Educarles para la vida y no para ganar partidos.

Conforme pasan los años, nos damos cuenta de lo mucho que podemos hacer a través del deporte para que nuestros hijos sean mejores.

Una de las situaciones más completas que se dan en el deporte y en la vida es la de ser fuertes ante las adversidades. El deporte es un ejemplo en esto y si lo aprovechamos bien, nuestros hijos sabrán afrontar con fortaleza lo que les espera en la vida, que está llena de pequeñas y de grandes contrariedades.

Cuantas veces podemos escuchar estas afirmaciones:

  •    Lo quiero todo y ahora
  •    Hago lo que me apetece y no me supone demasiado esfuerzo
  •    Me lo merezco todo
  •    Trabajo, sí, pero lo justo para cubrir el “expediente”
  •    Soy un niño, estoy aquí para jugar y divertirme

Parece que el inconsciente de nuestros hijos funcione con las premisas anteriores. El mínimo esfuerzo, el máximo placer. Desde que son pequeños les hemos acostumbrado (repito: ¡les hemos acostumbrado!) a llevar una vida fácil y cómoda, a menudo lindante con una vida egoísta y dependiente.

 

Al principio no nos damos cuenta: son tan pequeños y tan vulnerables que creemos que lo mejor es darle todo tipo de comodidades y seguridad. Con el tiempo nos percatamos que no hemos sabido combinar esa comodidad con exigencia, esa seguridad con esfuerzo. Resultado: nuestros hijos crecen frágiles, con poca resistencia a la frustración y con pocas aptitudes de superación.

Es importante educar a nuestros hijos en el esfuerzo, en la capacidad de superar y afrontar dificultades. Debemos desarrollar en ellos desde pequeños una voluntad fuerte, sentido del sacrificio y fortaleza interior.

Los adultos bien sabemos que la vida no es fácil. Nos depara sorpresas, a menudo dolorosas y difíciles de soportar. Nos exige sacrificios, privaciones y nos da muchas lecciones de humildad. Y esta es la vida con la que se encontrarán nuestros hijos: con momentos buenos y momentos malos. Preparémoslos para sacar el mejor partido de todos esos instantes. ¡Empieza desde ya!

En luna escuela de futbolistas debemos trabajar muy en serio para conseguir que nuestros alumnos tengan claro que las cosas cuestan esfuerzo y que la vida no va a ser fácil. Proponemos estas 1= reglas de oro para educar a nuestros jugadores, a nuestros hijos, en el esfuerzo:

1. Para esforzarse, hay que estar seguro de uno mismo. Esta seguridad la obtiene del respeto y el amor que recibe de las personas que quiere. Por eso, trata a tu hijo como a la persona más importante del mundo. Dile a menudo: “Nunca dejaré de quererte, hagas lo que hagas”, lo que no quita que se le recrimine por su comportamiento negativo. Como entrenador, debes demostrarles que quieres a tus jugadores independientemente de lo bien o mal que lo hagan en el campo. Eso les da mucha seguridad.

2.  Enséñale autocontrol. Sé modelo de autocontrol para tu hijo o para tu jugador. Si estás en un partido y el árbitro se equivoca, si se meten con el equipo, si le dan una patada intencionada, recuerda que eres modelo de autocontrol para tu hijo, para tus jugadores. Tenlo en mente y aprovecha las circunstancias del día a día para enseñarles autocontrol. La técnica de parar, pensar y actuar ayuda en este sentido.

Pregúntate si discutes con demasiada vehemencia, si te dejas llevar por tu estado de ánimo, si te quejas cuando las cosas no salen como deberían, si te niegas a comer lo que no te gusta o si no le das importancia a la puntualidad. Son pequeños detalles que el niño registra en su mente y va conformando su personalidad.

 

Habla con él sobre lo que es autocontrol. Explícale que cuando “se aguantan las ganas”  de insultar a un compañero que le ha ofendido o de jugar al ordenador cuando no toca, está teniendo autocontrol. Identifica las diferentes situaciones del día en que supera la tentación y házselo saber: Acostúmbrate a utilizar la palabra “autocontrol” en tu casa para que aprendan a reconocer en ellos esta cualidad.

3.  Dale responsabilidades en casa y en el equipo, además de la de estudiar y sacar buenas notas y esforzarse en cada entrenamiento. Reparte de manera proporcional las tareas y exige su cumplimiento con la calidad que se merecen. No bajes el listón de exigencia solo porque  es pequeño o por otras excusas Si tiene capacidad de realizarlas, debe cumplirlas con la máxima calidad.

4.  No acudas cada vez que te llama porque no siempre que te llama te necesita. De hecho, necesita llorar, equivocarse y rectificar sin tu ayuda. Dale espacio y tiempo para aprender a superar por sí mismo sus problemas.

5.  No cedas ante sus caprichos y berrinches. Hay cosas que se pueden explicar y negociar pero hay otras que deben aprender a aceptar sencillamente por el prestigio de los padres y entrenadores.

6.  Quiérelo con detalles, con tu tiempo, con tu presencia, con tu ánimo y con tus palabras pero no evitando que consiga cosas por sí mismo, esforzándose y superándose.

7.  Enséñale a enfrentarse a la injusticia. Utiliza para ello las reuniones familiares y las del equipo. En ellas, se implicarán y podrán defender sus puntos de vista, respetando los de los demás. El objetivo es que, con el tiempo, sean capaces de defender sus principios y actuar en consecuencia.

8.   Enséñale deportividad, enséñale a jugar limpio. El deporte es una gran herramienta para fomentar el esfuerzo, la perseverancia y la superación de uno mismo.

9.  Establece unas normas claras y sus consecuencias. Asegúrate que todos las conocen y trata de cumplirlas, tú el primero. Un solo consejo: sé consecuente con ellas.

10.  Fomenta el sentido del humor. Evita sobredimensionar los problemas con buen humor y alegría. Un padre o una madre, un entrenador, divertidos y alegres son tan o más dignos de crédito que aquellos padres huraños y culpabilizadores.