Como entrenador y como formador estoy seguro que te has planteado esta pregunta muchas veces y quizá uno necesite oír una respuesta de alguien que ya ha pasado por todo esto y que está en el final de su recorrido. Alguien que puede responderte desde una visión distanciada del campo de batalla desde donde se puede ver con mejor perspectiva el horizonte de nuestro trabajo como educadores.

Trabajar con personas que están en periodo de formación es lo más bello del mundo y a la vez lleva consigo una enorme responsabilidad unido a un esfuerzo imponente por conseguir lo mejor de cada uno de ellos. Por eso quiero volver a formularte la pregunta con un poco más de profundidad ya que el momento lo precisa.

El esfuerzo que se requiere para conseguir influencia, el trabajo de prestar atención, de amar, de dar lo mejor de uno mismo por mis jugadores, y la disciplina que se requiere para adquirir esas nuevas destrezas y esos nuevos comportamientos, …¿vale la pena tanto esfuerzo?

 Posiblemente estas cuatro ideas que te presento, pueden ayudarte a encontrar la respuesta a una pregunta tan importante:

 1. Si a mis jugadores les digo que para el éxito es necesario trabajar duro y que aunque no alcancemos el éxito, siempre compensa porque nos hace mejores, ¿cómo no vamos nosotros a poner el mismo esfuerzo por llegar a ser buenos líderes  de nuestro equipo?

 2. Si elegimos dar lo mejor de nosotros mismos y sacrificarnos por cada uno de nuestros jugadores, tendremos influencia sobre ellos. Un líder que sabe cómo influir en los demás es un líder muy necesario. ¿Te das cuenta de la gran influencia que tienes sobre sus vidas y su futuro? Todo lo que les digas y todo lo que hagas lo llevarán siempre guardado en su corazón. No puedes fallarles.

 3. Sacarlos adelante es una meta en nuestra vida. La misión de forjarse una autoridad sirviendo a aquellos que están bajo tu responsabilidad nos puede dar un objetivo a nuestra vida. Es una misión que lleva un propósito y un sentido. Nuestros jugadores buscan a veces desesperadamente un propósito y un sentido a sus vidas y cuando no se satisface esa necesidad se vuelcan con las drogas, la violencia, etc., con la que intentan colmar ese vacío. ¿No querrás que tu falta de empeño les lleve al fracaso? 

4. El gozo, la satisfacción interior de haber hecho algo por nuestros jugadores. Eso nos hace mejores personas. Crecemos en generosidad y perdemos nuestro egoísmo. Los únicos entrenadores que conseguirán ser verdaderamente felices son aquellos que han intentado buscar la forma en que pueden servir a sus jugadores y han dado con ella.

Hace pocos días, viajamos a una ciudad para participar en un torneo. Antes de iniciar las fases finales pude tener una charla con los jugadores. Les expliqué lo importante que era saber ganar y saber perder. Cuando se pierde, el primer pronto es de enfado, pero luego hemos de ser capaces de remontar y felicitar al contrario. Muchos lo hacen dando la mano pero como un trámite más. Yo les pedí algo más. Debían felicitar al contrario por su buen juego. Y así ocurrió. Perdieron la final pero me contaron que habían sido capaces de mirar al equipo ganador a la cara y decirles: “Buen partido, habéis jugado muy bien”

Esto a uno le llena de satisfacción porque te das cuenta de que vale la pena todo el esfuerzo que hacemos por formar personas con el deporte.