Los padres en los viajes deportivos

 

Uno de los momentos más atractivos de la temporada es la llegada de la Semana Santa, cuando el equipo viaja para participar en un torneo. Los chicos se encuentran con equipos desconocidos, quizá de países muy diferentes al suyo y en situaciones muy interesantes.

 

Ya unos días antes notas que los jugadores están especiales porque se acerca el día D, que significará la marcha en autobús hacia una ciudad más o menos alejada junto con sus compañeros de equipo y el entrenador que durante toda la temporada ha tenido a su lado. Abandonan el regazo de sus padres para ocupar un espacio diferente con el grupo.

 

Serán momentos en los que, alejados de sus padres, deberá afrontar sin su ayuda una serie de situaciones complicadas: comer bien, relacionarse correctamente con los demás del equipo, saber estar en el autobús y en el hotel, ser agradecido, dar las gracias, consultar las cosas al entrenador, descansar bien, superar pequeñas crisis, dolores, traumas, etc.

 

Y todo esto es parte de la formación del niño deportista. Los entrenadores no son los padres y, normalmente, la relación es diferente, más exigente o quizá más dura. Todo eso, visto desde el horizonte, es algo positivo para ellos porque les ayuda a madurar y los entrenadores se lo toman de esta forma: una estupenda ocasión para que sus jugadores crezcan como personas y adquieran nuevas e interesantes experiencias.

 

Hasta aquí todo bien. Sin embargo, todo se estropea cuando aparece la figura de los padres que quieren aprovechar la situación para practicar turismo deportivo y con esa excusa cargarse todo ese ambiente tan adecuado para sus hijos.

 

Son padres que no se dan cuenta de lo interesante que es mantener esa independencia con su hijo durante un corto periodo de tiempo y siguen a su hijo en todo lo que hacen con lo que el encanto que habíamos descrito al principio se rompe por completo y perdemos una enorme ocasión para que los hijos aprendan y maduren sin sus padres.

 

En cuanto se enteran del hotel donde van a alojarse, no dudan en reservar plazas en el mismo sin darse cuenta de que ya no será lo mismo para su hijo. Sus padres en realidad seguirán junto a él con lo que hay un cambio de cromos importantes. Esos padres no se dan cuenta de que están privando a su hijo de la oportunidad de disfrutar de una experiencia diferente. ¿No hay ahí un poco de egoísmo de los padres o quizá debilidad por no ser capaz de dejarlo solo dos días?

 

Los equipos serios, como saben lo importante que es este asunto, no permiten que los padres se alojen en el mismo hotel y aconsejan que haya una importante separación durante el día para que pueda vivir esa experiencia tal como la hemos descrito al principio.

 

Incluso se aconseja que no viajen al Torneo porque siempre será una experiencia más positiva para los chicos si la viven sin sus padres y permanecen todo el tiempo con sus compañeros de equipo. Eso no significa que los padres no tengan una importancia fundamental para sus hijos pero hay momentos en los que no estar es también importante para su desarrollo. Hay que saber cuando es bueno permanecer junto a él y cuando alejarse un poco.

 

Esos mismos padres que reservan plaza en el hotel son los que luego siguen al equipo a todas partes controlando en todo momento la actuación del entrenador:  si juega poco, si le da agua con frecuencia, si le ha curado la rozadura que ha tenido en la pierna, si le ha echado bronca o no en tal jugada, si se ha puesto el chandal después del partido…
Se convierten en supervisores del trabajo del entrenador que se siente muy incómodo con la presencia de los padres constantemente alrededor del grupo. Los niños pierden la concentración y, además, los padres enseguida transmiten sus mimos y expresiones de cariño habituales y por supuesto les surten de todo tipo de alimentos complementarios que piensan les va a ayudar a mantenerse más fuertes y preparados.

 

Todo lo hacen sin ninguna mala intención pero no se dan cuenta de lo que están consiguiendo al privarles de esa autonomía que tanto bien les puede ir. Queremos niños maduros que sean capaces de salir adelante por si mismos sin necesidad de que sus padres les solucionen los problemas que se van encontrando en el camino.

 

Hay padres que entienden muy bien esta idea. A la vuelta del viaje nos enteramos que un padre, sin darse cuenta, había reservado plaza en el mismo hotel que su hijo y optó por esconderse cuando el grupo de jugadores llegaba al hotel y consiguió que no se le viera por ahí en ningún momento.

 

Al final de los partidos, aunque a los padres les apetecía abrazar a sus hijos, desaparecían para cumplir con la norma estipulada en el viaje y eso favoreció mucho el rendimiento y la maduración de los jugadores.

 

Seguro que muchos estarán pensando que todo esto es una exageración. Posiblemente lo sea pero lo que está claro es que eso, a los niños les ayuda mucho. Se ha demostrado una vez más: tres de los cuatro equipos que participaron en el torneo se clasificaron para las finales, circunstancia muy complicada de conseguir.

Pero además de ganar campeonatos, los niños vuelven ganando en seguridad personal, en responsabilidad y en autonomía al permanecer distanciado de su hijo durante todo el Torneo.