Comunicar mejor

Como formador, he de ser capaz de ponerme a la altura de mis jugadores. Eso significa que he de utilizar un vocabulario adecuado para que me puedan entender. Esta idea puede ir en contra de la teoría de algunos neurólogos que piensan que al niño cuanto más información le des, mejor.  Porque es capaz de asimilarla sin ningún problema. Estamos ante una de mis grandes dudas pedagógicas de estos últimos años. ¿Es bueno o no enseñarles tantas cosas? Me quiero inclinar por la opción más atrevida y menos conservadora: dale al niño que lo asume todo. Pero hemos de tener cuidado de que realmente lo asuma. Y también paciencia. Yo últimamente lo que hago es preguntarles si esa palabra la han entendido y que me la expliquen. Entonces me quedo tranquilo. Pero he de adaptarme porque son niños.

No me refiero únicamente al vocabulario que utilizo, también quiero destacar que hay profesores que comunican mejor y otros peor. A los que comunican peor, quizá pueden servirles estas ideas que voy a intentar describir. Y los que ya comunican bien, para que lo haga siempre porque en ocasiones, por dejadez, no lo consiguen.

Lo primero que debes intentar es captar la atención de tus jugadores. No empieces sin haber conseguido esto. Te aconsejo que utilices algo que les pueda impactar. Hay muchas fórmulas para conseguirlo y debes tener en cuenta la edad de tu público. Una vez has conseguido impactarles con algo, ya los tienes para ti: están en disposición de escuchar lo que les quieras decir, tu mensaje.

Es el momento de informar, de darles conocimientos. Te aseguro que llegarán a lo más hondo de su inteligencia y no lo olvidarán jamás. Pero ten cuidado otra vez en la forma en que transmites esos conocimientos: sé breve, dialoga con ellos para asegurarte de que lo han entendido y plantéales dilemas. Refuerza la idea con un lema o una idea que pueda repetirse hasta la saciedad. Eso ayuda mucho.

Ahora que has llegado a su inteligencia, tienes parte del mensaje conseguido pero no sirve de nada esas ideas si no llegamos a su corazón, a su voluntad. Debes ser capaz de transmitirles que vale la pena hacer el esfuerzo de ponerlo en práctica por los beneficios que esa experiencia aporta. Yo le llamo la inteligencia práctica porque considero que algo se ha asimilado cuando se pone en practica en la vida misma. Sin embargo, los formadores nos quedamos muchas veces en este punto porque pensamos que el deseo de hacerlo es el final de nuestro mensaje pero no es cierto, falta ayudarle a ponerlo en práctica.

Voy a poner un ejemplo reciente. Propuse a los chicos que fueran generosos con sus regalos de reyes y que donaran uno de sus regalos en forma de dinero a un hospital de niños con cáncer, que necesitan ayuda para investigar su enfermedad. Los niños quieren curarse, no necesitan regalos. La campaña estaba bien montada y los niños muy bien dispuestos a donar su mejor regalo pero era necesaria la aplicación práctica: sus padres desaprovecharon una oportunidad de poner en práctica algo que sus hijos tenían en la cabeza y en el corazón: ayudar a esos niños con su donación.

Para poner en practica esa idea que les has transmitido has de concretarla con un a serie de actividades que lo que hacen es fomentar el hábito. Esas actividades deben ser lo más concretas posibles. Pongamos como ejemplo que les he transmitido una idea sobre generosidad basada en el lema “Generosidad es vivir para los demás” He conseguido llegar a su corazón para que hagan algo cada día por un amigo. Si te quedas ahí, posiblemente conseguirás que algunos lo pongan en practica pero no todos. En cambio, se les marcas actividades muy concretas como: “Cada día antes del entrenamiento me contaréis que habéis hecho por un amigo” Al final todos se plantearán ayudar a otra persona, que es de lo que se trata. 

Incluso en esta última fase existe el problema de imponer esas actividades y entonces el resultado es débil. Debes conseguir ilusionar a tus jugadores por practicar lo que les pides e incluso que sean ellos los que sugieran otras posibilidades.