Hoy jugamos la final contra el Inter de Milan. Estoy en Italia jugando un torneo alevín aprovechando las vacaciones de Semana Santa. Por la mañana, mientras desayunaba, sentía un ligero cosquilleo en el estómago, debe ser normal, siempre me pasa cuando juego un partido importante. Me cuesta sonreír a mis compañeros esta mañana, se puede decir que estoy muy nervioso por el partido.

 

Hemos entrado en el campo primero nosotros. El Inter no ha perdido ningún partido en todo el campeonato, juega en casa y tiene una afición muy numerosa que anima mucho a su equipo. Cuando llegan al campo los jugadores del Inter se me pone la piel de gallina, son altos y fuertes, va a ser complicado poder ganarles. Menudo delantero, es un gigante. Espero que no me toque a mi pararlo porque me aplasta a la primera.

 

Empieza el partido y me noto muy nervioso. Estoy jugando mal. Lo veo. El entrenador lo ha notado al momento y me pide que despierte ya. Me pongo las pilas porque es capaz de sustituirme si no respondo. Han empezado muy fuerte y no sé si vamos a aguantar este ritmo de partido. Ya llevamos 4 partidos a cuestas en estos tres días y han sido bastante duros.

 

Lo veía venir, nos han metido el gol. Esto está muy complicado. La verdad es que poco a poco habíamos igualado el partido con un buen juego pero son tan altos que no hemos podido defender bien el córner y nos han metido el gol a balón parado. Esto se acaba. Es una pena porque no nos lo merecíamos. Estábamos jugando un buen torneo.

 

Los jugadores del Inter son muy duros, te agarran, te empujan, ponen mucha intensidad y me da miedo porque en cualquier momento voy a recibir. Los árbitros dejan jugar bastante y no estoy acostumbrado a esto. En España se para mucho el juego, en cuanto hay un poco de contacto, pero aquí no paras de correr, de luchar, de caer al suelo…Hay que ser un autentico gladiador para jugar al fútbol en Italia.

 

Por fin el descanso. ¿Me sustituirá el entrenador? Precisamente nos insiste en aguantar ante el juego duro de los italianos. Dice que lo estamos haciendo bien pero no lo entiendo porque vamos perdiendo. Luchar, estamos luchando y hemos tenido oportunidades de gol. La verdad es que yo también veo el gol más cercano.

 

En la segunda parte igualamos el partido y nos venimos arriba. Jugamos mejor que ellos pero no conseguimos meter el gol de la victoria. De repente, me dan una patada que me duele mucho. Caigo al suelo y se para el partido. No tengo ningunas ganas de seguir. Me sustituyen. Desde el banquillo me animan pero sigue doliendo. Prefiero verlo desde el banquillo. El partido termina empate. La final tiene prorroga y consigo estar bien para seguir jugando. Los 10 minutos de más no sirven para resolver el empate y vamos a los penaltis. El entrenador tiene muy claro quién tiene que tirarlos pero sabe también que tiene que salir de nosotros la decisión. Es un momento muy tenso.

 

Tenemos un gran portero y podemos confiar en que él parará alguno pero ¿y nosotros? ¿seremos capaces de meterlos? Yo estoy asustadísimo y pienso en lo peor: ¿y si lo fallo? Ese pensamiento terrible me bloquea totalmente. Algunos jugadores con mucha calidad en el golpeo se borran de la lista. Se palpa el miedo en algunos de ellos. Otros aceptan el reto. Quizá no son los mejores pero por lo menos quieren lanzarlos.
Cuando el entrenador me pregunta, a pesar del miedo que corre en mi cuerpo, si quiero tirar un penalti, le digo que sí y me coloca como quinto lanzador. No sé por qué le digo que sí cuando no quiero lanzarlo de ninguna de las maneras. Quizá es porque no hay ya ningún voluntario más con lo que no tengo otra posibilidad. Acepto el reto aunque estoy temblando de miedo. La posibilidad de fallar el penalti y perder la final por mi culpa me ronda en la cabeza y espero que, al ser el último, no tenga que lanzarlo por estar resuelto mucho antes.

 

Ellos fallan el segundo lanzamiento pero nosotros también y la cosa se pone muy fea. No me voy a poder escabullir del lanzamiento. Tengo tanto miedo que cuando me toca lanzarlo le digo al entrenador que lo tire otro. No me siento capaz. Sale un voluntario para lanzarlo y me siento tan liberado que se me pasa todo el miedo de golpe. Sin embargo queda algo dentro de mí parecido a un disgusto al no ser capaz de lanzarlo.

 

Mientras se prepara para lanzar mi compañero, pienso en lo valiente que es ya que se ha ofrecido a tirarlo a última hora por mi deserción. Vaya par de narices que tiene ese tío. Ya me gustaría a mi poder hacer lo mismo pero no tengo ese valor. Tengo miedo a las consecuencias de un posible fallo…sin embargo él parece que no.

 

Mi compañero está tan nervioso que lanza el penalti mandándolo fuera sin darse cuenta que el árbitro todavía no había pitado. Lo manda repetir pero la situación es tan complicada y está tan nervioso por haberlo fallado que piensa en lanzarlo al lado donde nunca ha lanzado para intentar engañar al portero pero golpea muy  flojo y se le ve tanto la intención que el portero para y el Inter gana la final.

 

Es difícil expresar lo que siento en ese momento. Soy culpable de todo. Soy un cobarde y ahora es mi compañero el que llora destrozado porque sabe lo que significa ese fallo y por el disgusto de fallar el penalti decisivo. Soy yo el que tenía que haberlo lanzado. Es un valiente que no se merece este final. Sin embargo yo no aparezco como culpable a pesar de que lo soy porque es a mi a quien le tocaba esa responsabilidad. Estoy seguro que hubiera dado la victoria a mi equipo. Yo siempre lanzo los penaltis pero el miedo me traicionó.

 

Una vez terminado el partido, tras felicitar al equipo rival que estaba super contento, nuestro entrenador nos reunió para animarnos. Nos dejó claro que habíamos hecho un gran torneo y que algunos jugadores habían aprendido una bonita lección: un jugador cobarde nunca podrá triunfar. Se equivoca el que tiene el valor de intentarlo. Cada error es un nuevo aprendizaje que te ayuda a avanzar. Pero si te escondes, nunca progresarás.