Hoy he podido presenciar una vivencia que no he podido dejar de escribir y pienso que a todos nos puede ayudar. Ya hace unos días, uno de los entrenadores me comentó que estaba preocupado porque los chicos de su equipo estaban teniendo un mal comportamiento tanto en el campo como fuera de él. Parece ser que se metían con uno de los jugadores del equipo.

Cuando lo comentamos en grupo con otros profesores, salió rápido el comentario: “los niños son sangrientos, lo dicen todo con la máxima realidad y al que falla no se le perdona nada”. Vimos una nueva oportunidad para trabajar con los chicos valores muy importantes.

Ante la insistencia del entrenador, convocamos una reunión especial para que vieran que ya no era solo una manía de éste. Parece ser que el entrenador lo había intentado pero sin conseguir resultados positivos. Si los niños adquieren el espíritu competitivo como algo primordial, cualquiera que pueda entorpecer el camino hacia esa victoria, es machacado, apartado y fulminado.

Hoy hemos tenido esa reunión. El profesor los ha querido llevar a una sala y sentarlos en una mesa alrededor de él a pesar de ser niños de 7 años, que casi no alcanzan con los pies en el suelo cuando se sientan. Los he acompañado para presenciar la reunión y conocer de forma directa lo que estaba pasando.

El profesor deja claro que la reunión es para que ellos comenten que hay algo que no funciona bien en el equipo y que hay que mejorar. Les pide a los niños desde el primer momento que sean ellos los que digan exactamente lo que está pasando. Se produce un silencio absoluto y por fin, el capitán del equipo levanta la mano y toma la palabra:

– no hacemos pases bien con el interior del pie y somos un poco individualistas…

El profesor sonríe y se da cuenta de que no han entendido lo que les está pidiendo. Les ha comentado que hay un problema y piensan que lo que le preocupa al entrenador es lo que les habrá repetido muchas veces en el campo o en los entrenamientos. Se pone un poco más serio y piensa que quizá el capitán ha entendido por donde van los tiros y aclara que no se trata de nada de esto.

Un nuevo silencio y hay otro chico al fondo que levanta la mano para hablar:

– en los entrenamientos trabajamos bien pero luego no lo aplicamos a los partidos…

El profesor se da cuenta de que no saben exactamente el motivo de la reunión y se ve obligado a dejarlo más claro. Les anima a ser muy sinceros porque en el grupo estaban pasando cosas que no eran buenas ni para el equipo ni para ninguno de ellos.

De nuevo se respira un silencio muy grande. Los niños entienden de qué se les está hablando, a pesar de su corta edad pero se les ve un poco reticentes para hablar del tema. Para ayudarles un poco y darles un empujoncito, el profesor les anima a ser valientes y decir la verdad.

Sigue el silencio y aumentan las miradas entre unos y otros.

–¿Vais a hablar?

– Estamos pensando, comenta uno de ellos.

El grupo está a punto de sincerarse pero hace falta animarles un poco más para que el primero se lance. Luego seguro que será más fácil. Es importante que en ese momento alguien hable y el profesor se pone más duro para demostrarles que es muy importante contar lo que está pasando.

–En el caso de que no se resuelva este tema hoy mismo, me veré obligado a disolver el equipo. Busco otros jugadores que tengan un comportamiento adecuado.

El profesor arriesga un poco ahí pero tiene muy bien controlado al equipo y que va a conseguir que lo cuenten.

Al poco tiempo, el capitán del equipo habla en su nombre:

–Yo me he metido a veces con Jorge cuando falla en los partidos.

Se produce un profundo silencio y al profesor le brillan los ojos. Está emocionado porque ve que esos chicos se están sincerando. Dirigiéndose al capitán, le dice con un tono de voz fuerte y clara:

–Mira Miguel, te felicito porque has sido muy sincero y no me importa que hayas hecho esto con Jorge, lo más importante es que has dicho la verdad. Estoy muy orgullosos de ti y estoy seguro que esto no lo vas a realizar nunca más y que le pedirás disculpas a Jorge.

Inmediatamente varios jugadores levantaron la mano y hablaron comentando cosas parecidas: insultos, peleas y siempre con el más débil del equipo, el más patoso. A todos, uno a uno, el profesor los felicitó por ser sinceros y les animo a pedir disculpas por lo que había pasado. Les animó a ser siempre valientes para decir la verdad y respetuosos con los compañeros aunque no jueguen tan bien al fútbol.

Jorge también habló. Quería defenderlos y comentó que ya no se metían tanto con él. Lo tenía bastante asumido y no quería llamar la atención,  no deseaba perder aquel grupo de amigos por nada del mundo.

Podemos profundizar más y veremos a un niño con problemas similares en el colegio y que lo debe pasar bastante mal. El fútbol puede ser su vía de escape donde disfrutar junto a compañeros que contaban con él a pesar de que a veces se enojaban por su ineptitud.

Gracias a la profesionalidad de un profesor, hemos conseguido dos cosas muy importantes: demostrar al grupo el valor de la sinceridad reconociendo nuestros errores en lo que se refiere al respeto a los demás y, por otro lado, ayudar al débil para que se sienta más fuerte rodeado de compañeros que le respetan.

En todas partes hay profesores que se comportan así. Nadie lo sabe y pasan desapercibidos. Este es un pequeño homenaje a todos aquellos que se sienten identificados por esta manera de actuar que repercute única y exclusivamente en los niños con los que estás trabajando. No hay puntos, ni partidos ganados pero os aseguro que eso si que le llena a uno de satisfacción.