo hago? Le aconsejé que pidiera ayuda a su médico de cabecera. Que lo comentara en el colegio de su hijo, que se aconsejara por especialistas porque nadie nos enseña a ser padres pero hemos de aprender a serlo cuanto antes si realmente queremos a nuestros hijos.

También le comentamos que debía conseguir que el niño no le ganara ni una situación más. Los padres son los que marcan las pautas en el día a día de sus hijos y ellos deben saber adaptarse a los que se les pide porque si no llega un momento en que nuestro hijo es el jefecillo de la casa como ocurre en esta familia.

Lo intentó. Pidió una oportunidad más. Habló con el hijo y al día siguiente lo volvió a traer. Más de lo mismo. El niño se ponía a llorar de forma desproporcionada hasta que conseguía lo que quería. No hubo forma y tuvo que irse. Era el tercer día del curso, derrochó los siete que le quedaban. El padre se fue agradecido aunque muy triste porque no había conseguido absolutamente nada y no sabía qué hacer con su hijo.

Aunque es una triste historia, nos quedamos con la esperanza de que la familia está a tiempo de darle un cambio a la forma de educar a su hijo y esperamos que el año próximo aparezca de nuevo con su hijo completamente transformado. Esta es nuestra esperanza.

Analicemos un poco esta situación real. Hoy en día existe una tendencia pedagógica muy peligrosa que intenta mejorar la mala conducta de un niño con técnicas específicas. Pero ¿qué ocurre si después de razonar con ellos, reforzarles la autoestima, darles a elegir, concederles tiempo, sigue gritando, negándose a compartir sus juguetes, desobedeciendo a sus padres o algo peor? Entonces dicen estos expertos que es un trastorno.

Llegamos al trastorno psiquiátrico más común hoy día en los niños: el trastorno de oposición desafiante (TOD).

Miguel es un ejemplo de este trastorno. Es el personaje de la historia narrada al inicio.

Veamos cómo es en su casa:

Empieza el día levantándose temprano y haciendo ruido. Su padre ha mencionado por desgracia lo mucho que le molesta. Así que Miguel enciende la televisión o si esta ha sido misteriosamente desconectada, golpea las cosas hasta que sus padres salen de la habitación.

En el desayuno, a Miguel no le gusta lo que hay una vez se lo ponen delante. Cuando sus padres tienen mucha prisa, es más testarudo y puede rechazarlo totalmente. Le dice a su madre que el desayuno es un a porquería.

En el colegio se lleva bien con los demás niños siempre que sea él el que mande.

A su vuelta del colegio, se pasan la mayor parte del tiempo persiguiéndole para conseguir cansarle. Le encanta la pelea que hay para conseguir acostarla.

Le encanta ir a comprar con su madre pero nunca consigue ir allí ni a ningún sito porque su familia se avergüenza de llevarla.

Puedo aseguraros que este niño no tiene en absoluto ningún trastorno. Lo que queda claro es que sus padres en ningún momento han intentado ejercer su autoridad en la vida de Miguel. Su madre lo intenta pero al final cede ante Miguel. Es cierto que Miguel es testarudo, incluso difícil y que ha aprendido a manejar a los que le rodean y disfruta además con esto.

Los padres sienten pánico a enfrentarse a su hijo. Temen perder su amistad, son blandos, pertenecen a la cultura de la permisividad, no se dan cuenta del daño que el están haciendo.

Esto me recuerda lo que me contó una madre otro alumno que pasó hace tiempo por la Fundación:

“Tuve que llevarle a un psiquiatra infantil. Hoy me siento agradecida al médico que vio que mi hijo era muy normal. Simplemente un niño sano y testarudo. Eramos nosotros, los padres, los que necesitábamos lecciones sobre cómo educar a un hijo de estas características. Hoy es un joven estupendo de 19 años, con muy buenos modales, con más seguridad en sí mismo, que ha vuelto esta primavera de trabajar en Africa en la tripulación de un barco de ayuda médica humanitaria y que está estudiando su carrera de medicina en la facultad”.

Es un ejemplo claro en el que podemos apreciar que sin ningún tipo de tratamiento especial, este niño salió adelante. Reconozco que los niños pueden presentar patologías reales que influyen en sus conductas. También creo que hay ciertos casos en que la medicación puede ser apropiada pero…cuidado. Hay que estar alerta con algunos padres que buscan un tratamiento para no tener que estar resolviendo los problemas de su hijo.

Muchos padres no son capaces de aceptar que tienen un hijo un poquito diferente y en cuanto los educadores de su hijo le dicen que tiene problemas de relación con los demás, por ejemplo, corren inmediatamente a un psicólogo. Sin embargo, no nos damos cuenta de que lo que el niño necesita realmente es un poco de ayuda para florecer a su manera.

Algunas preguntas que los padres debemos hacernos:

Todos los padres apreciamos la virtud en nuestros hijos cuando actúan bien y los excusamos cuando actúan mal. Amamos a nuestros hijos y, aunque no queremos que sea un amor ciego, probablemente no es mala idea que seamos un poco cortos de vista de vez en cuando.

Pero, ¿buscamos siempre excusas para justificar la conducta de nuestros hijos? ¿nos asusta pensar que quizá hay alguna razón para una mala conducta que no podamos arreglar fácilmente? ¿Aceptamos que quizá algo hay que corregir en su conducta y que podemos ayudarles a resolverlo llegando al corazón del niño?