“En los últimos años se ha producido un gran cambio en la cultura educativa mundial: la transferencia de la autoridad de los padres a los hijos y a su entorno social. En nuestra sociedad actual, se da la alarmante tendencia de que los jóvenes busquen el apoyo en sus amigos, grupos de iguales, las redes sociales o lo que está de moda en la cultura popular, más que en lo que ven en su casa o les enseñan en su familia.

Muchos padres se encuentran inseguros sobre cuál es su papel. Por miedo a parecer dictadores, terminan abdicando de su autoridad y así evitan los enfrentamientos. Sin embargo, cuando la relación padres – hijos no es lo primordial, los hijos carecen de reglas claras sobre lo que está bien y mal. La consecuencia son hijos consentidos, irresponsables e inmaduros”

Leonard Sax en El Colapso de la autoridad.

Es evidente que toda educación requiere autoridad. Sin embargo, es bueno que aclaremos que no podemos confundir la autoridad con el autoritarismo de la violencia física ni de la humillación.

Entendamos mejor la autoridad como el PRESTIGIO capaz de garantizar un orden básico. Si tuviéramos este concepto claro, el eterno debate de la autoridad quedaría zanjado. Además, ese orden precisa información moral sobre lo que está bien y lo que está mal para que la norma de conducta no sea la ausencia de toda norma, el “todo vale”.

Preguntando a los entrenadores cómo aplicaban ellos esa autoridad, me contestó uno que él lo que hacía era dejar claro las normas de convivencia que se pedían en la escuela de fútbol: respeto entre los compañeros, orden en el vestuario, puntualidad en los actos, cuidado del material deportivo, llevar bien el uniforme de entrenamiento, etc. Y eso lo exigía al máximo. Los chicos inmediatamente respondían bien ya que tenían claro qué es lo que debían hacer, estaban bien informados.

La autoridad supone transmitir la obligatoriedad de unas pautas y valores fundamentales, de unos criterios que ayudarán a construir personalidades equilibradas, capaces de obrar con libertad responsable.

Cuando a los chicos se les marca con seriedad unas pautas y se dedica tiempo a comprobar que se cumplen, entonces responden positivamente porque lo tienen claro. Ellos necesitan esa seguridad que te ofrecen las normas de juego.

Sin embargo, si aplicamos una tolerancia y una permisividad extrema tal como marcaba la educación moderna, lo que conseguimos son niños y jóvenes descontrolados que no tienen claros los criterios y viven de la impunidad.

Algún profesor empapado de esas teorías modernas intentó ganarse el prestigio y la autoridad del grupo buscando su cercanía, sin marcarles de cerca las obligaciones y pautas de actuación. Como buenos amigos. Poco a poco, el grupo se le iba descontrolando y, cuando quiso cambiar de táctica, ya era tarde porque había perdido toda su autoridad.

Todos sabemos que la primera autoridad debe ejercerse y aprenderse en la familia y también tenemos claro que esto no siempre sucede. Son muchos los ejemplos que podemos apreciar de padres y profesores que escamotean esa responsabilidad que tienen y se dedican a tratar con sus hijos o con sus alumnos, de igual a igual, como coleguillas sin darse cuenta de que la educación no es ni debe ser una relación entre iguales.

Con los hijos no se puede discutir la necesidad de una atención médica, ni la de comprar un tipo de ropa, ni la necesidad de un cambio de colegio, ni el tipo de alimentación que necesitan. Son responsabilidades de los padres y muchas veces permiten que los hijos sean los que decidan sin darse cuenta que no tienen la posibilidad de tomar decisiones acertadas en muchos temas por falta de información y de criterio.

Da lástima ver a niños que no hacen ni caso de las indicaciones que les dan sus padres. No quieren negarles nunca sus deseos por el miedo a que no sean felices. Lo que no saben es que lo que realmente necesitan es una correcta autoridad para sentirse felices y seguros.

Un día, un padre me comentó que el primer día de curso, su hijo llegó con el miedo y la inseguridad de los desconocido, pero que conforme pasaban los días se sentía como en su casa y se le veía muy feliz, muy seguro.

Al principio, los padres y los chicos quedan preocupados por las advertencias que se dan al inicio del curso, en la reunión de la mañana, ya que son muy exigentes: hay que comérselo todo, hay que dormir 10 horas, deben llevar bien el uniforme, etc. Todas estas normas les proporciona a los chicos la seguridad que necesitan.

Algún chico de los más pequeños me comentaba lo mismo, que el primer día tenía miedo por todo lo que había oído en la presentación del curso pero que ahora era al revés. Estaba encantado con todo. Una forma más sencilla de decir lo mismo.

Sin embargo, hay adultos que se empeñan en proporcionar a los niños y jóvenes una felicidad absoluta y constante. Eso tiene como consecuencia una permisividad e impunidad casi completas.

La mentalidad de estos adultos es la de buscar la armonía familiar o del grupo sin darse cuenta que a la larga esta fabricando un polvorín muy peligroso ya que los niños son insaciables y siempre querrán más.

Un profesor joven tuvo una experiencia de este tipo en este verano. Le tocó trabajar con preadolescentes. Para no crearse muchos problemas, hizo la vista gorda en aspectos que rozaban la autoridad y, cuando quiso poner orden, el grupo se le había escapado. Entonces empezó a amenazar con castigos pero no surgían efecto porque en realidad no pasaba nada. Cuando el castigo terminaba, todo volvía a su normalidad. 

El profesor terminó cansado y vino a verme. Le expliqué que si los chicos se portaban mal era por su culpa. Ellos necesitan que les marquemos unas normas, que les expliquemos dónde están las fronteras, dónde no se puede pasar y, si no las marcamos, se sienten inseguros y van buscando hasta dónde pueden llegar. Le aconsejé hacer un reset y empezar de nuevo aunque fuera un poco tarde. Tenía que recuperar la autoridad perdida, organizar una reunión con ellos y explicarles las normas de convivencia que quiera establecer con ellos, incluso pactarla.

Si alguno no es capaz de seguirlas hay que atajarlo inmediatamente y explicarle, con cariño pero exigiendo con fuerza, que lo que hace está mal y que si no cambia tendrá que tomar una seria medida y hablar con sus padres para que cambie de actitud o se marche. 

Si esto se hace a tiempo, las cosas no se salen de madre. La falta de autoridad que existe en la sociedad es debido a la ausencia de ésta en los adultos responsables de ponerla en práctica. Es muy fácil ser blando pero las consecuencias que lleva consigo son nefastas.

Por este motivo, es inadmisible que un adulto diga que es un blando con sus hijos o con sus alumnos porque está demostrando una falta de responsabilidad muy grande.

Tiemblo ante la actitud de muchos abuelos que tanto ayudan en las familias para cuidar a los nietos o llevarlos de un sitio para otro. Veo cómo se les llena la cara de orgullo con su niño y cómo le consiente todo aquello que no han consentido a sus hijos. ¡Cuánto daño hacen con su actitud irresponsable! Muchas veces destruyen toda la labor de los padres, que con buen criterio, están educándolos en la sobriedad, en el esfuerzo y en la generosidad.

Hay iniciativas verdaderamente sorprendentes en la vida, como la de la Policía de una ciudad norteamericana que elaboró el siguiente decálogo al apreciar la conflictividad de los jóvenes en su ciudad. No tiene desperdicio:

1. Dé a su hijo todo lo que le pida. Así crecerá convencido de que el mundo le pertenece.

2. Si su hijo habla con expresiones groseras, ríale la gracia para animarle a ser más grosero.

3. No le de ninguna formación en valores, ya los adquirirá él solo cuando sea mayor.

4. No le llame la atención, podría lastimarle sus sentimientos.

5. Recoja todo lo que deja tirado, ahórrele todo tipo de esfuerzo, así pensará que todo el mundo debe estar a su servicio.

6.  Que lea y vea todo lo que le apetezca. Cuide la limpieza de sus platos y vasos pero deje que el corazón y la cabeza de su hijo se llene  de basura.

7.  Discutan delante de su hijo, así no se sorprenderá el día en que su familia se rompa.

8.  Dele todo el dinero que quiera gastar, no vaya a sospechar su hijo que es necesario trabajar para ganarlo.

9. Satisfaga todos sus deseos, placeres y caprichos para que nunca sepa que las cosas se consiguen con esfuerzo.

10.Póngase de su parte en los conflictos que vayan apareciendo. Piense que todo el mundo está contra su hijo. Eso le permitirá vivir de forma irresponsable e irreal.

Esto me recuerda la anécdota que vivimos todos los años cuando hablamos de esto con los alumnos de la escuela. Cuando empieza un curso, les explicamos a los niños que a partir de ahora deben ser responsables con sus cosas. Que ha llegado la hora de realizar un cambio que demuestre que pueden estar aquí:

La crisis de autoridad que actualmente vivimos suele tener un efecto perverso, antinatural y bien conocido: la tiranía de los hijos sobre los padres y de los alumnos sobre los profesores.

Puedo comprobarlo todavía en muchos padres esclavizados por sus hijos. Recuerdo el caso de un alumno de 9 años. Edad maravillosa pero también muy delicada. Acaba de entrenar y sale del vestuario. Mientras mira a su padre que le pregunta cómo ha ido el entrenamiento, el niño, en lugar de responderle con educación le alarga el brazo mostrándole la bolsa. El padre, sumiso, se la recoge. Luego, el niño pone cara de enfadado y le dice que quiere un helado. El padre, sin pensarlo dos veces, saca dinero del bolsillo mientras el niño, en ese momento, pone carita de niño mimado. Mientras se toma el helado, el padre se pone a hablar con otra familia y entonces el niño le echa una bronca y le dice a su padre que quiere irse ya. El padre rompe la conversación para salir disparado con su hijo, con la bolsa a cuestas…la historia puede seguir pero ¿a dónde vamos a parar? ¿qué podemos exigirle luego si está acostumbrado a mandar y a tenerlo todo en su mano sin esfuerzo alguno?

Los niños llegan a nuestras manos con unos hábitos de conducta insuficientes para encarar con éxito su aprendizaje. Cuando la familia educaba, nosotros podíamos encargarnos de enseñar. Ahora la escuela debe hacer las dos cosas y el resultado es que no hace ninguna de las dos bien porque quien mucho abarca poco aprieta.

Nosotros esto lo notamos y se valora mucho el niño que viene educado desde casa. Tenemos el 50% del trabajo hecho y somos capaces de conseguir buenos resultados aunque no tenga unas grandes cualidades como futbolista pero pone esfuerzo e interés por hacer las cosas bien.