Empieza un partido entre dos equipos infantiles de 12 y 13 años. El equipo visita un hermoso estadio en Badalona. Da gusto practicar este deporte en un campo en plenas condiciones. Los jugadores de ambos equipos se han preparado adecuadamente para el partido. Ha llegado el momento de disfrutar del fútbol de nuevo tras los entrenamientos de la semana. ¡Cómo lo viven!
Revisión de fichas, calentamiento, últimas instrucciones del entrenador. El partido empieza puntual. Ambos equipos juegan muy bien y le ponen muchas ganas. A pesar de jugar en una categoría básica, el juego es de bastante calidad: el portero inicia la jugada desde atrás y los defensas tratan de construir la jugada. No se rifan balones.
El árbitro va marcando las infracciones y dirige el juego de forma correcta pero, como viene siendo habitual, un grupo de padres empieza a calentar el partido protestando todo lo que pita el árbitro en contra de su equipo. Se meten con los jugadores contrarios y los increpan. El partido entra en una fase complicada cuando estaba siendo una jornada espléndida para los niños. Los padres estropeamos este deporte con nuestra actitud de forma habitual.
El entrenador del equipo local se comporta bastante bien. Muchas veces es el que provoca que los padres se unan a las protestas. En este caso, lo vemos muy deportivo y aceptando las decisiones del árbitro. Sin embargo, el ambiente de las gradas empieza a influir en los jugadores.
El partido se está terminando con un resultado bastante igualado. Los dos equipos luchan por  conseguir la victoria. En una jugada por la banda donde están situados los padres, se comete una falta y uno de nuestros jugadores se revuelve muy enfadado. Aumentan los decibelios de los padres y el árbitro le saca tarjeta amarilla a nuestro jugador. Desde la banda, de forma inmediata, sacamos a este jugador pese a tener todos los cambios realizados y no poder sustituirlo por otro. Nos quedamos con 10 jugadores en el campo cuando más nos estaban apretando para conseguir el empate.
Era importante actuar con rapidez para demostrarles a nuestros jugadores que nunca, nunca, nunca hemos de comportarnos mal en un campo. Que un comportamiento correcto es más importante que el resultado del partido.
Terminó el partido y como es habitual, los dos equipos fueron a saludarse. Sin embargo, algún jugador del otro equipo insultó a alguno de los nuestros destacándole su condición de extranjero, animándole a que se fuera a su país. Aquello parecía que iba a terminar mal. Por suerte, jugadores de ambos equipos, con sentido común, impidieron que se pegaran pero el mal ejemplo estaba dado.
Reunimos a los jugadores nuestros en el campo y les comentamos que si esto volvía a ocurrir el equipo entero se disolvería. No estábamos jugando al fútbol para ofrecer esos espectáculos y que el lunes, una vez  calmados los nervios de todos y con tiempo para reflexionar sobre los hechos, volveríamos a charlar a fondo. Que el jugador que había sido invitado a salir fuera del campo, iba a ser penalizado por los responsables del equipo. Todo quedó bastante claro. Sin embargo, qué pena da ver que lo que podía ser una fiesta deportiva se había convertido en algo tan desagradable para todos. ¿Acabaremos cargándonos el deporte que tanto les gusta a nuestros hijos? ¿Es eso lo que queremos?
El lunes reunimos a los chicos y les comentamos la situación con detalle. Había pasado ya mucho tiempo pero era necesario aprovechas esta situación de crisis para darle al vuelta y ofrecerles criterios firmes sobre cómo debe actuar una persona en estas situaciones.
Tenían a su favor la presión que los padres del equipo contrario habían provocado durante el partido. Esos gritos les afectaron y comprendíamos que sus reacciones no fueran las normales por esa situación. Sin embargo, un futbolista debe saber jugar bajo esa presión ya que, más adelante, posiblemente se enfrenten a equipos en campos donde las gradas estarán llenas y hay que saber aislarse de lo que se dice ahí (algo muy complicado para estos niños de 12 años).
Lo que el público está buscando de alguna forma es que pierdas tu concentración en el partido, debilitarte. Los jugadores del equipo contrario desean provocarte y hacerte enfadar con sus insultos. Por ese mismo motivo, tu no debes reaccionar como ellos quieren sino superarles psicológicamente, mostrándote tranquilo y concentrado en tu juego y actuando con educación y elegancia ante sus palabras y acciones. Eso les pone muy nerviosos y les noquea mentalmente. Todo lo contrario a lo que hicimos: responderles con sus propias armas ya que es eso lo que deseaban.
Cuando entras en un club, adquieres el compromiso de defender esos colores y ese escudo con un comportamiento intachable. Si no eres capaz de hacerlo , no puedes estar en este equipo. Por este motivo, lo que ocurrió este fin de semana no puede volver a ocurrir. No pasó nada pero podía haber pasado.
La figura del entrenador en esos momentos es fundamental. Son situaciones que hay que aprovechar para formar a los chicos con actitudes que los honren como jugadores y como personas. Ante una situación negativa, nosotros podemos convertirla en positiva si sabemos ofrecerles a los chicos la oportunidad de cambiar y de crecer como persona y como deportista.
Si en un club no hay personas responsables detrás para rectificar cuando el barco pierde su rumbo, podemos encontrarnos situaciones muy desagradables pero si los que llevan el timón del barco tienen claro lo que buscan y no se ciegan con victorias absurdas, entonces los chicos que van en el barco tienen la suerte de aprender esos valores que les ayudarán en su vida cuando sean ellos los que tomen el timón de su propio barco.
Llamo a la responsabilidad de los directivos y entrenadores que llevan equipos en formación para que se planteen en serio ser auténticos formadores de esos chicos a través de este precioso deporte que es el fútbol.
Estos son los principios que debe tener en cuenta cualquier entrenador.
  • El niño es el centro de la actividad; a él va dirigida, no se mueve por ambiciones personales.
  • Se responsabiliza de que todos los jugadores participen.
  • Garantiza que la actividad esté adaptada al niño y no el niño a la actividad.
  • Planifica los entrenamientos de acuerdo a la edad y nivel de los participantes.
  • Respeta y ayuda a aceptar la decisión de los árbitros.
  • Motiva para mejorar, no para ganar.
  • Ayuda a la organización a posibilitar la mejor actividad para cada grupo.
  • Contribuye a la mejora de la estructura de su club.
  • Anima, motiva y da seguridad a todos por igual, sin menospreciar a los niños por los errores cometidos.
  • Da autonomía y favorece la creatividad.
  • Refuerza tanto las jugadas, como las actitudes positivas y esfuerzos que los niños tengan en el partido.
  • Enseña que la dedicación y el esfuerzo como equipo son más importantes que la victoria.
  • Posibilita que todos jueguen de acuerdo con sus posibilidades.
  • Asocia el deporte a conductas saludables y deportivas, y es ejemplo de estas.
  • Ve y hace ver que el adversario es por igual un compañero de juego, pues sin rivales no se puede jugar. Sin rivales no se puede mejorar.
  • Cuida las instalaciones y los materiales y enseña a respetarlos, respeta al personal de las mismas y colabora con él.
  • Acepta con deportividad los resultados, tanto la victoria como la derrota.
  • El entrenador nunca debe anteponer el deseo de victoria y prestigio personal sobre el bienestar y la seguridad del jugador.
  • El aprendizaje de un entrenador no finaliza nunca, sea cual sea el grado que ostente, debe de aspirar a aumentar sus conocimientos, el nivel de su titulación y auto-superarse constantemente.
Si lo has leído una vez, te invito a que lo leas de nuevo más despacio y que pienses en serio y con toda sinceridad si estás dispuesto a esforzarte en aquellos aspectos que todavía puedes mejorar un poco más. Piensa que la labor que estás llevando como entrenador es de una gran responsabilidad.